elrotoVivo en las inmediaciones de avenida Portugal, cerca de la Posta Central. Creo, sin exagerar, que es una de las calles menos luminosas de Santiago. Por allí transitan borrachos, vagabundos, bandidos y universitarios. Es una calle bifronte, contradictoria, sin duda. Por el día, se sienten los pasos raudos de oficinistas, estudiantes, rumbo al metro Universidad Católica, tratando de disimular los orines en las murallas sucias y grises, mientras los automóviles, micros y motos enfilan hacia la Alameda. Por la noche, la bulla no se atenúa, pero convive junto con las carpas de los vagabundos, erigidas en las aceras, como improvisado hogar.

Otros van, otros se quedan, podríamos decir, como los personajes de El Roto de Joaquín Edwards Bello.

Publicada originalmente en 1920, año de convulsiones políticas y sociales, El Roto es una novela evidentemente moderna y profundamente polémica. Con un lenguaje tenaz, directo, lleno de valoraciones, a veces con tintes de crónica y ensayo, la historia gira en torno a La Gloria, un prostíbulo ubicado en calle San Borja, detrás de la Estación Central. Los personajes son un muestrario del “bajo pueblo”: pendencieros, borrachos, ladrones, la clase subalterna o de lo que hoy conocemos, con eufemismo, como “clase media”. Porque en el Chile de hoy, nadie se autodenomina “obrero”, “trabajador” o “roto”. Son todos, en cierta medida, “emprendedores” o “gente de esfuerzo”.

Cito: “La clientela de La Gloria está formada en su mayoría por ese mundo que vive como las ratas, en los escondrijos y subterráneos sociales, gentuza que se muestra a la luz de las calles decentes en los días de catástrofes o revueltas; residuos del mundo inorgánicos que flota por los arrabales de las poblaciones”.

 

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Llama la atención la impronta de esta novela, sus alcances, su actualidad. Si bien hay marcas textuales (o contextuales) de un Chile del pasado (ya nadie habla de tranvía o glorietas), los vicios se reiteran. El Santiago de comienzos del siglo XX, de cierta forma, no se diferencia mucho del Santiago del siglo XXI. Podríamos enumerar y no dejar de sorprendernos, a propósito de la corrupción, el arribismo o la injusticia.

Cito: “La ley no se respeta y la justicia está en bancarrota”
“Una sociedad que solo tolera al roto en la fiesta patria”

Pienso que un escritor permanece vigente cuando su obra nos habla del presente, de la realidad social, aunque la obra haya sido escrita hace casi un siglo y el autor, un díscolo de su clase, un valiente o temerario, según se quiera, haya muerto hace menos de cincuenta años. El tiempo es una medida humana. Nada inexpugnable.

Cito: “Pero a pesar de la vitalidad excesiva, del rápido progreso material que salta a la vista, se nota en este barrio un no sé qué de fatalismo y fatiga,  impreso en los semblantes y las cosas como si un velo de extenuación y tristeza lo cubriesen todo”.

Cito: “El hacendado típico chileno, personaje híbrido, con palco en la ópera y sillón en la Cámara, no puede ver en la agricultura sino un medio para lucrarse y satisfacer sus vanidades en la capital; es una máquina para exprimir”.

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Los dramas sociales, fielmente, están reflejados. Los personajes deambulan, tristes, en medio de una vida que no alcanza para los grandes lujos. El circuito del día a día comienza con los tranvías atestados de trabajadores sudorosos, apretados (que podrían ser pasajeros del metro o del Transantiago), y que termina con el desenfreno, el placer, la juerga, el sexo y el alcohol. Porque hay que “evadirse”. Porque los pobres tienen que estar con los pobres. Y así mueren. La clase no se mezcla. No debe. Un Santiago, en definitiva, que evidencia grietas sociales tanto en la cultura, en el poder adquisitivo, como en las calles.

Uno de los personajes principales es Fernando: un tipo arribista, egoísta, caprichoso, hábil comunicador, con ansías de poder y reconocimiento. Como describe el autor: “Con esa sed de cosas irrealizables”. Aunque, quizás, encontremos personajes más entrañables como Esmeraldo, “El Chincol”, el Pata de Jaiva o la misma Clorinda, Fernando representa, sin duda, el sentido del libro, lo completa: el roto al servicio del patrón que puede prosperar, aunque sobre la base de engaños y humillaciones, pero si se revela, le espera la misma suerte de todos los de su clase.

 

elroto2Al contrario de lo que aparece, de manera regular, en las críticas o reseñas, este libro es romántico. Sí, romántico. A pesar de la crudeza, la urgencia de su pluma es reconocible para nosotros, narradores jóvenes y no tan jóvenes. Tal vez porque todos los días los noticieros nos sorprenden con sangre, portonazos, suicidios, asesinatos, escándalos financieros. Tal vez porque en este Chile la violencia explota por todas partes. Tal vez, simplemente, porque vivo en una calle similar. La realidad es romántica porque es real, valga la redundancia, casi fotográfica. No admite apariencias o aspavientos. Punto.

Avenida Portugal es como la calle San Borja de El Roto. Quizás como muchas calles lejanas, tristes y empolvadas, en Maipú, La Florida o San Bernardo.