El libro “Hablemos de Historia” (Quimantú, 2016), editado por José Ignacio Mason, José Tomás Labarca, Estephanie Peñaloza y Sergio Durán, reúne 20 entrevistas a jóvenes historiadores/as, realizadas en el programa del mismo nombre que se emite por Radio UC desde el año 2014. Seleccionamos la conversación con el historiador Daniel Palma sobre la delincuencia y el origen de las cárceles en Chile durante el siglo XIX. “Hablemos de historia” se presentará el jueves 1 de junio en la Universidad Alberto Hurtado. Más información.

El bandido Juan de Dios López y su banda luego de ser capturados por la policía, 1903. Foto: Memoria Chilena.

—¿Cómo eran tratados los hechos delictuales del siglo XIX por la prensa nacional?
Al igual como sucede ahora, las noticias relacionadas con delitos ocupaban un lugar predominante y eran motivo de debate nacional. Es principalmente debido a la incidencia que tienen estas temáticas en la vida cotidiana de la gente, a las experiencias que muchos podemos contar en este sentido, que me plantee la pregunta por el desarrollo histórico de la criminalidad y el castigo en Chile.

Desde mediados del siglo XIX se desarrollaron distintos canales de comunicación para difundir el acontecer criminal o la crónica roja. En un comienzo, los periódicos más importantes no daban mucha cabida a los hechos criminales, no obstante que fueron surgiendo otras vías como la “literatura de cordel” donde, por medio de versos (décimas), se contaban estas historias que sucedían en la ciudad o en los campos adyacentes, lo que generaba gran interés por parte del público. Este fenómeno también se dio en otros países como México y Brasil.

En la segunda mitad del siglo XIX, comienzan a surgir los folletines y secciones o páginas policiales en los medios escritos. Podemos decir que hay un boom de este fenómeno hacia fines del siglo XIX en la medida que aumentaron las ventas y la curiosidad por estos acontecimientos. Esto dio pié al surgimiento de medios dedicados exclusivamente a la cobertura de hechos policiales, dando cuenta de una versión local del llamado “sensacionalismo” surgido en los Estados Unidos. En los hechos, se usan los temas criminales como anzuelos para vender periódicos y esto va acompañado de vistosos titulares y, desde la primera década del siglo XX, fotografías.

—¿Es cierto que, en buena medida gracias a la difusión de la prensa, muchos delincuentes se transformaron en una especie de “héroes populares”?
Hay casos de varios criminales célebres como por ejemplo “el huaso Raimundo”. Él era un salteador de caminos de inicios del siglo XX, que en algún momento fue perseguido por la policía y terminó matando a un agente. A partir de ese crimen, el huaso se volvió una celebridad, pues la prensa comienza a seguirlo día a día. Entonces, el huaso Raimundo sin haber sido alguien sensibilizado con respecto a las problemáticas sociales de la época, se transforma en el fugitivo número uno del país y eso genera simpatías entre quienes eran de la misma condición social. Esta calidad de héroes de algunos delincuentes tiene que ver con la sensación de que corrigen ciertas injusticias. También se relaciona con la cobertura que le da la prensa, magnificando o distorsionando muchos de sus delitos. Además, todo esto vende. Cuando aún la policía buscaba al huaso Raimundo, se comenzaron a publicar novelitas con sus hazañas, muchas de las cuales eran falsas. Ahora, si uno contrasta las biografías de estos criminales con esta imagen legendaria que algunos tienen, no calza mucho.

Por otra parte, toda esta publicidad del delito que florece en el mercado sensacionalista antes mencionado, coloca al transgresor de origen popular en una vereda y omite los delitos de los poderosos. Se ve en la prensa de la época que poco y nada se hablaba de las grandes estafas o de la corrupción. Entonces, es permanentemente el sujeto popular quien será tildado de delincuente. En cambio, en la prensa y la poesía popular muchos de estos delincuentes encarnaron los afanes de su clase social y pusieron al descubierto las falencias del sistema procesal penal y carcelario. En alguna medida, sin pretender reivindicar el delito en sí, se concibe a quien cae en el sistema represivo como una víctima de las desigualdades sociales. Esto tiene que ver con que muchos delincuentes, con su capacidad para eludir la justicia o con su facilidad para hacer declaraciones llamativas, terminan erosionando y burlando a la autoridad.

