Presentamos la primera colaboración en Ojo en Tinta de Patricia Espinosa, doctora en Literatura y crítica literaria. En este texto la académica de la Universidad Católica reflexiona sobre el rol de la crítica y de los críticos en los tiempos que corren.

¿Burocratizar la escritura o ser parte de la cadena mercantil?

De catástrofe en catástrofe, bien sabemos de eso. Dos son los momentos paradigmáticos de la catástrofe que aún no dejan de resonar y afectar nuestras vidas. El primero abiertamente violento, terrorista, cruel, la dictadura y su proyecto de instauración del capitalismo en su fase de extremismo neoliberal. Pero el neoliberalismo, que hoy incluye a la derecha y la Nueva Mayoría, no podía seguir siendo aplicado solo por la violencia, debía agregarse un nuevo gesto, la seducción. Y ahí el segundo momento de la catástrofe: la democracia concertacionista que deja intacta la herencia neoliberal, pero que logra seducir a las grandes mayorías, naturalizando el neoliberalismo, convirtiendo en dogmas de fe temas como la “mantención de los equilibrios macroeconómicos”. El intento de la dictadura por limpiar el campo cultural asesinando a los sujetos, se revelará como un gesto torpe y sin destino. La democracia perfeccionará la estrategia de refundación cultural para eliminar los escollos “ideológicos” al modelo neoliberal por medio de tácticas más sutiles, quizás igualmente crueles, pero más eficaces.

Los discursos críticos están en crisis en nuestro país, desde hace mucho. Nada resulta tan aborrecible, específicamente dentro del campo cultural literario, que la crítica literaria.

No puedo hablar de crítica literaria haciendo abstracción del predominio de las lógicas neoliberales y su centralidad en el campo literario y cultural. Recuperar la historicidad, ayuda, por lo pronto, a poder situar a la crítica en el actual escenario. Los discursos críticos están en crisis en nuestro país, desde hace mucho. Nada resulta tan aborrecible, específicamente dentro del campo cultural literario, que la crítica literaria. Me refiero a una crítica literaria que, para comenzar, puedo tipificar como desacato o insumisión al mercado como aparato ideológico. Un mercado que atrapa tanto a la academia como a los medios de comunicación impresos y digitales.

Respecto a lo primero, cabe señalar que las escrituras académicas se encuentran atrapadas en un dispositivo regulador. Se trata nada más ni nada menos que de la sujeción de la figura del académico a la publicación de artículos en revistas científicas o de corriente principal, especialmente las indexadas. Estamos presenciando un proceso de acelerada tecnocratización de la investigación académica, proceso dentro del cual las revistas reciben toda la presión institucional como medio para pertenecer con propiedad a la comunidad científica nacional e internacional. Hemos llegado al extremo de revistas que cobran por página y en dólares al sujeto que pretende publicar.

La institución académica  evalúa  a sus académicos, entre otras cosas, por la cantidad de artículos publicados anualmente en revistas indexadas. Lo anterior contribuye a una amenaza al sujeto académico, el cual ve en juego su carrera y su remuneración si no acata las reglas. Buena parte de la academia escribe solo para revistas científicas, las que privilegian textos derivados de proyectos financiados, eludiendo con ello publicaciones en prensa o revistas no científicas. Es interesante abordar los tipos de textos que los sujetos publican: de revisión, comunicación de nuevas investigaciones, actualización teórico-metodológica, estudio de casos tanto teóricos como analíticos. Esta diversidad de modalidades textuales, tienen en común la verificación de una verdad, –en el ámbito de las humanidades– que no es otra que la eliminación del conflicto, de la polémica e incluso el cuestionamiento teórico. No está demás señalar que se ha eliminado –además– el uso de la primera persona y el estilo ensayístico. Tenemos cientos de textos donde se sistematiza el rizoma, la deconstrucción y la teoría culturalista, escritas bajo una misma modalidad: sin roce, fricción ni intención de establecer un diálogo político con las instituciones generadoras de verdad. En última instancia, nos encontramos ante una comunidad que se autoafirma identitariamente al mismo tiempo que se aleja de lo que constituye uno de los ejes del hacer crítico: la tensión permanente.

La mayor tensión de la crítica literaria en medios masivos en la actualidad es la inclinación constante de la crítica a convertirse en parte de la estrategia publicitaria.

Junto a lo anterior, es conveniente detenerse en el particular momento en que vivimos. Una época orientada a estimular la existencia de expertos que no desborden su especialidad y que se adecuen a los soportes donde exponen sus escrituras. Lo anterior, ha redundado históricamente en el desprecio del sujeto inserto en la Academia por aquellos que publican en sitios extra académicos. Es decir, ninguno de nosotros se atrevería a manifestarse intolerante a una minoría o rechazar el multiculturalismo, sin embargo es la Academia la que destila desprecio hacia toda escritura que devenga de medios de comunicación masivos. La distancia parecería irreductible a menos que los académicos se atrevan a que sus escrituras circulen desprotegidas, por fuera de la Academia. A lo que habría que agregar, que la Academia genere instancias de exposición de discursos críticos que tensionen el orden social y no serializados como resultan ser los de un gran número de los que aparecen en las revistas indexadas.

