El escritor y editor argentino es uno de los invitados a la Furia del Libro 2018, que tendrá lugar del 13 al 16 de diciembre y por primera vez integra los «Diálogos Latinoamericanos».

Crédito fotografía: Barbara Scotto

Cuestionar el arte y la literatura como un ítem más de una industria, analizar las tensiones que esto produce en el mundo editorial, el estatuto de la vanguardia estética y política. Cuando Damián Tabarovsky se impuso estas tareas en su libro Literatura de izquierda (publicado en 2004, reeditado ahora por Godot, con prólogo de Martín Kohan) generó una serie de polémicas, tanto por sus planteamientos como por su tono.

Literatura de izquierda. Damián Tabarovsky, Editorial Godot, Buenos Aires, 2018, 120 pp.

El autor considera que no se puede resumir qué entiende por una «literatura de izquierda»: «Creo que resumir es lo opuesto a pensar. ¿Por qué habría que resumir ideas complejas? Sí quisiera señalar que ‘literatura de izquierda’ no es una categoría teórica, sería demasiado pedirle en comparación con las grandes categorías teóricas que ha dado la crítica literaria a los largo del siglo XX. Es más bien un concepto que permite articular los debates estéticos con las posiciones en el mercado», precisa.

En Fantasma de la vanguardia reúne algunos ensayos en que  continúa y profundiza algunos de los puntos de su libro anterior (y que también tocaba en su recopilación de artículos, columnas y ensayos, Escritos de un insomne). Aún deambula la vanguardia, pero como si de un fantasma se tratara. Su tono, como el de Literatura de izquierda, es atrevido. En ambos libros es posible encontrar formulaciones, por llamarlas de algún modo, provocadoras. Por ejemplo: que la crítica universitaria ha neutralizado a algunos autores (Lamborghini, Saer); que Piglia es una manifestación del “vanguardismo académico”; que “el mercado es el totalitarismo de nuestra época”; que «la existencia de grandes clases medias ilustradas es uno de los mitos risueños argentinos»; que «la literatura es el entretenimiento inteligente del presente». «Bueno, yo no las tomo como provocadoras sino como evidencias ciertas. En todo caso, para mí, la provocación es un efecto de lectura  y nunca un gesto de escritura», señala Tabarovsky.

—Literatura de izquierda era una especie proclama de resistencia a un «estado de cosas» literario. ¿Qué es lo que más le molestaba entonces?

—No creo que estuviera molesto, ni mucho menos enojado y por supuesto que tampoco lo veo como una “proclama”, sino más bien como un ensayo literario con una mirada crítica.

Experimentaba un malestar frente al estado de las cosas en el campo literario, en particular frente a lo que se podría llamar “el eje progresismo y mercado”. Es decir, la idea de que el progresismo señalaba al mercado —al mercado en su forma más trivial y mainstream— como único horizonte literario posible. Ese escenario parecía haberse diluido (sobre todo debido al fracaso estético de sus principales actores) y cuando el libro parecía haber comenzado a envejecer, una nueva camada de escritores repite el mismo esquema y vuelve a Literatura de izquierda nuevamente actual. Hoy el horizonte del progresismo parece ser publicar en Penguin-Random House, sin la menor pizca de reflexión crítica sobre los poderes que operan allí. Dicho de otro modo: no me molesta que un escritor publique en un gran grupo (yo mismo lo hice durante algunos libros), sino la falta de reflexión intelectual sobre el asunto, sobre el modo en que el dinero opera sobre las estéticas, sobre la forma en que el mercado se convierte en la última instancia de valoración artística y cultural.

No me molesta que un escritor publique en un gran grupo, sino la falta de reflexión intelectual sobre el asunto, sobre el modo en que el dinero opera sobre las estéticas.

—La izquierda cultural, ¿se vincula con la izquierda  política?

