“¿Sabes por qué esa niña pelirroja nunca se fija en mí?”, se lamenta el atormentado Charlie Brown encerrado en una viñeta, “¡Porque no soy nada! ¡Cuando mira hacia aquí no hay nada que ver! ¿Cómo va a ver a alguien que no es nada?”. La escena es emblemática de lo que fue la vida de Charles M. Schulz (1922-2000), creador de Snoopy, Charlie Brown y los Peanuts. Así lo plantea David Michaelis en su biografía Schulz, Carlitos y Snoopy (Pop Ediciones), publicada en España en 2010, coincidiendo con el décimo aniversario de la muerte del dibujante a causa de un cáncer de colon.

 

Michaelis se tardó varios años hablando con familiares, amigos y conocidos de todas las etapas de la vida del dibujante y tuvo acceso al archivo del autor para entregar un volumen en el que lo más novedoso está en su intertextualidad: la idea es que el lector acompañe el recorrido vital y profesional de Schulz con numerosas viñetas en las que volcó sus frustraciones, miedos, desgracias y algunas (pocas) alegrías. En el juego de verse como su propia criatura, Schulz dejó bien claro que “Charlie Brown tiene que ser el que sufra, porque es una caricatura de una persona normal. La mayoría de nosotros estamos mucho más familiarizados con el fracaso que con el éxito”.

 

Según Michaelis, “una persona más sociable y equilibrada no podría haber creado al sufridor pero indómito Charlie Brown; a la malhumorada y a menudo venenosa Lucy; al filosófico Linus; a la masculina Peppermint Patty; al empecinado Schroeder; y al divertido y ensimismado Snoopy”. Schulz completa a su biógrafo: “Una persona normal no podría haberlo hecho”. Paradójicamente, y a pesar de la profunda melancolía, incluso dolor, que desprenden muchas de sus historias – en las que habló, entre otras cosas, de su infancia, la muerte de su madre o su propio divorcio –, Schulz llegó a ser dueño de un imperio sólo comparable al de Walt Disney en cuanto a merchandising y de impacto en la cultura popular.

 

 

Una infancia rara

 

Cuando se estrenó Ciudadano Kane, de Orson Welles, en 1946, la película le fascinó de inmediato a Sparky, como lo llamaban de niño, y que era el nombre de un caballo que aparecía en una famosa historieta de la época, “Barney Google”.
Hijo de un barbero alemán que compraba seis diarios distintos los fines de semana y leía con su hijo todas las historietas de la época, y de una dueña de casa de antecedentes noruegos, la infancia de Sparky fue la de un “niño modelo” (Carl, su padre, lo definió como “muy educado y muy ordenado”). Nació el 26 de noviembre de 1922 en St. Paul, Minnesota. Dibujaba desde los 6 años, se consideraba invisible ante los demás niños y nunca le faltó nada, salvo atención por parte de sus padres: es el retrato que se configura en sus declaraciones, pero también en sus dibujos e historias; Schulz delinea a una familia más bien fría, poco dada a expresar sentimientos e incluso al contacto físico. La mayoría de los textos de las historias de Charlie Brown se refieren a los traumas de sus primeros años: su delgadez, sus espinillas, su falta de popularidad en la escuela y el rechazo de las niñas. El propio Schulz hablaba de su juventud con un tono cercano a la rabia: “Me costó mucho tiempo convertirme en un ser humano”, le dijo a la revista NEMO en una entrevista de 1987. O cuando declaró que no le importó estudiar arte porque lo habría desalentado estar con gente que dibujaba mejor que él.

 

Durante años, cuando un periodista le preguntaba por su vida, él nunca empezaba por su nacimiento, sino por la muerte de su madre, el 1 de marzo de 1943, a causa de un severo cáncer, un día antes de que Sparky se fuera al servicio militar. Ese día presenció una escena que, según recordaría en múltiples ocasiones, no superaría en toda su vida: entró al dormitorio y le anunció a su madre que ya debía irse. “Sí – le dijo ella–, supongo que deberíamos despedirnos”. Lo miró y agregó: “Bueno. Adiós, Sparky. Probablemente nunca volveremos a vernos”. Y así fue.

 

Así, debió sobrellevar la muerte de su madre en el ejército, el lugar donde aquel niño “limpio y organizado”, a golpes, se hizo mayor, aunque observaba espantado un lenguaje plagado de blasfemias y de “las peores vulgaridades imaginables” que espetaban los soldados. Además de unas condiciones lamentables para comer y dormir y una imagen de las mujeres como un “peligroso receptáculo de la lujuria” y de enfermedades venéreas.

 

Así y todo, aquel “regalón de su mamá” ganó 12 kilos y se endureció: pasó de cabo a sargento al mando de la unidad de metralletas del Primer Pelotón debido a su buena puntería. Llegó a viajar con el ejército a Europa en 1945, donde la muerte de Hitler lo pilló de camino a Munich. Fruto de una suerte de histeria colectiva, incluso llegó a disparar por accidente contra un compañero. Cuando le preguntaron por el impacto de conocer el campo de exterminio de Dachau, donde cuatro demacrados supervivientes se lanzaron a abrazar los tanques norteamericanos, Schulz respondió: “No vi gran cosa”.

 

Tras su regreso del ejército, el frío recibimiento por parte de su padre -que ni siquiera le dio un abrazo-, así como el episodio del disparo, Schulz lo plasmó en viñetas protagonizadas por Charlie y Linus. Según sus propias palabras, el golpe de autoestima y confianza le duró exactamente “12 minutos. Luego volví a ser el de siempre”. En una de sus historias, Charlie Brown celebra su vuelta del campamento, y se encuentra con Lucy: “¡Hola Lucy, he vuelto!”. “¿Que has qué?”, le responde. “¿Es que te habías ido?”.

