Droguett fue un visionario, un adelantado, un tipo que venía de vuelta cuando los otros recién iban. Lo que parece, en varios pasajes, una novela de fantasía, fue un hecho histórico al que el escritor le dio forma con sus innumerables lecturas sobre La Conquista.

El hombre que trasladaba las ciudades
Carlos Droguett
La Pollera
2017


Una noche de verano fui al cumpleaños de una amiga. Había muy poca gente; no conocía a nadie. Tenía pensado estar un par de minutos, tomarme una chela, hacer acto de presencia e irme, pero me equivoqué. Me puse a conversar sobre fútbol con un par de invitados y, entre cervezas y pelotas, nos fuimos adentrando en la noche. No recuerdo cómo, pero llegamos a hablar de literatura y fútbol: Fontanarrosa, Galeano, Sacheri, incluso un cuento de Bolaño llamado “Buba” en donde se relata la historia de un puntero africano que jugaba en el Barcelona. Cuando la cerveza inundaba nuestros sentidos y los ceniceros ya estaban llenos, una colorina en la que nadie había reparado durante toda la noche preguntó si habíamos leído a Carlos Droguett. Entre sorprendidos y timoratos algunos le dijimos que habíamos leído “Patas de perro”; otros les dijeron que habían leído “Eloy”. Ella suspiró incrédula, y antes de cerrar de un portazo gritó: “No pueden hablar de literatura si no han leído a Droguett”.

El hombre que trasladaba las ciudades es la novela perdida de Carlos Droguett; o más que perdida, intencionalmente extraviada, pues fue publicada en España en julio de 1973, tan solo meses antes del Golpe de Estado. Por lo mismo, las fuerzas militares nunca permitieron que llegara a Chile. Estamos ante una novela fantasma que reeditó La Pollera, editorial que viene rescatando varios tesoros enterrados de la literatura chilena —como las novelas Regreso, Amor y Cavilaciones de Juan Emar—, entregando nuevas posibilidades de lectura y complementando a los clásicos de la literatura chilena con obras que podrían ser consideradas menores. El hombre que trasladaba las ciudades fue una de las primeras novelas que escribió Carlos Droguett. Si bien se desconoce la fecha exacta en que fue escrita, críticos y académicos la sitúan como parte de su trilogía sobre La Conquista, es decir, estamos ante una especie de novela histórica en donde se cruzan los libros de historia con las múltiples posibilidades que entrega la ficción.

Juan Núñez de Prado es el militar español que protagoniza la novela. Gobernador de Tucumán entre 1549 y 1553, funda durante esos años la ciudad El Barco. Lo que parecía una denominación casual, ciertamente no lo es, pues asediado por los enemigos y las desconfianzas, ante cada amenaza de ataque la ciudad se traslada hacia otro lugar. Estamos ante una ciudad flotante —al estilo del Castillo ambulante de Miyazaki o de Fitzcarraldo de Herzog— en donde la forma de resistencia es una huida hacia un sitio menos accesible para sus enemigos y más seguro para sus habitantes; escapando de la ambición de Pedro de Valdivia, durante la madrugada Núñez de Prado le dice al cura que lo acompaña: “Me llevaré la ciudad, pero no sus tormentos”.

Droguett fue un visionario, un adelantado, un tipo que venía de vuelta cuando los otros recién iban. Lo que parece, en varios pasajes, una novela de fantasía, fue un hecho histórico al que el escritor le dio forma con sus innumerables lecturas sobre La Conquista; con una prosa que no da respiros (los párrafos están separados por comas y los puntos escasean), podríamos hablar de una novela que dialoga con los múltiples procesos que ha sufrido Latinoamérica, es decir, un escrito que funciona como analogía y que bajo ninguna circunstancia debe ser limitado solamente al período en el que todo se desarrolla. Carlos Droguett le dedica la novela al Che Guevara, y en ese pequeño-gran gesto, hay una lectura en donde trasladar ciudades es también trasladar ideología.