Respecto a la crítica en medios impresos y digitales, se evidencia una mayor cercanía con la polémica al ejercer un juicio evaluativo de base estructuralista e impresionista. Un aspecto interesante para caracterizar el actual estado de la crítica literaria en medios masivos, es el predominio de valores liberales. En efecto, se aprecia un marcado repliegue o retirada, esperamos que definitiva, de la derecha fascista. La crítica se orienta a cuestionar prioritariamente la calidad estética del texto literario y, en segundo término, el tratamiento de sus temáticas. No existe un texto crítico que hoy en día sea capaz de legitimar pedofilia, homofobia, misoginia o discriminación de género o étnica.  El problema no reside ahí, sino en la elección del libro y en los modos cómo la crítica literaria se tiende a volver en un simple eslabón más en la de la estrategia publicitaria del libro. Y si bien esto vale mayoritariamente para los diseños propagandísticos de la gran editorial transnacional, también lo es para las tácticas de posicionamiento de las editoriales autogestionadas. De este modo, afirmo que la mayor tensión de la crítica literaria en medios masivos en la actualidad es la inclinación constante de la crítica a convertirse en parte de la estrategia publicitaria. La gran pregunta que se debe formular a los críticos literarios el día de hoy es por qué y cómo elige los libros a criticar, cuál es su política de selección y cuáles son sus fundamentos. Al interior de la hegemonía de lo políticamente correcto, son las prácticas y no los discursos los que deben ser sometidos a un análisis más detenido.

Fotografía de la Cámara Chilena del Libro

El sujeto crítico

Plantear que debemos revalorizar al sujeto crítico podría ser leído como un intento por volver a la antigua centralidad del crítico literario. Pero no es la nostalgia por el autoritarismo del crítico lo que me mueve en lo que respecta al restablecimiento del sujeto crítico, sino todo lo contrario, es decir, el sujeto crítico como figura de lo minoritario. Agamben define nuestra sociedad contemporánea: “como una sociedad en que los múltiples dispositivos[1] desubjetivizan a los individuos sin producir una nueva subjetividad, sin subjetivizarlos” (427). El crítico desubjetivizado, funcionaría así,  como un disciplinado militante de una crítica literaria naturalizada por el dispositivo hegemónico. En el crítico desubjetivizado pervive toda la tradición intratextual y formalista que desamarra a lo literario de su contexto, en un gesto que reduce a la crítica literaria a una práctica de asignación o negación de valor agregado a la mercancía libro.

De acuerdo a Zĭzĕk: “los dispositivos ya no generan sujetos […] sino que simplemente administran y regulan la vida desnuda de los individuos” (428). La privatización del pensamiento común, de la razón pública, de la esfera de lo público, pasa fuertemente por la neutralización de las subjetividades. Sostengo así, la urgencia de reivindicar la crítica desde el minoritario territorio de mi subjetividad como un acto de resistencia cultural.

La ilusión democrática dice Zĭzĕk[2] (459), siguiendo a Baidou, es hoy uno de nuestros mayores enemigos. Una de las formas de desfetichizar la democracia es poniéndola a prueba. La crisis que vive la crítica literaria y nuestra literatura es solo parte de la catástrofe cultural que implica la mercantilización de la realidad en su conjunto.

La crisis que vive la crítica literaria y nuestra literatura es solo parte de la catástrofe cultural que implica la mercantilización de la realidad en su conjunto.

La subjetivización del crítico es asumir la politicidad de su actividad, porque la crítica literaria es una actividad política en rebeldía con los dispositivos canonizantes que impone el mercado, el aparato estatal, editorial, el mundo académico, los medios y las élites intelectuales. De ahí que, sea importante pensar también la crítica literaria al interior de la fundamental y tan moderna crítica de las instituciones. Abandonar la crítica de las instituciones pensando que estarían superadas por una multiplicidad de prácticas que, supuestamente, establecerían territorios liberados de su influencia, es uno de los grandes espejismos creados por el pensamiento posmoderno. No estoy negando con esto la importancia de las prácticas liberadoras fuera de las instituciones, pero en nuestra realidad nacional el rebasamiento de las instituciones no se ha producido, por lo que abandonar la crítica a las instituciones solo reproduce el gesto neoliberal que busca la clausura de lo público.

Así, en medio de la catástrofe, generar textos híbridos, desde la literatura hacia la cultura, la sociedad y el estado.  Situar nuestras lecturas y reinstalar la ética, la autonomía y la independencia del  trabajo cultural en lo que podemos denominar uso público de la razón. La desaparición del uso público de la razón solo deja lugar a los poderes fácticos y su lenguaje tecnocratizado. El obediente y obsecuente crítico instalará un discurso afirmatorio doblemente direccionado: hacia sí y hacia la obra. Ambas direccionalidades generadas por el crítico experto, validan ya sea la obra, ya sea al propio sujeto crítico y aseguran –por ende–  el orden de las cosas.

Si la crítica literaria renuncia a la crítica del orden de las cosas, se habrá logrado, definitivamente, hacer callar a la propia literatura, que no es más ni menos que crítica al orden de las cosas.

* Este texto fue leído en la  mesa: “Crítica de la crítica literaria de cuatro décadas” en el marco del Coloquio “Después del desastre: Cuatro décadas de narrativa chilena (1973-2013)”. Facultad de Filosofía, Universidad de Chile, 17 de octubre, 2013.

[1] He considerado el texto de Agamben: “¿Qué es un dispositivo?” (Conferencia dictada en la UNLP el 12-10-2005) aparecido en Sociológica, Año 26, Nº 73, Mayo-Agosto 2011, p. 249-264.
[2] Todas las citas a Zĭzĕk, corresponden a su libro: Viviendo en el final de los tiempos. Madrid: AKAL, 2012. 492 páginas.