“Llámame por tu nombre”, de André Aciman, no es una novela sobre el mundo homosexual. Es sobre las posibilidades del amor entre dos hombres. Desde ese lugar permite la reflexión del límite de los afectos entre dos personas del mismo sexo. Y, en este caso, el límite de sus protagonistas no está en la atracción mutua: está en la falta de productos culturales que permitan imaginar realmente variadas formas de amor. Afortunadamente, ya fuera de la historia contada, Aciman realiza con esta novela su aporte a esa apertura.

Llámame por tu nombre
André Aciman
Alfaguara
2018


Llámame por tu nombre es una novela de André Aciman, publicada en inglés en el 2007, traducida el año 2008 por Guillermo Díaz Ceballos e impresa en Chile por Alfaguara este 2018, a propósito de la revaloración provocada por la visibilidad que alcanzó su versión cinematográfica de 2017, dirigida por Luca Guadagnino, que obtuvo, entre otros premios, un Oscar al mejor guión adaptado.

Mi experiencia con la novela de André Aciman es la experiencia que siempre recomiendo evitar: posterior a su versión en película. Es inevitable comenzar a leer buscando las escenas aún frescas en la memoria y queriendo extender esa sensación que provocó. La película afortunadamente tomó otros caminos en la disposición de algunos hitos, la elisión de algún personaje y el foco que pone en Oliver, el joven profesor universitario que llega un verano como huésped a la casa de los padres de Elio, en Italia, para trabajar en su manuscrito. La novela, en cambio, es más sobre Elio y su forma de percibir su vida, incluyendo los sentimientos que Oliver le genera, ayudado por el arte, la literatura, su padre y la contemplación. Dicho esto, no realizaré más contrastes entre película y libro.

El título de esta novela es el resultado de un juego de complicidad y sensualidad entre Oliver y Elio, en el que ambos llamaban al otro por su nombre, una tensión que atraviesa la obra completa y que es más duradera que las relaciones. Es porque en Llámame por tu nombre hay una pregunta sobre el tiempo y la vida. La palabra con la que se inicia la novela es “luego”, una expresión temporal que Oliver utiliza como despedida y que a Elio y a su familia le cuesta entender. Ya desde este inicio, Oliver se presenta como un personaje con una temporalidad distinta. Llega por el verano como huésped en los 80, en la casa de una familia italiana que recibe a jóvenes profesores universitarios y los ayuda en el proceso de escritura académica. La familia, en cambio, parece eterna, en una casa que año a año ve a un nuevo huésped, que recibe constantes visitas y se mantiene casi de puertas abiertas a sus vecinos. Se ubica así, como una suerte de centro intelectual en B., nombre con el que refieren al pueblo en el que viven. Oliver estará un verano, otras visitas una noche para una cena, pero la casa sigue ahí en una temporalidad que cuesta imaginar.

La mayor parte de la relación entre Oliver y Elio la conocemos desde las conversaciones imaginadas de este último. Elio es un personaje con un rico mundo interior como resultado del estímulo intelectual de sus padres. Su forma de asimilar lo que está sintiendo por Oliver —o a propósito de Oliver— es a través de poemas de Ovidio, de cuadros de Van Gogh y de Monet, entre otros. La cultura es la que le permite hacer cognoscible su propia historia. De esa misma forma encuentra sus propios límites al experimentar fantasías o sensaciones que no conoce a través de la lo que leído, visto u oído. Su padre, en algunos casos, podrá mediar en su propia capacidad de asimilación. En otras ocasiones deberá resolverlo por su cuenta. Esta forma de mirar su propia existencia, como un individuo cauto y reflexivo, lo hace consciente de sus propios procesos, inclusos de los más dolorosos: “Sabía que teníamos el tiempo contado, pero no me atrevía a contarlo” (179), reflexiona en una ocasión.

Me animaría a decir que, si bien Elio está lejos de ser un personaje indolente, el que verdaderamente experimenta desamparo a lo largo de la novela es el lector, que a diferencia de Elio no logra conformarse con el rumbo que va tomando la historia. Elio experimenta dolor, por supuesto, pero el dolor que se permite experimentar. Como lectores asistimos a los procesos reflexivos y a las decisiones del personaje para tomar riesgos o resguardos cuando lo considera pertinente.

Un personaje que destaca por su profundidad, a pesar de no estar en el centro del conflicto, es Vimini, una joven vecina de Elio que está enferma de cáncer. Vimini, consciente de su breve temporalidad en la vida, es libre para vincularse con menos resquemores con otros personajes, por lo que es capaz de articular en un menor tiempo vínculos con una gran fuerza que alimentan los propios procesos reflexivos de los demás. Ella es un personaje que desde su sutil presencia en la historia central refleja la extensa existencia de otros.

Si bien Llámame por tu nombre no es una novela sobre el mundo homosexual, sí lo es sobre las posibilidades del amor entre dos hombres. Desde ese lugar permite la reflexión del límite de los afectos entre dos personas del mismo sexo. Ni Elio ni Oliver tienen problemas con sentirse atraídos por otro hombre, no es ahí donde está el límite. El límite está en la falta de productos culturales que permitan imaginar realmente variadas formas de amor. Afortunadamente, ya fuera de la historia contada, André Aciman realiza con esta novela su aporte a esa apertura.