El periodista español estuvo de paso por Chile hace un tiempo. Su libro Potosí (Premio Euskadi de Literatura 2017, seleccionado por varias publicaciones entre los mejores del año) se ocupa del drama del trabajo minero, especialmente el infantil, en Bolivia.

Ander Izagirre en Potosí, con la edición boliviana de su libro.

En el corazón del actual escudo nacional de Bolivia figura el Cerro Rico de Potosí como ha figurado en todos los escudos del país. Es el símbolo de una legendaria opulencia minera, la cual fue extraída ya por los pueblos precolombinos y, a partir de la Conquista, por los españoles. Desde el siglo XVI ha sido, a través de la explotación de plata, estaño y zinc, fuente de riqueza para España y luego la base de la fortuna de un conjunto de terratenientes y empresas.

Potosí, Ander Izagirre. Editorial Libros del K.O., Madrid, 2017, 204 pp., $19.800.

Toda esa fortuna, por supuesto, no la conoció la población nativa de la zona, que ha permanecido en la pobreza e incluso la miseria. Desde la Colonia persisten prácticas como la explotación de los indígenas, la despreocupación por los trabajadores (en su calidad de vida, su salud o sus hijos). Había sido un mundo hostil y, al parecer, lo sigue siendo.

Así lo constata el periodista español Ander Izagirre en su libro Potosí, el cual da cuenta de sus indagaciones en el sur de Bolivia, más específicamente en las alturas (alrededor de 4.500 metros sobre el nivel del mar) de la localidad que le da título y que ha visitado con cierta regularidad, primero para rastrear la situación de los niños que trabajan en la minería, pero que más tarde fue ampliando para abordar otros asuntos relacionados.

Mezcla de reportaje, libro de viajes y ensayo histórico, Potosí se basa en una serie de investigaciones y lecturas, pero sobre todo, en el trato de su autor con diferentes personas. En el lugar observa la violencia de la pobreza y la explotación. Allí, la extracción de minerales por grandes transnacionales, convive con cooperativas de mineros de explotación manual. La muerte acecha en los derrumbes, a lo que se suma el envenenamiento por los químicos o el polvo metálico que se acumula en las vías respiratorias. La silicosis mata a la mayoría de los mineros que extraen por cuenta propia: sin contrato, sin seguros, sin protección social, sin futuro… Al decir de Izagirre, quienes viven en las laderas del Cerro Rico son los más pobres en el lugar más pobre del país más pobre de Sudamérica.

El autor se centra en una historia en particular, la que encierra varias circunstancias más o menos excepcionales: la de una mujer que trabaja dentro y no afuera de las minas, ella es menor de edad (la conoce de 14 años) y es alguien que lucha por sus derechos (en particular la exigencia de no perseguir el trabajo infantil, sino regularlo). Trata a la familia: el padre ha muerto, la madre poco puede hacer, hay una hermana pequeña con las manos llenas de verrugas por los venenos ambientales. En algún momento, las invita al cine, un gusto que ellas no podrían darse (la experiencia es llamativa: los espectadores comentan las escenas en voz alta, se piropea o insulta al galán, se abuchea a la antagonista). Pero van  apareciendo otras historias, así como los cambios económicos y sociales, además de la situación de violencia en diversas formas, que ocurren en este ámbito de la industria y la sociedad bolivianas.

Tras visitar una vez más Bolivia para el lanzamiento de su libro, Izagirre estuvo de paso unos días entre Santiago y Valparaíso hace unos meses. Él es, dice, un «periodista con botas», botas de viaje, que le han permitido recorrer muchos lugares; ha publicado crónicas sobre, entre otras cosas: las víctimas de la violencia en Colombia (que le valió el Premio Europeo de Prensa 2015), los supervivientes de Chernóbil, los acarreadores de equipaje de montañistas en Karakórum (Pakistán) o los campesinos rebeldes frente a la Mafia en Sicilia.

Ha escrito sobre asuntos muy distintos…

—Siempre me atrajo la variedad de las vidas humanas, lo distinta que es la vida si uno nace en Chernóbil, en una aldea de Groenlandia o en una mina boliviana. Me acerco a las historias por curiosidad personal. También creo que para cualquier sociedad es bueno tener contraste, saber cuáles son las historias, los problemas y las esperanzas de otras gentes. El periodismo ayuda a acercarnos a los demás.

Siempre me atrajo la variedad de las vidas humanas, lo distinta que es la vida si uno nace en Chernóbil, en una aldea de Groenlandia o en una mina boliviana.

¿Cómo fue a interesarse por el mundo minero de Bolivia?

