Mantos, líder de las Bestias de Abadón, ha citado a sus discípulos en una pizzería para analizar con calma el lamentable estado de la agrupación. Tienen pocas posibilidades de destacar al lado de Los Hijos del Apocalipsis; ellos, también italianos, se imponen cada vez más como una agrupación líder del satanismo peninsular y quizás también europeo: hace poco degollaron a una monja, lo que les da notoriedad, hacerse un nombre y salir del anonimato. Si a esto se le suma que algunos miembros de las Bestias, en vista del lento desarrollo de la agrupación han decidido pasarse a la banda rival, se puede comprender el estado de desazón que invade los ánimos del líder y de los tres integrantes que van quedando. Frente a la desconfianza de sus discípulos, les pide que le den una semana, una sola, para pensar en un golpe, algo inesperado que logre sacarlos de la estela de mofa que van dejando.

 

Este cuarteto de satánicos, al igual que prácticamente todos los personajes que desfilan a lo largo de la narración, son un conjunto de pobres diablos, devorados a su manera por obsesiones narcisistas. Tipos por los que es muy difícil no lograr una conexión emocional, porque tienen sus debilidades a la vista y se afirman como pueden para no caer por el precipicio. Mantos, en su vida diaria se llama Severio Moneta y trabaja en la tienda de muebles de su suegro, en donde es constantemente humillado. En su núcleo familiar la ridiculización es pan de cada día; Serena, su mujer, una harpía de carácter fuerte que impone su voluntad hasta por las cosas más nimias, le enrostra cada vez que puede que fue su padre quien le dio el trabajo y lo sacó de la inutilidad crónica en que pasaba sus días. La agrupación que tiene con sus tres discípulos, —a espaldas del círculo familiar— es el único espacio en donde siente que vale algo y despierta un sentimiento que no sea desprecio y burla en el prójimo.

 

Imagen: Corriere della Sera

 

Esta línea de acción está intercalada a modo de contrapunto a la de Fabricio Ciba, escritor cercano a los cuarenta que goza de la admiración del público y buenas ventas. Entra a la historia cuando está en su momento; un autor reconocido que es capaz de llegar a la presentación de la última novela del Premio Nobel más reciente sin haber leído ni la solapa, y lograr que todos los asistentes terminen con la llamita de sus encendedores, embobados por la historia que les cuenta. Un narrador nato y un poco charlatán, pero muy simpático. A raíz de una conversación que no debería haber escuchado, se da cuenta que en realidad la opinión que despierta en la editorial no es tan favorable como pensaba; está repitiendo su fórmula, sus libros ya no son tan buenos y lo más sensato será tratar como una deidad a quien realmente lo merece: un tipo de veinte años que parece tener el talento de los Realmente Grandes, como Alberto Moravia y otros italianos de ligas mayores. Desde ese momento se puede apreciar también su otra faceta: un tipo plagado de envidia y ego. Acá la broma salpica al propio autor: él mismo ha dicho en entrevistas que quiso exagerar algunos aspectos de su personalidad y lograr así este engendro de vanidad, de quien se sabe –o se cree más bien– profundamente talentoso y atractivo.

 

Estas dos líneas se entrecruzan en la fiesta que da el viejo Sasa Chiatii, un excéntrico multimillonario que decide hacer un magno evento para lograr el favor del gran público. No diré como  personas tan distintas pueden llegar a un mismo evento, pero ahí está en parte la gracia: la enorme diversidad de personajes, que logra crear un fresco cercano a la realidad.

 

La fiesta es cuento aparte; quedará en el recuerdo de sus invitados, me atrevería a decir que para toda la vida. Incluye cazas temáticas de diferentes animales salvajes, con un dejo de aire a Jurassic Park, deportistas del tiempo de la Unión Soviética ocultos bajo tierra de los incansables agentes de la KGB, y una adoración por el lujo y el derroche que solo se pueden encontrar en esas películas con un presupuesto ilimitado y ni eso. Se dice que la realidad siempre supera a la ficción, pero esta debe ser una las pocas excepciones. El despliegue de creatividad del autor en narrar todos los pormenores del evento, es francamente admirable. Una narración exigente, que no da tregua, en donde los personajes están retratados de modo de no ofrecer caricaturas vagas ni facilistas, quedando ellos mismos en evidencia sin que nadie los acuse. El escenario por su parte, adquiere una característica cada vez más desquiciada, muy bien armada y estructurada.

 

 

En un momento en que pareciera existir un acuerdo tácito acerca de los temas que debe tratar el escritor, relegando la imaginación a un segundo plano, a tal punto que el retrato del personaje coincide frecuentemente casi punto por punto con los datos del propios autor que encontramos en la solapa, la lectura de Ammaniti logra un efecto de hipnótica frescura. Es un poco volver a poner a los ojos en el viejo fabular, inventar, como el niño escuchando ansioso el cuento a la hora de dormir. O como Sherezade de las 1001 noches, aquella inigualable narradora que salva su vida gracias a la astucia del relato, interrumpiéndolo cuando amanece y dejando al rey Schariar en un estado de éxtasis hasta la noche siguiente.