—Es una de las grandes preguntas que vienen desde… ¿La Revolución francesa? ¿La Revolución Rusa? Incluso también desde antes. Ese trayecto histórico ha sido el del desencuentro trágico entre los poderes estatales revolucionarios y el arte en su versión más radical. Tomo eso como un dato clave. Pero nunca como una historia cerrada y concluida.

—Martín Kohan lo llama, en la reciente reedición, un «manifiesto», el género preferido de las vanguardias. Y hay un reclamo a la vanguardia: se habría «cristalizado», banalizado.

—Sí, pero más que un reclamo es nuevamente un dato. Tomar a las vanguardias como algo vivo, actual, es lisa y llanamente una locura. A la inversa, se trata de tomar su fracaso o su extinción como punto de partida para reflexionar en torno a los efectos culturales y económicos que ese fracaso generó.

Escritos de un insomne. Damián Tabarovsky, Editorial Alquimia, Santiago, 2015, 154 pp.

—Señalaba como las mayores amenazas de una «literatura de izquierda» el mercado y el vanguardismo académico…

—Sobre el mercado escribí mucho. Debería tomarme el trabajo de avanzar sobre la idea de “vanguardismo académico”, que no es una tradición menor, al contrario, es cada vez más importante. Se trata de novelas que, tal como se prepara un trago en la barra de un bar, toman un poquito de algunas fórmulas de las vanguardias, un poco de teoría literaria o social, algo de inteligencia bibliográfica, luego mezclan, sacuden… y del otro lado sale un producto confiable, vagamente “culto”, pretendidamente innovador.

 —Los supuestos y prevenciones del libro parecen mantenerse, ya que ha sido recién vuelto a editar, y escapan al ámbito argentino, ya que ha sido publicado en otros países, en cada uno de los cuales, sólo cambian los nombres propios que podrían ejemplificar…

—La primera vez que lo escuché fue en México, donde el libro se publicó por primera vez fuera de la Argentina. Me preguntaba qué podrían haber entendido mis editores de un libro plagado de nombres propios casi desconocidos para ellos. Pero rápidamente me dijeron que lo importante era la posición de las estéticas en el mercado. Y que donde yo mencionaba a un escritor argentino, ellos lo reemplazaban mentalmente por un escritor mexicano que ocupaba la misma posición en el mercado y que defendía la misma estética. Sin pretenderlo y sin saberlo, el libro tocaba un nudo crítico que iba mucho más allá de Buenos Aires y que alcanzaba otras escenas, incluso otras lenguas, porque fue traducido en varios idiomas.

—En El fantasma de la vanguardia, le gustaría que la literatura dialogara con ese «fantasma», pero no es fácil hablar con los espectros.

—Diría que no solo no es fácil, sino imposible. O dicho de otro modo: hablamos con el fantasma, pero en el malentendido. Le hablamos pero no nos contesta, nos habla cuando estamos distraídos. Pero ese malentendido es productivo. Y cuando ese malentendido no sucede, cuando la literatura se imagina como plena en lugar de como vacilante, entonces pierde para mí completo interés.

La tradición literaria argentina, señala, es una extraña: «una constelación sin intersecciones, una comunidad imaginaria» y que, en realidad, no existe.

—Lo que no existe no es la literatura argentina (o la chilena, o la mexicana, o la francesa, etc.) sino la tradición. La tradición como algo dado. Pienso a la tradición como una construcción, como un conflicto de interpretaciones. Propongo a esa tradición argentina —lateral y excéntrica—, que bien podría ser la chilena o la mexicana o la francesa, etc., como un modo de discutir en torno a las tensiones intelectuales (la relación entre estéticas y mercado, la sintaxis como un campo de batalla, etc.) que me son afines.

Fantasma de la vanguardia. Damián Tabarovsky, Editorial Mardulce, Buenos Aires, 2018, 128 pp.

—Menciona varias veces a Héctor Libertella como una figura fundamental. ¿Le parece un autor que ha sido desatendido?

