En su proyecto sobre el romanticismo, el crítico Paul Bénichou (1908-2001) dedicó sus últimas dos partes de su tetralogía, ahora traducidas por FCE, a los poetas magos que participaron de la revolución de 1830 en Francia y a los desencantados de la generación posterior, quienes convirtieron a la figura del escritor en una de pensador, líder político y guía espiritual, lo que duró buena parte del siglo XX. La académica francesa Françoise Champion comenta ambos libros.

La libertad guiando al pueblo. Eugène Delacroix, 1830.

Lamartine, Vigny, Hugo

Paul Bénichou se ha impuesto escribir un vasto fresco sobre la historia del romanticismo. Y continúa ahora con Los magos románticos. Después de haber estudiado los inicios del romanticismo literario (en La coronación del escritor) y a los profetas doctrinales (en El tiempo de los profetas), explora aquí el lugar de la poesía en el período de la victoria del romanticismo. Con Alphonse de Lamartine, Alfred de Vigny, Victor Hugo, los tres grandes autores estudiados, tanto después como antes de 1830, se afirma la idea de la misión del poeta y del artista, acompañantes y guías espirituales de la humanidad. Este “sacerdocio laico” lo guían como poetas: “no disfrazaron el pensamiento de poesía, sino que hicieron de la poesía una meditación y un pensamiento”. Bénichou nos hace muy sensibles a su tipo de pensamiento en mayor contraposición con, durante la misma época, el de los hombres de doctrina: un pensamiento que “se mueve, entra en la imaginación, obliga tanto a dudar como a creer”. Muy diferentes entre sí, estos tres poetas son «de la misma creencia». De aquella que “sigue siendo nuestra” nos dice Bénichou y que pone en juego la confianza en el futuro, el rechazo de los dogmas, la independencia de la mente, la comunicación y el debate, “lo más necesario en el hombre y en la sociedad”, la migración de la “meditación sobre el bien y sobre la salvación hacia la intimidad del sujeto humano” hasta las tentaciones contrarias que hayan podido tener, la denegación de lo humano y el pesimismo, ellos nunca dejaron la última palabra.

Los magos románticos.
Paul Bénichou.
Trad. Glenn Gallardo, Editorial FCE, México, 2017, 614 pp.

Esta fe en la libertad, este optimismo, este advenimiento de un «yo propiamente romántico» (muy lejos del “yo objeto del conocimiento” en la tradición de Montaigne) está en la raíz de la gran sacudida de la “vieja fe”, de la abundante invención de fábulas y nuevos símbolos, pero también de la formidable labor de reinterpretación del cristianismo que realizan los poetas-magos. El sociólogo encontrará material considerable y fascinante sobre esta cuestión de la reinterpretación de creencias y se verá constantemente llevado a preguntarse sobre la interacción entre la obra del cristianismo en la modernidad que está teniendo lugar en ese momento y la influencia de esta modernidad en la reorganización de las creencias cristianas. Ya se trate de reinterpretaciones y reutilizaciones de significados como “misión”, “elección”, “sacrificio”, “santidad”, “providencia” (en el evangelio progresista de Lamartine o en las versiones de Hugo de la teología de la redención, supervivencia o “Francia-Cristo”) comienza entonces un proceso de descomposición-recomposición de antiguas creencias que continúa desplegando sus efectos.

Un libro tanto más entrañable en tanto el autor desarrolla su tema en un estilo que combina rigor del análisis y pasión.

Sainte-Beuve, Nodier, Musset, Nerval, Gautier

En La escuela del desencanto, Bénichou continúa el análisis ideológico y literario del romanticismo, comenzado con El tiempo de los profetas y continuado con Los magos románticos. La conclusión de la obra opera una reanudación reflexiva de la filosofía del romanticismo —sobre todo el poético—, abriéndose a la comprensión de la siguiente generación, la de Flaubert y Baudelaire. Este libro es tan fascinante como los anteriores, la escritura sigue siendo igualmente sugerente.

La escuela del desencanto.
Paul Bénichou.
Trad. Alejandro Merlín, Editorial FCE, México, 2017, 638 pp.

El título de la obra no le debe nada a Max Weber. Está tomado de Balzac, quien calificó así a algunos de sus contemporáneos desilusionados. Si bien el romanticismo de la Restauración (o formado bajo la Restauración), el de Lamartine, Hugo, Vigny, tenía algo de incierto y dramático, también portaba una fe optimista en el futuro y en el hombre, la “religión de la humanidad”. Tras las secuelas de julio, la segunda generación romántica vio “el charco de certezas y esperanzas precedentes”: “Quizá ‘desencanto’, que expresa lo esencial, no alcanza para retratar suficientemente su fiebre y su perturbación”. De esta manera se lee en el Cristo en los Olivos de Nerval (1844), la terrible noticia que trae a sus discípulos: “Hermanos, los engañé: ¡Abismo! ¡Abismo! ¡Abismo! / Hace falta un dios en el altar donde soy víctima… / ¡Ni hay Dios! ¡Ya no hay Dios!”. Esta ausencia de Dios es una “desvitalización universal”: en verdad esta generación ya no cree en la religión —al menos en una religión consoladora, portadora de esperanza— pero no logra hacer el duelo. Nerval, en particular, está en línea con una creencia, buscando todos los lados. Del lado de los dioses paganos, de los sincretismos, de un “femenino celeste”, de la permanencia de la “tierra y del linaje”… Esta generación del romanticismo “más joven y desilusionado” ya no puede creer que el ideal de la Belleza va de la mano con el Amor, el Bien, la Humanidad progresista, Dios. Tampoco puede sacrificar la esperanza. Generación de transición, no pudo llenar “el vacío poniendo en primer plano uno de los componentes del Ideal inaccesible, a saber, el Arte”, como lo hará la generación siguiente. Con esto se fija la concepción de la poesía que sigue siendo la nuestra: poesía pura, separada de “todo lo que no es ella misma”, encontrando su inspiración más fecunda en una conciencia insatisfecha, infeliz y misántropa (al mismo tiempo que el artista se complace en la idea de una constitución secreta del universo —analógica— de la que él tendría la clave). Estamos entonces lejos del momento inicial, el de una fe en los destinos conjuntos de la poesía y la humanidad, “síntesis, al mismo tiempo temperada y entusiasta, de la filosofía de la Ilustración y de un espiritualismo parareligioso, bajo la égida de la Poesía”. Entre este romanticismo de 1830, antes de los días de julio, y Las Luces y la Revolución, estuvo la primera manifestación de un romanticismo cristiano (Chateaubriand), luego las tentativas neocristianas, como la de Ballanche. La marcha del tiempo se llevó a cabo a un ritmo de una extrema rapidez…, una rapidez que, por tanto, no está reservada a nuestro fin del siglo XX.

[Estas dos reseñas se publicaron en Archives de sciences sociales des religions 72 (1990) y 98 (1997). Se traducen con autorización de la autora y de la revista. Traducción: Patricio Tapia]

Françoise Champion

Françoise Champion, es una socióloga francesa, investigadora del Centre national de la recherche scientifique (CNRS), quien ha realizado investigaciones en sociología de las religiones, en la historia y sociología del secularismo. Ha escrito varios libros que han contribuido al debate sobre el tema de las sectas. Es autora, entre otros libros de Les laïcités européennes au miroir du cas britannique, XVIè-XXIè siècle (2006).