—¿Cómo era la vida de los criminales y qué tan miserable era ésta en comparación con la gente pobre de la época?
Lo que muestra la historia social es que durante el siglo XIX se va produciendo cada vez con más fuerza una distancia abismante entre las clases dominantes y los sectores desheredados de la riqueza, fundamentalmente los inquilinos y peones rurales, los trabajadores de la ciudades. Ellos tienen trabajos poco estables, pasan muchos meses buscando empleo, entonces, esto va generando contrastes socioeconómicos cada vez más evidentes. El auge exportador de nuestra economía permite que los magnates mineros del norte y los terratenientes de la zona central obtengan importantes excedentes, los cuales no son repartidos entre sus trabajadores.

De esta forma, las condiciones de vida de los gañanes y de los migrantes que provienen de zonas rurales y que se asientan en ciudades como Copiapó, Valparaíso o Santiago, son muy desmejoradas. Entonces, es ese un cuadro de pobreza, de desempeñarse estacionalmente en distintos oficios, de diferencias que comienzan a saltar a la vista cuando se ven las mansiones construidas por los terratenientes de la época, en comparación con los conventillos y ranchos populares, de una miseria difícil de disfrazar. Todo lo anterior va produciendo mayores antagonismos entre los distintos grupos de la sociedad y alimenta la idea de algunos de convertirse en delincuentes.

En el otro extremo, en nuestras elites, también han existido delitos: muchos escándalos, desfalcos, corrupciones, siempre a costa del Estado, ya sea en Ferrocarriles, en la Tesorería del Estado, en el negocio del petróleo, etc.; pero, éstos no recibían gran atención mediática, lo que ha llevado a muchos historiadores a investigar únicamente al ladrón de origen popular porque tenemos más fuentes disponibles para indagar.

—¿Cuál es el lenguaje que usan los reos dentro de las cárceles y como se llegó a conformar dicho lenguaje?
Con el paso de los años el delito se fue profesionalizando. Muchos delincuentes ocasionales en el siglo XIX eran padres de familia, gente con una situación económica delicada, que robaban un animal para alimentar a su gente. Hurto famélico le llaman los abogados. Pero a medida que crecieron las ciudades, se incrementaron los sujetos que hicieron del delito un trabajo, especialmente del robo. La policía los designaba como “ladrones de oficio”. Otros crímenes como los homicidios o los delitos sexuales representaban un porcentaje muy menor dentro de la delincuencia.

Es en este contexto que se desarrolla la jerga que usan principalmente los ladrones; en nuestro caso, el coa. Este lenguaje está en buena medida influenciado por el lunfardo de la otra parte de la cordillera; en especial, de Buenos Aires, en vista que hay mucho delincuente viajero. Y el coa es uno de los elementos característicos del mundo del delito, como lo son también el apodo, los tatuajes y el prontuario. Todas estas son marcas de identidad que, en el fondo, muestran pertenencia a cierto grupo. Y para ser aceptado en esos grupos debes usar esos códigos.

En el caso chileno, una primera publicación que documentó la existencia de una jerga delictual apareció en el diario El Ferrocarril en 1877. Ese año un periodista ingresó a la penitenciaría de Santiago, que en ese instante era la cárcel modelo del país, y conversa con una serie de reos sobre sus experiencias, sus delitos y sus visiones de la justicia. En ese reportaje aparece un vocabulario con ciertos términos que serían propios de estos hampones.

Tiempo después, hay un lingüista, llamado Julio Vicuña Cifuentes, que el año 1909 publica un diccionario titulado “Coa. Jerga de los delincuentes chilenos”. Él acompaña su texto con una reflexión acerca del surgimiento de esta jerga, sobre lo que representaría en términos gramaticales, etimológicos, etc. Y este diccionario es muy decidor pues hay una serie de conceptos que incluso se siguen usando hasta el día de hoy y que, básicamente, tiene que ver con el afán de muchos delincuentes de poder enmascarar lo que hacen. Hay otros diccionarios como el de Aníbal Echeverría que se publica en 1934 y que recoge casos de delincuentes nortinos y las jergas existentes en esa zona.

