El escritor, cineasta y dramaturgo argentino fue uno de los invitados de la Furia del Libro 2018, en el marco de la presentación de su película Carta a un padre y, por qué no, de la reciente edición de su último libro, Huérfanos (Lecturas Ediciones, 2017). Conversamos con él de sus procesos creativos, obsesiones y fantasmagorías que componen una obra tan prolífica como variada.

En Huérfanos hay tránsitos, viajes de retorno o sin retorno, en búsqueda de orígenes perdidos u ocultos. “No es fácil abolir el pasado”, dice un personaje. ¿Cómo la apelación constante al pasado construye la vivencia de un presente incierto?
Cada uno tiene una relación propia con su pasado. Hay gente que vive prisionera de él, gente que lo ha digerido, o gente a la que simplemente no le importa. Pero son cosas que no las veo en abstracto, en términos generales; veo simplemente la experiencia de un personaje. Cada personaje tiene su vida y la vive como puede; y su presente está o no condicionado por ese pasado.

Hay una apelación a territorios inhóspitos, donde los protagonistas, en calidad de forasteros, se sitúan desde la extrañeza o la distancia. Incluso, las grandes urbes como Buenos Aires se describen como espacios grises, crueles, donde abunda la vileza o la perversidad. Cito, por ejemplo, un fragmento del cuento “La huida”: “En el aire flotaban papeles, diarios del día anterior, secuestros, sobornos, promesas electorales, niños violados por los padres, mujeres quemadas vivas por sus amantes: desechos caídos del camión recolector o escapados a los tachos de basura. Buenos Aires dormía indiferente a la descomposición, gradual, tenaz, que lamía las innumerables fisuras de su trama, insinuándose, incorporándose sordamente en un organismo corrompido”. En este sentido, ¿cómo logras esa descripción de atmósferas? ¿Cómo se da la relación entre los personajes y los lugares que habitan o deshabitan?
Lo que has citado es la percepción de un personaje en particular. Hay momentos en que uno está más sensible a lo negativo, al horror de algunos aspectos de la vida ciudadana. En cambio, hay momentos en los que uno atraviesa todo eso sin que te preocupes demasiado. Es cierto que si te pones en la perspectiva de un personaje que no está bien, todo lo que percibe de lo que le rodea es negativo. Las cosas que citaste ahí que están en ese cuento son cosas que están en cualquier periódico del día. Y a veces logras no leerlo, no enterarte pero postergarlo, porque siempre hay un fragmento o algún átomo de felicidad. En todo caso, hablo en particular. Yo no tengo el mando de las situaciones que ocurren en mis historias; yo escribo, avanzo en la oscuridad. Tengo una idea, una situación, una réplica, alguien que huye, el porqué, etc. Las palabras me llevan de un lado para otro. Hablo de un paisaje, un paisaje que me lleva al pasado, que es lo que ve un personaje en la ventanilla de un autobús; y ese paisaje, desolado y nocturno, me lleva a qué hubo ahí en otra época. Yo no soy un escritor con un plan. Todo lo que escribo se va generando a sí mismo a medida que empiezo. La página en blanco no me asusta. Puedo escribir cualquier cosa, después puedo desechar completamente lo que escribí. Como soy yo, es inevitable que haya cosas que se repiten, que se reiteran, que son propias de uno, de mi manera de ver y de sentir. Hay momentos en que estoy más sensible al horror del día a día en la ciudad. Hay otros, por el contrario, en que la ciudad se me aparece como un lugar de encuentros felices. Y lo mismo ocurre con la naturaleza.

Hay mucha referencia a bares, a la vida bohemia y nocturna…
Ese es mi mundo. Ahora no tanto, pero hasta hace unos años fui muy noctámbulo. Y tenía conversaciones con la gente que servía en los bares. Me gustaba ver también a los que asistían, a los parroquianos, qué historias se inventaban. Porque había gente que estaba sola varias noches seguidas y se inventaban una historia.

—Eso contrasta hoy en día, con la vida moderna, tan mecanizada, neoliberal
Yo creo que esa posibilidad existe siempre, la posibilidad de la conexión con un otro. Tantas veces el contacto franco y más sincero se da con un desconocido, en la sala de espera de un aeropuerto, por ejemplo. Y eso ocurre porque con un desconocido no se tienen las barreras del pudor, cosa que sí ocurre con alguien que conoces. Son esos momentos los que me interesan, que trato de recoger para la ficción.

Da la impresión que los personajes se ven superados, sin poder reaccionar de un modo lógico, ateridos por la hostilidad y los enigmas, sumergidos en esos lugares hostiles y desconocidos. Producto de esto, se transfiguran, nunca son lo que fueron en un principio. ¿Hay una reflexión sobre los límites de la razón, sobre la condición humana y su orfandad?
Me gusta que haya una evolución, porque si no al personaje trazado no le pasa nada. A los personajes les tiene que pasar algo, y eso que les pasa tiene que afectarlos de alguna manera.