—No lo sé. Alan Pauls, Martín Kohan, entre otros, han escrito sobre él con gran agudeza y admiración. Como escritor yo no aspiraría a más que tener dos o tres grandes lectores, con eso me alcanzaría (teniendo en cuenta que todo indica que es poco probable que me ocurra).

—¿Cree haber ayudado a aliviar este estado de cosas con las propuestas desde el lado editorial, en Interzona y en Mardulce?

—Amplío la respuesta, más allá de las editoriales en las que trabajé y trabajo. Creo que la edición independiente argentina publicó sin dudas la mayor parte de los textos más innovadores, intelectuales, críticos y osados de los últimos 15 años. Pero los poderes del mercado ya tomaron nota del asunto, y han comenzado a cooptar esa carga libidinal (el capitalismo todo lo absorbe, eso ya lo sabemos) y nos obliga a reinventarnos. ¿Seremos capaces?

—Con todo, no valora tanto, parece, la eclosión de las editoriales independientes y le molesta en particular la figura del «Editor Rey»…

—Por supuesto, las editoriales independientes no son necesariamente garantía de nada (de hecho, no me gusta la expresión “independiente”, prefiero llamarlas editoriales pequeñas). Está lleno de editoriales chicas cuyo catálogo no me gusta.

Creo que hay un doble fenómeno, quizás concomitante, o que funcionan en sincronía. De un lado, debido al brutal proceso de concentración editorial —que arranca en los ’90 y que aún no ha concluido: el editorial es uno de los mercados en los que aún pervive un neoliberalismo triunfante— la figura del editor ha sido remplazada por la alianza entre gerentes de marketing, periodistas y agentes literarios.

Del otro, del lado de las editoriales “prestigiosas” (palabra de la que huyo como de la peste), en muchas de ellas —sobre todo europeas— se impone la figura del “gran editor” que supone que el catálogo de su editorial es “su obra”, y que cada libro editado es un capítulo de una gran novela, que vendría a ser el fondo editorial. En este segundo escenario es que reparo críticamente en la figura del “Editor Rey” que, igual que los productores con los músicos y los curadores con las artistas, también se imagina más importante que los escritores. Un sinfín de editoriales llamadas con infinita inmodestia “independientes” —de Argentina a México pasando por España—  creadas en la última década o década y media, reproducen este error.

Yo sigo pensando al editor como un personaje oscuro, un poco fracasado, algo nerd, mucho menos meritorio que un escritor. No sé en qué momento se volvió cool ser editor de una pequeña editorial.

Lo que vuelve política una novela nunca es su tema sino su sintaxis. La pregunta por la frase.

—»Lo que vuelve política a la literatura es la pregunta por la frase», afirma. ¿Cuáles son las cuestiones políticas de la lengua?

—Lo que vuelve política una novela nunca es su tema sino su sintaxis. La pregunta por la frase: qué palabras se usan y qué palabras se descartan. Y cómo a una palabra le sigue otra y cómo forman una frase. Y cómo una frase sigue a otra y hacen sentido. Por lo tanto, la pregunta se vuelve política cuando recae sobre el estado de la frase. En mi opinión, interrogarse sobre el estado de la frase es la gran tarea de la crítica literaria contemporánea.

Una novela no es política porque hable de dictadores, ni social porque hable de narcotraficantes, ni filosófica porque aparezca Heidegger como personaje. Esa sí es la solución sencilla, trivial. Insignificante. Lo que vuelve política a la literatura es la pregunta por la frase. La decisión sobre qué palabras y qué frases es lo que vuelve político a un texto.

Actividades

 

Damián Tabarovsky participará: en el diálogo Al calor de las armas, junto a Horacio Castellanos Moya (viernes 14, 18 horas). En el lanzamiento Mal de época, de María Sonia Cristoff (sábado 15, 18 horas) y en la mesa de conversación Cómo hablar de libros en tiempos de internet (domingo 16, 16 horas).