El autor en busca de una historia. Historia que será, probablemente, un libro significativo, incomparable. La obsesión por la ópera prima o la obra cúlmine. O cualquier obra. Así como Truman Capote en A sangre fría. Una historia recortada de la realidad. Un hecho, a toda vista, escabroso. Una artista holandesa, asesinada, descuartizada y posteriormente devorada por un joven estudiante japonés, en 1981. Ella: Renée Hartevelt. Él: Issei Sagawa. Esta es la historia de La carta de Sagawa de Jūrō Kara (1940). A esta altura, un clásico de la narrativa contemporánea japonesa.

 

El libro, galardonado en 1983 con el premio Akutagawa, sigue una estructura algo sinuosa. Por un lado, el cruce epistolar entre Sagawa, ahora preso en la cárcel de la Santé (declarado demente, liberado y convertido finalmente en una celebridad en su país) y el propio autor-narrador; y los pasos que sigue este último en París, buscando desentrañar aquel acto de canibalismo entre malas traducciones de un poema expresionista alemán y trabas burocráticas. A pesar de que Kara no es ningún Hércules Poirot y fracasa en la reconstrucción exacta y científica del crimen (aun cuando tampoco es el sentido de su búsqueda), encuentra, por el contrario, una tentativa para abordar un tema todavía tabú, el canibalismo. Esto pareciera ser la mayor fortaleza del libro: hablarnos más allá del horror y de la crónica roja.

 

“Esta carne no estaba destinada a alimentar el cuerpo. Solo era la víctima ofrecida de una ceremonia concebida en la cabeza de Sagawa. Aunque hubiera dejado una huella ardiente en su memoria, no hay motivo para que se haya convertido en sangre y carne vivificantes” (p. 108-109).

 

¿Qué ocurre en la mente de Sagawa? ¿Por qué Renée? ¿Qué tiene ella? ¿Qué tiene su piel blanca, occidental? Son preguntas acerca de los límites de lo que consideramos un comportamiento moral. Preguntas que quizás tienen respuestas inconmensurables, inasibles. Qué mejor, en cambio, que la literatura las aborde, las circunde, las ponga en tensión. La cultura nos interroga desde lo más hondo del papel, tras los pasos de Kara. La escritura es, en este sentido, un ejercicio de desenterramiento.

 

Ahora bien, debo reconocer que llegué a este libro a través de otro libro, El sabor de un hombre de Slavenka Drakulić (que refiere al propio caso de Sagawa y su acto caníbal). La historia es la siguiente: Tereza, una escritora polaca, asesina a José, un antropólogo brasileño. Para ella José es más que un hombre. Le pertenece. Si la propiedad tiene un nombre se llama José. Asesinarlo, descuartizarlo y comerlo (literalmente) es, al fin y al cabo, la prueba final de una unión. Inevitable para volverse uno. La eternidad.

 

O también, como llama Sagawa, “la adoración”.

 

Me impresionó el argumento del libro de Drakulić (aunque a diferencia de La carta de Sagawa, la historia es completamente ficción), porque aborda materialmente una doble transformación semántica, en un plano ritual, religioso: el asesinato (y descuartizamiento) y la carne. El asesinato no sería asesinato en sentido estricto (punitivo), sino el medio a través del cual se concreta el sacrificio. La carne, en cambio, sería la ofrenda, el objeto-placer de aquella “hambre infinita”.

 

Bien podría aludirse a aquella transformación en el libro de Kara. En este sentido, hay un símbolo del todo reconocible en la historia: frente a la puerta del departamento de Renée, en el edificio del número 59 de la rue Bonaparte, junto a otra estatua que representa a la loba, protectora de Roma; una estatua de la diosa Isis, “con su rostro trágico, de ojos negros”, que lleva un pez en la mano. Este pez, según cuenta la mitología egipcia, es el oxirrinco, el que devoró el miembro viril del dios Osiris, asesinado y descuartizado por su hermano Seth.

 

¿Acaso no es Sagawa asimismo un devorador de hombres, aquel pez mitológico?

 

“Un día, en el momento en que se abra el baile, me convertiré en pez. No sé de lo que seré capaz de hacer entonces a Renée, a la que amo demasiado (…) Yo, que soy un pez, me sentiré provocado por su nuca blanca, sus cabellos rubios tan ligeros, sus brazos largos flexibles” (pág. 93).
Esta es la búsqueda de Sagawa, entrecruzada con la propia búsqueda del autor. Kara: la superación irremediable del límite, el abismo salvado que separa al hombre del pez y que trastoca las fronteras de lo humano, lo animal y lo divino.