—Tenía un proyecto: escribir sobre infancias en lugares y circunstancias muy distintas del planeta. Empecé con el caso del trabajo infantil, busqué el caso concreto de la minería, porque era especialmente grave. Y ahí me quedé: me pareció que el caso de una niña minera boliviana servía para explicar cómo funcionó el mundo y cómo sigue funcionando. En una pequeña biografía se reflejan la historia, los sistemas económicos, las decisiones políticas… Ese único caso se me convirtió en un proyecto ambicioso.

Se deduce que le tomó su tiempo: la niña que sirve de hilo conductor, va creciendo.

—Empecé con esta historia en 2009, hice varios viajes al Cerro Rico de Potosí, seguí la historia de la niña durante bastantes años.

Minas, riqueza y pobreza

En el centro del libro está el trato con esa niña minera y su familia, quienes viven y trabajan en los alrededores del Cerro, ya sea vendiendo a turistas trozos de roca de baja ley o, como la niña, realizando labores en la mina en turnos de noche: por dinero en un primer momento, después para pagar la «deuda» con la cooperativa por un robo de la maquinaria que custodiaba su madre; ella trabaja en la noche, pero no quiere dejar el colegio; con el tiempo llegará a ser dirigente de los menores trabajadores.

A través de historias personales el autor se adentra en temas más generales: los efectos de la industralización, el comercio mundial, las guerras o la geopolítica, en la labor minera boliviana a lo largo de la historia. Izagirre entrega datos inquietantes: mil trabajadores (de una multinacional) aportan la mitad de la producción minera de Bolivia, mientras 120 mil trabajadores aportan un 3%; hacia 2011, había alrededor de 3.800 menores trabajando en Bolivia; en Potosí muere una media de 14 mineros al mes por accidente o enfermedad. Lo más inquietante: la violencia contra los mineros se replica al interior de las familias y, en general, contra la mujer: desde las golpizas domésticas a la violación.

El trabajo de menores en las minas, ¿cuán extendido es?

—El trabajo de menores dentro de la mina es el caso más grave pero no tan frecuente. En el exterior sí hay más menores trabajando, en tareas mineras que también son pesadas, perjudiciales, peligrosas. Y el trabajo de menores en otros ámbitos está muy extendido en Bolivia.

Muestra cómo los propios menores defienden el trabajo infantil.

—Sí, también está extendido, y es un fenómeno que me llamó mucho la atención, el movimiento de niños, niñas y adolescentes trabajadores que pelean por sus derechos laborales, que protestan, que llegaron a cambiar leyes para que les permitieran trabajar legalmente.

Me llamó mucho la atención el movimiento de niños, niñas y adolescentes trabajadores que pelean por sus derechos laborales, que llegaron a cambiar leyes para que les permitieran trabajar legalmente.

En su propia experiencia de entrar en una mina dice que es lo más cercano a estar enterrado.

—Las galerías del Cerro Rico de Potosí son agobiantes y muy peligrosas. A mí me pareció un escenario terrible para un oficio, para una vida, quise reflejar en el libro lo angustioso que resulta para un novato. Pero claro: lo que para mí eran visitas de pocas horas, para los mineros —y para la minerita— era el lugar en el que queman sus vidas día tras día.

Señala cifras abrumadoras de producción o de muertes.

—Me parece que la minería boliviana es un ejemplo extremo de un fenómeno que se extiende por muchos países: el de los miles de trabajadores que cada vez resultan más irrelevantes para la economía y la sociedad. Son decenas de miles que producen un porcentaje irrelevante de la producción, que están desprotegidos, que sufren accidentes y enfermedades y que a nadie le preocupan demasiado.

Los mineros viven en el abuso, pero también ellos generan abuso en sus casas.

—Primero vi justo lo que había ido a ver —un pecado habitual entre los periodistas—: el entorno terrible de la mina, las condiciones terribles de los trabajadores, el trabajo infantil. En siguientes visitas, con más tiempo, descubrí otro mundo: el entorno tóxico y muy violento de las casetas en las que viven algunas familias en las bocaminas del Cerro Rico. Descubrí que algunos mineros salen del infierno de la mina y lo trasladan a sus casas. Hay muchísima violencia machista, violencia sexual, palizas, abusos, y con una gran impunidad. Me pareció que esa violencia es la cara oculta de la épica de los mineros, que no se estaba contando y que era urgente hacerlo. Hay víctimas (de una explotación, de un sistema injusto) que a la vez son verdugos (de sus mujeres y sus hijos).

¿Había tenido una experiencia de cine interactivo como la que tuvo allí?

—Sí, a menudo, viendo películas con mi abuela Pepi y su amiga Carmen. Elogiaban a los héroes y se enfadaban mucho con los traidores, los mentirosos y los malvados de las películas.

Al final parece pesimista con que su trabajo pueda cambiar algo de esas situaciones. ¿Por qué persiste?

—Porque no sé hacer otra cosa. Y porque creo que debo hacer lo poquito que pueda hacer para, al menos, contar las realidades que he conocido.