1La mañana del 15 de abril de 2000, Edward Gorey permanecía sentado en su sofá de cuero negro dividiendo la mirada entre un periódico y sus gatos, su única compañía. Le habían recomendado reposo absoluto luego de que, tres días antes, sufriera un inoportuno ataque al corazón. De pronto sonó el timbre. Gorey se levantó con dificultad y caminó hasta la puerta, sus gatos lo escoltaban, lo seguían a todas partes, como cuidándolo. Al abrir la puerta, Edward encontró a su vecino quien acababa de reparar un problema eléctrico y le reclamaba su tarifa: 20 dólares. Ante la petición del electricista, Gorey lo miró a los ojos y comenzó a sudar, perdió el color del rostro y luego comenzó a temblar hasta caer repentinamente al piso. Su vecino, al tanto de la fama de excéntrico de Gorey, esbozó una sonrisa y hasta llegó a pensar en bajar sus honorarios. También pensó que estaba bromeando y se limitó a observar con perplejidad la supuesta representación hasta el final.

Edward Gorey fue uno de los autores e ilustradores norteamericanos más originales e interesantes de la segunda mitad del siglo XX. Paradigma de lo macabro y lo bizarro, fue autor de casi un centenar de libros e ilustrador de otros sesenta. Una producción más que destacable considerando la falta de accesibilidad editorial, sobre todo en sus inicios. Las peculiaridades características de sus primeras obras, decididamente under (libros diminutos completamente diseñados a mano desde la primera a la última página y de escaso tiraje, las que en ocasiones no alcanzaban los 200 ejemplares), una labor de orfebrería tanto editorial como gráfica y lingüística que revelan todos  sus trabajos, más su extravagante biografía, tan interesante como la de cualquiera de sus personajes, son algunos de los elementos que han acabado por convertir a Gorey en todo un fenómeno de culto, seguido y venerado por una fiel minoría que se agranda a pasos agigantados.

Edward St. John Gorey (Ted para los amigos), nació en Chicago el 25 de febrero de 1925. Su padre, que trabajaba como periodista para uno de los diarios de la  ciudad, se divorció de su madre cuando Edward tenía once años y volvió a contraer nupcias con ella cuando el retoño cumplió los 27. Entretanto, el padre estuvo casado con otra mujer, Corinna Mura, una cabaretera que si pasa a la historia por algo no será por haber sido la madrastra de Gorey, sino por interpretar a la cantante del Rick´s Café que entona apasionadamente La Marsellesa en la película Casablanca.

Gorey decía haber aprendido a leer a los 3 años de edad, y a los 5 ya había leído dos libros decisivos para su formación: Drácula y Alicia en el país de las maravillas. A los 7 se sumergió en Frankenstein, a pesar de que, según declaró al Washington Post en 1978, hubo párrafos que lo aburrieron mortalmente (“no se me había ocurrido que pudiera saltarme nada”), y a los 8 había terminado las obras completas de Víctor Hugo. Pronto se convirtió también en un apasionado de Agatha Christie, sobre cuyas obras podía disertar interminablemente.

2 Su única educación artística formal la recibió en 1942, al ingresar en un curso de un semestre en el Art Institute de Chicago, hasta que en 1943 fue llamado a las filas del ejército. Pasó los tres años siguientes como militar–Bartleby; destinado como oficinista en el campo de pruebas de Dugway, Utha, célebre en Estados Unidos por sus numerosas pruebas con morteros y gases tóxicos, y, una vez licenciado, se matriculó en Harvard para estudiar filología francesa. Cuando se graduó en 1950, aún no tenía claro qué hacer con su futuro: “Quería tener una librería, hasta que trabajé en una. Después pensé hacerme bibliotecario, hasta que conocí a unos cuantos que estaban locos”, declaró al periódico Boston Globe en 1988. Mientras vivió en Boston (1950 – 53), Gorey se dedicó a escribir versos, los que  acabarían incorporándose a su segundo libro, The listing Attic (El desván listado).

En 1953, con las carpetas de dibujo bajo el brazo, Gorey se trasladó a Nueva York y fue contratado como director artístico de la línea de libros de tapa blanda de la editorial Doubleday, en la que permaneció siete años diseñando portadas muy llamativas gracias a sus ilustraciones y sus rótulos caligrafiados. Fue en esa época cuando Gorey comenzó a trabajar por las noches en sus propios libros, aunque la reacción de los editores  estaba lejos de ser positiva. Cuando presentó en las oficinas de Simon & Schuster el original de The Loathsome Couple, la historia de dos amantes insatisfechos que únicamente obtienen placer asesinando niños (relato basado en el caso real de una pareja británica  de asesinos que fue capturada al dejar caer varias fotos con muestras de “su trabajo” en un autobús), el editor lo rechazó horrorizado diciendo que aquello no tenía nada de gracioso. Varias décadas más tarde, en una entrevista para el sitio Internetsalon.com, Gorey comentaría: “Bueno… no se suponía que tenía que ser divertido; que reacción tan peculiar”.