Hablemos de historia
José Ignacio Mason / José Tomás Labarca
Estephanie Peñaloza / Sergio Durán (editores)
Editorial Quimantú
2016


—¿Cómo eran las cárceles chilenas en el siglo XIX?
La cárcel es una invención moderna. Existían recintos para recluir personas desde tiempos de la Colonia y el más conocido era el presidio de Valdivia que se usaba para encarcelar a enemigos de la corona española y a condenados y desterrados desde Perú. Pero en las ciudades chilenas no había cárceles propiamente tales, como las entendemos hoy en día, más bien podría hablarse de centros de reclusión que funcionaban en viejas casuchas o piezas que se usaban para apresar por un tiempo a infractores de las leyes.

En el contexto de la construcción del estado chileno, y particularmente, durante el llamado régimen portaliano, década de 1830 en adelante, hubo cada vez más necesidad de parte de las autoridades por disponer de lugares de reclusión para todos aquellos que no solamente delinquieran, sino también quienes desafiaran este orden autoritario y conservador que prevaleció en gran parte del siglo XIX. En las ciudades y villas rurales se establecieron cárceles, pero éstas funcionaban muy irregularmente.

En 1836 se implementaron los carros ambulantes, en mi opinión una de las aberraciones más grandes que hemos tenido en nuestra historia, y que consistió en la contratación y compra de unas 20 jaulas con ruedas en las cuales se encerraba a los delincuentes más peligrosos de la época y que eran trasladados a distintos lugares para que pudiesen ser usados como mano de obra. Este sistema, ideado por Portales, se creó ante la poca seguridad que ofrecían las cárceles rurales y las cárceles de las villas, donde era muy fácil fugarse Entonces, desde el año 1836 hasta el año 1847, funcionó este sistema de carros ambulantes como una suerte de prisión modelo. Este sistema fue un fracaso absoluto, los reos se fugaban igual que en las cárceles rurales, había mucha corrupción, etc. Además, la exposición pública de los reos enjaulados, mal vestidos, mal alimentados y mal aseados generaba rechazo en la población.

De ahí en más, el proyecto estrella del gobierno chileno fue la construcción de una penitenciaría que acogiera las ideas más en boga en esos años y que planteaban modelos de encierro que combinaban la seguridad y el trabajo de los reos. En el año 1847 se inaugura, trasladando a los 200 reos que estaban en estas cárceles ambulantes, sin embargo, al menos al comienzo, este recinto resultó ser casi peor que los carros, pues sólo estaba operativo el 10% de la penitenciaría. Los reos estaban hacinados en muy pocas celdas, sin ventilación, sin luz solar. Fue una experiencia traumática hasta la década del 1870 cuando la penitenciaría comienza a cumplir su función. Lo anterior, tiene que ver con un sistema que busca, por una parte, generar condiciones de mayor seguridad para mantener a los condenados efectivamente tras las rejas y evitar las constantes fugas y, por otra parte, tenía un fin rehabilitador que estaba dado por el trabajo, pues desde el comienzo se tuvo la intención de contar con talleres de zapatería, de sastrería y otros, para que los reos aprendieran un oficio y, de ese modo, pudiesen incorporarse al mundo del trabajo.

Entonces, tenemos las precarias cárceles rurales, la penitenciaría –que recibe a personas condenados a más de 5 años de prisión– y los presidios urbanos, que se construyen en algunas ciudades para delitos menos graves con condenas menores a 5 años. Esa fue la estructura existente, pero, cada localidad debía gestionar los recintos. Solamente el año 1911, se estableció la Dirección General de Prisiones, que busca centralizar la administración de los recintos carcelarios del país.

—¿Cómo era la vida diaria de los delincuentes tras las rejas?
Precariedad es la palabra que define la vida en las cárceles, salvo quizás en el caso de la Penitenciaría de Santiago donde había talleres y celdas más amplias. En todo recinto carcelario el reo intenta recrear en las condiciones de encierro aquellas actividades que desarrollaba cuando estaba en libertad. Lo anterior significa buscar la manera de introducir alcohol, naipes, etc., de subvertir la rutina y la disciplina que se intentaba imponer.

Por lo que he estudiado, todo lo que tiene que ver con servicios alimenticios era concesionado. Eran empresas privadas las que abastecían de comida a los recintos penales, pero también las abastecían de vestuario, de herramientas, etc., y con esto también comenzaron las denuncias de corrupción dentro de las cárceles. Hasta el día de hoy, hay un manto de silencio muy grande acerca de lo que en verdad sucedía dentro de las prisiones.