 

Aunque él mismo reconoce que “quería ser un buen soldado” y trabajó “duramente para conseguirlo”, nunca dejó de dibujar viñetas cada noche y enviarlas a la mañana siguiente a los editores de los diarios con la esperanza de “encontrar una grieta por la que colarse en el mundo de las historietas”. Eso era lo que más quería, pero no sabía cómo.

 

A pesar de su deteriorada autoestima logró romper la “maldición” que hasta entonces había tenido con las mujeres, ante las que era incapaz de articular palabra (al igual que Charlie Brown, que suele estar callado mientras ellas hablan por él). Después de ver cómo algunos de los amores de su infancia se casaban con otros, en 1948 Schulz encontró a Joyce, una muchacha más joven que él pero con algo de camino recorrido: a los 19 años se había fugado a Nuevo México con un cowboy que la había dejado embarazada y luego había desaparecido. Pero a él no le importó llegar virgen al matrimonio, el que concretó con una ceremonia modesta el 18 de abril de 1951 junto a Joyce; ambos tuvieron cuatro hijos y se divorciaron tras 22 años. Como siempre, todo se volcaba al papel. En un episodio ya emblemático, Charlie echa a Lucy del equipo de béisbol. “¿Verdad que es agradable no oír su voz?”, pregunta el calvo muchacho.

 

El éxito: Penauts S.A. y el arte de los cabezones

 

Primero fue la tímida viñeta con breves gags Sparky’s Li’l Folks, luego llegarían los más refinados Peanuts. Primero la tira se incluyó en diarios locales (debutó el 2 de octubre de 1950). Ya para 1958, el cabezón Charlie Brown (su morfología no fue casual: Schulz dibujaba niños y sus limitaciones físicas y para ello observaba de cerca la forma de sentarse y moverse de Frieda Mae, una compañera enana del Art Instruction, con una altura de 121 centímetros y un cráneo desproporcionado) ya estaba impreso en 400 publicaciones. Según el escritor John Updike, en The New Yorker en 1975, Schulz ganaba cuatro millones de dólares, y recibiría, “en los 25 años siguientes, hasta 62 millones al año por los beneficios de la tira de prensa más distribuida del mundo y licencias de merchandising”.

 

 

 

¿De quién es esta cara de pan?

 

Según Schulz, cada personaje muestra algo de él. Charlie tiene su insipidez y determinación; Lucy, su sarcasmo; Linus, su dignidad y sus “pequeños pensamientos extraños”; su perfeccionismo y devoción por el arte se refleja en Schroeder; y su impresión de tener un talento poco apreciado por los demás, en Snoopy.

 

Charlie Brown: Según Schulz, “el rostro redondo y común” de Charlie estaba inspirado en su “rostro indefinido” de niño, aunque lo cierto es que hubo al menos un par de Charles Brown “reales” en su vida. Uno de ellos, antiguo compañero de trabajo, después de vivir a costa de ser “el Charlie Brown real”, de aparecer en programas y periódicos, empezó a no diferenciar realidad y ficción e incluso intentó suicidarse.

 

Snoopy: ‘Spike’, el segundo perro de Schulz, sirvió de modelo. Su madre siempre pensó que ‘Snoopy’, término cariñoso noruego (‘snupi’), sería un nombre perfecto para una mascota.

 

Lucy van Pelt: Como algunas mujeres que Schulz conoció, representa un modelo americano: la joven con carácter. Sus gritos los hacía con un lápiz de punta muy gruesa.

 

Linus van Pelt: Aunque no está claro, su inspirador podría ser el bien hablado, reflexivo y educado Philip van Pelt. Era el personaje que a Schulz más le gustaba dibujar.

 

Peppermint Patty: Homenaje a la prima de Schulz, Patricia Swanson, aunque, después de que el personaje fuera reclamado por grupos de lesbianas, se ocultó ese dato.

 

Schroeder: El artista de los Peanuts es como el Schulz más obsesivo, el que lo ataba a una mesa a dibujar. Schoreder prefirió siempre el metrónomo a las mujeres.

 

 

Schulz y Charlie, revolucionarios

 

Los Peanuts rompieron con muchas convenciones de las historietas de la época, y para muchos, Charlie y Snoopy son los padres de Los Simpson y de South Park, igual que Elvis fue el padre de los Beatles. Según Bill Watterson, creador de Calvin y Hobbes, los Peanuts “definen la historietas de prensa moderna: los dibujos limpios y minimalistas, el humor sarcástico, la inquebrantable sinceridad emocional, los pensamientos privados de una mascota, el tratamiento serio de los niños, las fantasías alocadas, la comercialización a escala gigantesca… En muchos sentidos, Schulz abrió el camino que todos han querido seguir”.

 

Para su biógrafo, fue en sus primeros trabajos de oficina donde Schulz hizo “uno de los descubrimientos esenciales de su carrera: identificar al tipo de personas que formaban su audiencia natural; había visto de primera mano la transacción esencial que lo vincularía a ellos”. Por aquellos años, la creencia generalizada en Estados Unidos era que los niños eran felices y la infancia un momento dorado; eran los adultos quienes tenían problemas. Schulz revirtió el orden natural de aquel universo mostrando que un niño experimenta el dolor con más intensidad que los adultos y que las derrotas infantiles se sienten y recuerdan con mayor vehemencia. Ahí está Charlie Brown para dar testimonio de ello.