Edgardo, no todo lo que ocurre se describe explícitamente. Hay en tus textos, al menos en Huérfanos, inferencias e interpretaciones.
Lo no dicho es otra cosa que me interesa. Yo desearía que lo que escribo sea leído como la punta de un iceberg, que uno no sepa exactamente lo que pasa. Todos tenemos reacciones que no entendemos. Entonces, es trabajar un poco con eso. Tratar de escarbar sin declarar todo, dejar que el lector invente con la cantidad de cosas que yo puedo sugerir. No darle todas las claves del personaje. Si no hay secreto, no hay interés.

En el primer cuento de Huérfanos, un profesor condiscípulo del padre del protagonista le asegura, en un bar, que “todos heredamos una historia. Y nos toca vivir con ella, no hay modo de exorcizarla”. En el segundo cuento, titulado “La huida”, el personaje reflexiona sobre “los difuntos que no abandonan, que esperan impacientes a los que aún están vivos y demoran en llegar a hacerles compañía”. En tu caso como escritor, ¿cómo opera tu propia historia, tu biografía, tus propios muertos, entrelazándose con la ficción?
Todos los muertos están siempre alrededor de nosotros. Cuando se es joven, seguramente menos, porque se vive con la vida puesta en el futuro.  Pero a medida que pasan los años y la gente que alguna vez conociste se transforma en gente que ya no está…esa misma gente comienza a dar vueltas, ronda alrededor de uno, a veces de una manera muy positiva, y otras, por el contrario, a veces muy negativa, del tipo “qué mal me porté con tal persona” y no se dio la posibilidad de reparar. Llega un momento en que te das cuenta que has tenido más amigos que ya no están de los que todavía están.

En el cuento “El reencuentro”, el padre del protagonista fallece cuando este tiene apenas 8 años. En el segundo cuento “La huida”, el personaje sale en busca de un padre “al que no le interesaba cargar con un hijo”. En el último cuento, “La despedida”, el personaje tiene a su padre vivo, pero no sabe casi nada de él. ¿Qué rol desempeña la figura paterna en tus relatos?
Eso lo ves mejor de afuera. Evidentemente hay temas que vuelven porque ves la posibilidad de trabajar con ellos. Surgen de manera directa.

Hay cierto guiño en tu obra (en especial en Huérfanos) a la novela del siglo XIX, aquella donde lo racional, asociado a la civilización, muchas veces se encuentra con lo mágico, lo primitivo, lo barbárico, más incluso considerando que en tus textos aparecen secretos, engaños, entierros misteriosos, profanos, alejados de tradiciones occidentales. ¿De dónde viene esta influencia? ¿Hay un ejercicio de abordar misterios trascendentales asociados a territorios de origen?  ¿De cierta forma volver al mito?
Me interesa el momento en que la tranquilidad que te puede dar la racionalidad o el hecho de haber creído que dominas la realidad de acuerdo con los instrumentos que te da la lógica, que te ha dado la educación, etcétera, chocan con lo irracional, con lo todavía irracional que está dentro de nosotros. Sí, en el primer cuento hay una zona que es muy privilegiada para aquello, nordeste de Argentina, casi en el límite con Paraguay, con Brasil, donde hay creencias que yo no llamaría primitivas pero que han sido abolidas o postergadas por la racionalidad cientificista del siglo XIX y que persisten en el pueblo profundamente. Y de ahí el personaje, que es un hombre de ciencias, por lo tanto que ha sido educado para creer que solo la mente puede comprender el universo y sus leyes, se encuentra confrontado con una historia familiar que proviene de otro mundo y que lo ha marcado desde la infancia.

Significa, un poco, romper con las certezas, en un mundo globalizado, hiperconectado, donde sobreabunda la información por internet
Hay que tratar de sacarse de encima todo ese exceso de información que no te deja pensar. Muchas veces, lo que se nos informa  nos impide conocer cosas más profundas, relevantes.

Tu lenguaje es lacónico, seco, casi científico. Casi como si se tratara de un informe objetivo que describe personajes y acciones. Sin embargo, esto varía cuando hablas de lugares, por ejemplo de El Soberbio, de la Pampa, del puerto de San Antonio Oeste, de Valparaíso. Allí el lenguaje se despliega ampuloso, evocador, metafórico. ¿Por qué ocurre esto? ¿Hay una búsqueda por fijar una distancia, un abismo entre los personajes “perdidos”, en “caminos inciertos hacia identidades distintas” y estos parajes enigmáticos, distantes?
Está en mi naturaleza. Los personajes no se explican demasiado. Al contrario, hacen intercambios que son bien “secos”. En cambio, los lugares a mí me sugieren mucho. Por ejemplo, en el segundo cuento, en un momento hablo de los terrenos de la Pampa hacia la Patagonia, donde el personaje ve brillos que son las cabezas de flecha que han quedado enterradas o la luz mala que viene de las osamentas. Son cosas que el paisaje me va entregando muy fuertes. Son presencias del pasado, casi fantasmales, que están enterradas en la tierra o en el recuerdo.

 

Edgardo Cozarinsky y Francisco Marín Naritelli en el Café Público del Centro Cultural Gabriela Mistral. Sábado 15 de diciembre de 2018.