En el siglo XIX, otro tema debatido fue la sociabilidad que se daba entre reos y gendarmes. Muchas autoridades encargadas de la gestión de los recintos carcelarios se quejaban de la causa común que hacían los presos con quienes debían custodiarlos. En muchos casos, son los gendarmes quienes introducen distintos elementos para la diversión o que incluso huyen con los presos; son los gendarmes quienes permiten a las parejas de los reos acampar en los alrededores de las cárceles. Igualmente, hay testimonios en la penitenciaría con respecto a que había celdas que se destinaban para la jarana y que entraban mujeres con comida y elementos para la diversión. Entonces, el reo intenta palear en algo la miserable condición en que vivió durante el siglo XIX dentro de las cárceles.

—¿Qué tipo de castigos recibían los presos al interior de las cárceles?
Lo que está en la mente de cualquier preso siempre será la fuga. Entonces, los esfuerzos por controlar esos intentos de fuga son numerosísimos durante el siglo XIX en todos los recintos. Lo anterior es un primer elemento que amerita duros castigos. Por ejemplo, en el caso del presidio ambulante, el castigo consistió en aumentar la condena. Hay un caso de un reo, Pancho Falcato, que reivindica el derecho a fuga. Él argumenta que como ya están encarcelados, al menos deberían dejarlos intentar una fuga, según él, no debería aumentar la condena por intento de fuga.

Otro tipo de castigo, muy sentido por los reos, era el aislamiento, especialmente en la Penitenciaría donde existían celdas para estos fines, donde podían pasar meses abandonados a su suerte. Existen denuncias con respecto al abuso de la pena de aislamiento y, también, con el uso de los azotes para aquellos que habían incurrido en algún tipo de infracción al reglamento de la prisión. Otro tipo de castigo bastante común era engrillar a los reos. Hay procesos judiciales donde aparecen reos que estuvieron por uno o dos años engrillados con las secuelas que eso trae como quedar con la piel hecha pedazos por ejemplo, y un último caso de castigo era la prohibición de las visitas.

—¿Cómo era la vida de las mujeres dentro de las cárceles?
Lo primero que hay que decir es que la delincuencia perpetrada por mujeres en el siglo XIX fue algo muy menor dentro del total de actos delictuales cometidos. No más allá del 5% del total de delitos cometidos correspondía a mujeres. Durante muchos años, las mujeres que llegaban a prisión compartieron espacios con los hombres, a veces en la misma celda, a veces juntos; pero, como eran menor en número no ameritó la construcción de cárceles para mujeres.

Según entiendo, alrededor de 1823, se construyó la Casa de Corrección de Santiago, especialmente destinada a mujeres, pero ignoro cómo se desarrolló en el tiempo. Es importante señalar con respecto a los recintos para mujeres que, a diferencia de los hombres, aquí ocuparon un lugar relevante las Monjas de Buen Pastor, una congregación de monjas francesas, que operaron en varios países de América Latina, tomando a su cargo a mujeres condenadas por distintos delitos y con dos esfuerzos fundamentales; por una parte, poder enseñar labores propias de su sexo, tratando de recalcar el rol que la mujer debiese ocupar en una sociedad como la del siglo XIX y, por otra, darles una fuerte instrucción religiosa. Entonces, el régimen interno de los recintos de mujeres es muy distinto al que tenían los hombres. En los primeros prevalece más la idea de instrucción-meditación y el practicar las labores propias de su sexo.

—Por último, ¿Qué sucedía con los menores de edad que cometían delitos?
Probablemente, el problema de la delincuencia infantil junto al del alcoholismo, son los dos grandes temas de fines del siglo XIX que más se debatieron en materia criminal. Efectivamente, no existieron durante el siglo XIX recintos penales para menores de edad. Todos ellos iban directo a ser encerrados junto a criminales avezados. Desde fines del siglo XIX o comienzos del siglo XX, se implementan las escuelas correccionales; es decir, recintos especialmente diseñados para menores de edad y que combinan el encierro con una instrucción militarizada que buscaba preparar a los niños para un posterior régimen de trabajo.

En la novela autobiográfica “El Río” de Alfredo Gómez Morel, se describe vívidamente cómo se desarrollaba la vida de un niño del Mapocho hasta convertirse en un criminal avezado. Revela con crudeza el duro camino que esperaba a quienes optaban por el delito y la dificultad que históricamente ha tenido nuestra sociedad para lidiar con este problema.