Con la escritora Carolina Melys, comenzamos una nueva sección de Ojo en Tinta, llamada “¿Cómo aprendí a leer?”. Conoceremos distintas aproximaciones a le lectura. 

Portada de Coré para el “Silabario Hispanoamericano” (1945) de Adrián Dufflocq Galdames.

 

Aprendí a leer muchas veces. Primero a decodificar las letras, unirlas y crear sonidos. Significantes sin significado, enunciados sin puntos ni comas, separados sólo en sílabas.

Aprendí a leer de memoria, de tanto repetir la lección de turno sacada del Silabario: mi trencito de madera, dondequiera va a correr, no se cansa ni descansa, chucu chucu por el riel; mientras la profesora marcaba con su dedo dónde debía seguir la lectura y yo repetía como un rezo sin saber en qué sílaba iba. Ella apuraba su dedo como queriendo alcanzarme: yo leyendo a toda velocidad, sin leer. O más bien fingir leer, como cuando jugaba a ser directora de orquesta y sacaba una partitura heredada de mi abuela -un libro grande, añoso, de páginas amarillas y gruesas-. Lo apoyaba en un mueble, me paraba frente a él con un palillo de tejer y empezaba a mover los brazos de un lado a otro, y cada cierto tiempo, daba vuelta la página hasta terminar. Con los brazos en alto, con dramatismo, pero sin leer ni una sola nota.

Aprendí a leer jugando con los libros, armando pilas con toda la colección zig-zag que mi mamá traía a casa semanalmente. Ordenarlos por tamaños y colores, ponerles etiquetas y precio y “vendérselos” a mis hermanos. Siempre recomendaba Pacha Pulai, porque su nombre me parecía divertido de pronunciar. Siempre me decían que no, porque era el más largo de la colección. Leer los títulos, pero inventar todo lo demás a partir de la ilustración de portada.

En el colegio aprendí a leer en silencio, producto de una política lectora implementada en los años ’80. Lectura silenciosa de un libro durante 5 minutos, la siguiente semana 10,  la siguiente 15 y así. Leer un libro escogido al azar para instalar un hábito que antiguamente era exclusivo para los niños. Moralistas medievales declaraban que no era apropiado que las niñas aprendieran a leer a no ser que se hicieran monjas, pues llegada la juventud, podían usar esa arma feroz de la lectura para leer -o lo que es aún peor: escribir- cartas de amor.

De adolescente, aprendí a leer en cualquier parte: en la micro, caminando, esperando la hora al dentista y en el baño. El placer único de leer en el baño, donde al fin se está solo frente al libro, aunque el riesgo de que se duerman las piernas atente contra la comodidad necesaria. Acto al cual Henry Miller le dedica un libro (con un título cómicamente traducido como Leer en el retrete), pero sólo para declarar que en el baño uno debe concentrarse en las necesidades básicas y nada más (y de pasadita dar cuenta de qué libros no se deben leer).

En la Universidad aprendí a leer contra el tiempo, y empecé maratones de lectura. La maratón griega: epopeyas, tragedias y comedias una tras otra. Maratón del Qujiote y La Divina Comedia. Y maratones que no fueron, ni Proust ni Joyce. Aprender que no se pueden correr todas las maratones, y hay libros que siempre quedarán en la lista de espera.

Aprendí a leer, pero de cierta forma cada nueva lectura implica un nuevo aprendizaje, entonces se hace imprescindible volver a los libros. Se hace imprescindible aprender a leer una vez más.

Del “Silabario hispanoamericano” (1945) de Adrián Dufflocq Galdames.