Esta falta de interés por su trabajo animó a  Gorey a fundar su propia editorial, Fantod Press, cuyos tirajes mínimos le permitían encargarse a él mismo de la distribución, vendiendo los libros directamente a las librerías. Su primera y curiosa novela ilustrada, The Unstrung Harp (El arpa sin encordar) apareció ese mismo año, seguida de obras como el ya mencionado The Listing Attic, The Dubtfoul guest (El invitado incierto de 1957, especie de inspiración para lo que sería, décadas más tarde, la serie Alf) o The Object Lesson (El ejemplo práctico de 1958).

3Gorey  abandonó  Doubleday en 1959 para dedicar los siguientes tres años a trabajar como editor y director artístico de la colección Looking Glass (en la que publicaría su primer libro a color: The Búho book, “El libro de los bichos”, en 1960), perteneciente al imperio Random House. Tras una corta estancia en Bobbs–Merril en 1963, y viendo que cada vez le llegaban más encargos, Gorey empezó a ganarse la vida únicamente como ilustrador free lance. Sus propias creaciones, sin embargo, no alcanzaron al gran público hasta que en 1972 la editorial Putman publicó la antología Amphigorey  (el título viene de la palabra amphigory, o amphigouri, que hace alusión a un verso o composición carente de sentido, la que modifica el final agregándole su apellido), cuyo éxito permitió la aparición posterior de otras dos excelentes recopilaciones: Amphigorey too (1974) y Amphigorey  also (1983). La popularidad de Gorey también recibió un nuevo empujón gracias a sus innovadores diseños de vestuario y a su escenografía para la versión teatral de Drácula en Broadway.

Desde que abandonó Harvard en 1950 y hasta el día de su muerte, Gorey vivió completamente solo y nunca se le conocieron relaciones amorosas; esto, unido a su extravagante apariencia (le gustaba pasear por Manhattan ataviado de pieles y con un sombrero de mapache en la cabeza, sus  manos con grandes anillos y sus lóbulos con aros de pirata), llevó a no pocos ridículos reporteros a preguntarse si sería homosexual. En una entrevista aparecida en la revista New Yorker en 1992, Gorey comentó lacónicamente que, sencillamente, no tenía interés en este tipo de temas, y se declaró “razonablemente asexuado”.

Amante incondicional del ballet, mantuvo simultáneamente un departamento en la gran manzana y una casa en Cape Cod, a la que se retiraba cada vez que se terminaba la temporada de ballet, acompañado de sus cinco gatos: Agrippina, Fujuisubo, Kanzuke, Kokiden y Murazake (la mayoría de ellos nombrados en honor de los personajes de Historia de Genji, de Murasaki Shikibu, uno de sus libros favoritos). Cuando el coreógrafo George Balanchine murió en 1983, la ciudad perdió su encanto y decidió abandonar Nueva York definitivamente; entonces se instaló en una casa del siglo XIX en Yarmouth Port, la que pronto amenazó con derrumbarse debido al peso de sus miles de discos de vinilo, libros, y los numerosos objetos que componían sus distintas colecciones, pues Gorey era un coleccionista compulsivo: dominado por ese mismo horror vacui que lo llevaba a cargar de detalles sus viñetas, atiborró su casa de calaveras, cruces celtas, osos de peluche, versiones del Mesías de Handel (su obra musical favorita), y láminas de sus artistas preferidos.

Cualquiera que hubiera visto su destartalada mansión, maltratada por los desmanes de sus cada vez más numerosos gatos, y su jardín cubierto por la maleza, la que crecía incluso dentro de la casa, habría podido pensar que se trataba de una casa embrujada. El mismo autor declaró en varias oportunidades que también él tenía sus sospechas, y relató anécdotas como la misteriosa desaparición de su colección de osos de peluche o la vez en que varios de sus gatos giraron simultáneamente la cabeza en una misma dirección, como si alguien acabara de entrar en la habitación. Sumemos a todo esto los motivos principalmente macabros de la mayor parte de su obra, así como su estilo literario caracterizado por la vaguedad y la sugerencia, su modo grandilocuente y deliberadamente arcaico (habitualmente trufado de galicismos) y su actitud no arisca pero si huidiza (disfrutaba de la soledad y no acudía casi nunca a abrir la puerta, a no ser que el visitante diera unos golpecitos con los nudillos en alguna ventana), y entenderemos el porqué de su fama de escritor huraño y extravagante. Sin embargo, según sus más cercanos, este retrato no hace justicia al Gorey real, un hombre que, efectivamente, vivía tranquilo sin tener demasiado contacto con la gente, pero que por otra parte participaba de un modo más o menos activo en la vida de su comunidad, comía frecuentemente en los restoranes del barrio y todos los años producía versiones teatrales de sus obras en Cape–Cod, mezclando actores reales con marionetas que él mismo confeccionaba. Según Andreas Brown, amigo de Gorey y dueño de la librería Gotham Book Mart, de Manhattan (una de las primeras en comercializar sus libros y actualmente el lugar predilecto de los goreyófilos, debido a la gran cantidad de merchandising del autor: posters, tazas, camisetas, exposiciones…) afirmaba: “existía esta falsa idea de que era un hombre melancólico y ensimismado. Pero no era un recluso. Era jovial y efervescente, y le encantaba reír”.

