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Como muchos escritores, Carlos Sepúlveda Leyton hizo sus primeras armas en el periodismo. En las páginas del diario La Discusión, de Chillán, quedaron sus artículos de profunda mirada y sólida reflexión sobre el acontecer nacional de su época. Así, desde un comienzo, Sepúlveda Leyton quedó incorporado a los escritores que reflejan el drama social de su época, los quebrantos de los que operan las fábricas o cultivan la tierra bajo los rayos del sol inclemente o, como en su breve obra, la precariedad en la que desempeñan su labor los profesores primarios de nuestro país.

Sepúlveda Leyton nació en Santiago en 1895. Estudió en la Escuela Normal Superior José Abelardounnamed (3) Núñez, primera institución destinada a la formación de docentes primarios de su tipo en Chile y Latinoamérica, de la cual egresó como profesor en 1914. Luego se trasladó a Chillán, y escribió para los diarios locales continuando su labor periodística iniciada en 1915 en El Mercurio de Valparaíso. Allí fundó la revista Nuevos Rumbos, editada por los profesores de la ciudad, para luego formar —en 1922— la Asociación General de Profesores (AGP), entidad gremial junto a la que participa en la asamblea constituyente que reunió masivamente a obreros y maestros para la redacción de la nueva Constitución Política de 1925, la que fue rechazada por el presidente Arturo Alessandri.

Ese mismo año fue exonerado, junto a otros dirigentes de la AGP, y reincorporado a las aulas al año siguiente. Sin embargo, la
restitución de su puesto de trabajo no lo amilanó. Tiempo después el gobierno de Carlos Ibáñez del Campo quiso acallarlo y volvió a exonerarlo para evitar su actividad política en defensa del magisterio. A partir de entonces, su situación se complicó y debió ganarse el pan con lo que se presentara: trabajó como boticario, repartidor de pan y vendedor de revistas culturales.

Cuando niño, Sepúlveda Leyton vivió en el sector sur de Santiago, al comienzo de la gran avenida y la comuna de San Miguel, en el extinto barrio Matadero. Y ese sería precisamente el escenario que nutriría Hijuna, su primera novela escrita a mano y publicada en 1934 en una autoedición impresa por un gráfico anarquista en la ciudad de Linares, debido a la negativa de varias editoriales capitalinas.

 

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De esta forma, Hijuna – que en lenguaje popular es la abreviatura de una expresión poco amable y despectiva: “hijo de una…”–, da cuenta del sino de la triste condición familiar del personaje, Juan de Dios, y el autor pone de manifiesto desde las primeras líneas: “Mi buena madre, la señora Rosario, no era, precisamente, mi madre: era más bien mi tía. Aunque, a decir verdad, tampoco era mi tía: era la tía de mi padre. Mi piadosa abuelita, la señora Micaela, santa entre las santas (resistía tres misas en ayunas), no era, precisamente, mi abuelita: era, verdadera y simplemente, sólo y nada más que la madre de mi padre”.

Ése sería el comienzo de una trilogía que transcurre entre los años 1905 y 1930, configurando un triángulo narrativo que brilla con luces propias por su fuerza expresiva y que, según el crítico Ricardo Latcham, es una obra que se anticipa a “la corriente social que imperó en la novela y el cuento chilenos entre 1940 y 1950”.

Hijuna nos relata con la frescura del trazo a mano alzada la infancia de Juan de Dios, habitante del barrio Matadero, un pelusa que callejea observando los avatares de la calle, correteando por conventillos rodeados de pequeñas fábricas y talleres; un arrabal habitado en su mayoría por matarifes diestros en el uso del cuchillo que siempre llevan consigo, listo para ser usado cuando el alcohol se les sube a la cabeza. Una novela que también nos permite esbozar un vivo retrato de la vida popular de Santiago en las primeras décadas del siglo XX.

Pronto, convertido ya en un quinceañero y matriculado en la Escuela Normal, Juan de Dios vuelve a ser el protagonista de la segunda entrega: La fábrica (1935),
unnamed (2)la que transcurre entre lecciones de sombríos y aburridos profesores normalistas, porfiados estudiantes y largos pasillos de escuela en los que se le “asustan los pies en el mosaico encerado del hall”; y en la que es posible constatar una técnica narrativa más moderna que su primera novela, estructurada con fragmentos de diálogos, oportunas observaciones y digresiones en las que cuestiona directamente – y desde adentro – la formación conservadora y litúrgica que dominaba en la sociedad chilena de la época.

“Se nos ha dado un papel con un número. Y somos un número. Un número negro sobre blanco, igual que bestias en la feria. Un número que nos controla y nos determina: un puño cerrado en el fichero de una
fábrica. Todo el mundo arrellanado en mi juventud aplastada por un número como en los hospitales”.

La trilogía finaliza con Camarada (1938), y en ella Juan de Dios ya ha egresado de la Escuela Normal como profesor primario y se integra al mundo laboral. El ahora profesor inicia así un kafkiano periplo por la Intendencia de la ciudad buscando la oficina donde se le asignará su lugar de trabajo. Así, Juan de Dios “acaricia el placer maligno de burlarse de toda esta máquina de represión”. Pero, “ni siquiera puede vanagloriarse de haber sido tratado con grosería”, pues todos aquellos funcionarios con quien trata eran “absolutamente correctos, fríos; superficiales unos, graves otros; pero todos caballerosos, de uniforme por
fuera y por dentro”.

Y este es el pie forzado que Sepúlveda Leyton utiliza en el tercer tomo de su trilogía para desplegar su certera crítica hacia la precaria situación de los educadores chilenos, caracterizada entre otras cosas por sueldos miserables y muchas veces impagos, la carencia de beneficios de salud y la poca valoración social del magisterio. Elementos que, a pesar de los más de setenta años transcurridos desde su publicación, le otorgan una tremenda actualidad a su obra. Escritura truncada tempranamente: Carlos Sepúlveda Leyton murió en Santiago en 1941 con apenas 46 años de edad.
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Recientemente, y en un acto de “justicia literaria”, la editorial Sangría reeditó en un solo volumen las novelas de la Trilogía normalista. Obras que dan cuenta de una trayectoria, de una época y un recorrido por esa zona difusa que no se deja apresar: libros que proponen una idea de transformación y permanencia. Literatura urgente que no quiere ni puede desligarse de la vida misma como la expresión concreta de una época en crisis; expresión que hoy, cuando las crisis son otras y a la vez las mismas, deviene como referente inevitable para pensar la práctica de la literatura de nuestros días.

 

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