4Por otra parte, Gorey  incumplía a diario otra las reglas del decálogo del anacoreta, pues permanecía en permanente contacto con el mundo exterior a través de los medios de comunicación, ya que tenía una autentica necesidad física de absorber información continuamente. Además de lector voraz, era también cinéfilo empedernido y aficionado a todo tipo de productos televisivos. No hacia distinción entre tipos de cultura y discutía con la misma pasión los capítulos de Los Simpson o las aventuras de La pequeña Lulú como las teorías de Wittgenstein o las obras de Emerson, a la vez que grababa todos los episodios de Buffy la cazavampiros, serie de la que era ferviente seguidor, mientras confeccionaba pequeñas ranas de peluche que cosía sin retirar la vista de la tele. En las entrevistas que concedía, Gorey estaba mucho más dispuesto a hablar de las películas que le gustaban que de sus propios libros, sino que además podía empezar comentando la etapa británica de Hitchcock para terminar con la nueva película de Jackie Chan.

A pesar de esta pasión por muchos aspectos de la cultura contemporánea, resultará evidente que los referentes directos de Gorey surgen del siglo XIX británico, del que provienen varios de sus escritores favoritos, como Dickens o Jane Austen, de la que llegó a decir que, si su estilo de dibujo lo había adquirido admirando a ilustradores como Doré, su sensibilidad surgía directamente de los libros de la autora de Orgullo y prejuicio. También se declaraba “irracionalmente interesado en el Surrealismo y el Dadá”, algo que no sorprende teniendo en cuenta la cualidad imaginativa de su escritura y su tendencia hacia el nonsense y el absurdo (perfecto ejemplo de esto es el cuento La lección práctica, toda una muestra de escritura automática y onírica). De hecho, si hay algo que define a Gorey más que cualquier otra cosa (más incluso que su condición de inclasificable, que tantos quebraderos de cabeza ha dado durante años a los libreros: ¿Qué es esto? ¿Libros infantiles? ¿Libros de arte? ¿Literatura gótica, contemporánea… cómics?) Es su particular uso del lenguaje, su amor por los arcaísmos, su manera de jugar con los vocablos, con sus significados, con las imágenes que puedan conjugar, así como el modo completamente personal de redactar buscando el matiz humorístico, no el sentido de las palabras sino en las palabras mismas (efecto generalmente reforzado mediante una precisa e inteligentísima combinación de éstas) aun a riesgo de diluir la inteligibilidad del texto, algo que en ocasiones incluso era premeditado. Sobre este punto, Gorey comentó en una entrevista en The New Yorker en 1992: “Escribo de modo que, dado que dejo de lado la mayoría de las conexiones, y muy pocas cosas están claramente explicadas, pueda sentir que estoy haciendo un daño mínimo a las posibilidades que pudieran surgir en la mente del lector”. Quizá por esto Gorey odiaba a escritores como Henry James, a quien consideraba “el peor escritor en lengua inglesa”, debido precisamente a su prolijidad: “Son tan completamente exhaustivos sobre todo lo que escriben que terminas pensando: Bueno, ya me has pegado en la silla, eso es todo; ya no queda nada sobre lo que pensar, nada que cuestionar”. Esta reacción en contra de todo tipo de encorsetamiento se fue intensificando con el tiempo, haciendo de Gorey un artista progresivamente más libre incluso de las ataduras que él mismo se había impuesto en un principio: “A medida que han ido pasando los años, he descubierto que prefiero no sufrir cuando estoy trabajando. Alguien me dijo en una ocasión que no importa si estás conquistando un imperio o jugando al dominó; sólo es otra manera de pasar el tiempo. Ahora creo que las primeras ideas son igual de buenas que aquellas que han sido revisadas interminablemente. Por supuesto, la mayoría de mis dibujos es considerablemente más meticuloso”.

5Aunque Gorey siga siendo en la actualidad un autor más o menos de culto, el interés por sus obras ha ido creciendo considerablemente hasta convertirse en un pequeño fenómeno. Grandes transnacionales de la edición publican versiones facsimilares de sus primeros libros. Y no deja de ser curioso que un autor que nunca se valoró mucho a sí mismo como dibujante y escritor, y que en 1994 declaró a un periodista: “Tomarse mi trabajo en serio sería el colmo del desatino”, haya acabado por influir decisivamente en artistas como Tim Burton, cuyo imaginario visual sería difícil de concebir sin tan ilustre precedente.

Esa mañana del 15 de abril de 2000, luego de unos segundos, el rostro del electricista de Gorey abandonó la mueca de risa, pues pronto comprendió que no se trataba de una broma, de una curiosa respuesta al cobro por su trabajo, sino que de un ataque fulminante al corazón del singular artista (entonces de 75 años edad), como un borrón negro y agresivo, el que acabó con su vida. Sin lugar a dudas, un final tragicómico digno de sus mejores cuentos.