Álvaro Bley
Cacha que escribí un cuento de estos pa Santiago en cien palabras, ¿cachai?, y la hueá estaba terrible de buena, así como que era muy preciso porque tenía cien palabras, jajaj, y además como que no le faltaba nada, onda lo leíai y no sobraba nada, así perfect. Pero puta, mandarlo fue un culo, un hueveo más o menos.

 

Porque cacha que yo estaba donde la Camila y estábamos viendo una película. Puta, era más mala que la chucha la hueá. Era una de este loco de Austin Powers, ah, ¿cómo se llama? Esa hueá, Mike Myers, que hace como de un indio de la India que es un consejero como de celebridades, una hueá rara y, puta, en la película culiá tiran puras tallas fomes.

 

De esta forma comienza el cuento que le valió una mención honrosa a Álvaro Bley (1990) en un concurso literario de su universidad. Bley estudió sociología y en su último año comenzó a expandir la vista más allá de su carrera. Se dedicó a escribir, participó en talleres de narrativa y se propuso terminar un libro que siguiera el mismo estilo de aquel primer cuento: con un lenguaje cotidiano y una prosa ligera. Los temas que abordaría: la juventud de los años recientes y sus nimiedades del día a día, el trámite para sacar el pase escolar, recorrer Santiago en micro, carretes fomes, asambleas universitarias.

 

Así, de manera vertiginosa, nació Discursos desde la juventud contemporánea, novela que a través de sus once capítulos –o cosas, según el autor– siguen la vida del veinteañero Sebastián, sus miedos, dudas, certezas y experiencias.

 

Bley decidió incluir en la novela ese primer cuento galardonado a modo de historia escuchada por el protagonista en un carrete: “Quería hacer a alguien normal, no el más loser, alguien promedio dentro de su contexto. Por eso no pasa mucho en general, la idea era que no pasara nada, pero nunca no pasa nada”.

 

discursos—Hay un contraste entre el título de la novela y su estilo, ¿a qué viene eso?

—Sí, es un título muy de sociólogo igual, muy clásico. Quería jugar con eso de usar un titulo serio y que al leerlo ver puras chuchás, o sea, un lenguaje bien informal. Aparte que también es bien discursivo en el sentido práctico de la palabra, es mucha gente hablando.

 

—También tiene un tema con el lenguaje, me recordó la frase de Raúl Ruiz que los chilenos a veces son capaces de hablar sin usar ni verbo ni sujeto, o usan los verbos y el sujeto desplazados, lo que hace que hablen horas sin saber de qué, ¿es una reflexión que te interesaba plasmar en la novela?

—Lo que me interesaba era dejar el registro de habla actual, dejar un documento de cómo se hablaba el 2015. También para aprovechar las características del lenguaje informal y darle más credibilidad al libro: si iba a hacer una novela juvenil tenía que ser con ese idioma juvenil. Siempre me ha gustado esa mini discusión que se da a veces como en el Arte y Letras de El Mercurio que “Los chilenos hablamos tan mal” o que con WhatsApp toda la gente está escribiendo mal, quería ocupar eso también, que hablamos medio feo pero que igual todos entienden. Quería aportar una mayor “estandarización” a cómo se escribe el lenguaje informal, por ejemplo el “hueón”, que se puede escribir como “weón” o “hueón”. Los argentinos tienen mucho más adoptado el cómo escriben en informal. En vez de decir “oye que hablamos mal”, creo que sería un aporte hacernos cargo de ese lenguaje que está abajo de la alfombra, porque el lenguaje ya está así y no lo vas a arreglar de vuelta.

 

—A eso se le suma que la juventud en particular también tiene una manera “diferente” de hablar, que es como por rebeldía podríamos decir.

—O porque son tontos, jajaja.

 

—Claro, esa crítica de “estos cabros no saben hablar”

—Esa es como la crítica de El Mercurio, que la gente es tonta. No sé si el libro logra retratar tantos registros de habla distintos, pero era la idea, que una persona que tiene ciertas características debería hablar más o menos de una forma. En sociología haces hartas entrevistas a gente y transcribiendo es mucho más visible la manera en la que se habla, escuchas una frase normal y hace sentido, pero te das cuenta que repite las mismas palabras o cosas así, así también empecé a cachar distintos registros.

 

libro

—Otro tema es la materialidad dentro del libro: durante la historia pones de manera gráfica los mensajes de WhatsApp, las notificaciones en Facebook, ¿cuál es la importancia de esto?

—Dentro de los discursos también se van generando relatos dentro del WhatsApp o del Facebook. Es otro tipo de comunicación muy válida, porque igual se escribe harto. Antes alguien que no escribía nada ahora escribe mucho… a menos que te pongas a mandar mensajes de audio. La idea era usar esos textos, retratar el diálogo más virtual. Es como un estilo, una especie de corriente literaria de ocupar los medios de comunicación digital en el libro, parece que Tao Lin lo ocupa harto, o como en el libro de la Ileana Elordi.

 

—¿Representaste a mucha gente que tú conoces? Porque se pueden reconocer ciertos tipos de personas definidos, el amigo que tiene problemas con la mina (“como que la quiero caleta pero como que estamos en otra volá”), el volao alumbrao (“también me dicen Peter, o Peter Weed”), los politiqueros (“no lo digo por mí, sino que por la gente normal que vota la hueá y que necesitamos pa hacer el quórum”).

—Es que al final el estereotipo depende de las circunstancias. Por ejemplo el amigo del protagonista es medio futbolero y pone la casa para el carrete, pero después en la asamblea interviene y habla. Entonces si fuera un politiquero de humanidades o ciencias sociales, el estereotipo sería alguien a quien no le gusta el fútbol, porque el futbol es opio o no sé qué, cosa que igual ya está media obsoleta, pero no quise caer en esos estereotipos tan obvios. Tenía que hacerme cargo de mi carrera, e igual aprendí que la vida no funciona así.

 

—¿Alguno te costó más que otro?

—No sé si es el que más me costó, pero en el de la niña de la micro yo no estaba tan seguro (“Que pa mí, no sé, la Laura tiene todo maquineao a los primeros, no sé qué hueá hace, en volá son todas torti y esta hueona es la gurú del tortillismo”). Porque es mujer, es más joven, entonces yo supongo que esa generación hablará así. Y hablaba de problemas que yo no viví, mi colegio nunca estuvo en toma, estuvo lejos de estar en toma. Ahí me arriesgué un poco más, igual intenté preguntar harto y averiguar. Pero ese fue un riesgo.

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—¿Cuánto de ti tiene el protagonista?

—Harto, es alguien como yo pero con cosas que no me pasan a mí, se podría definir así. Pero en reflexiones o actitudes podría ser como yo: las ganas de ser chistoso, la relación con los demás, ser un poco retraído. La mayoría de las cosas del libro no me pasaron a mí, la idea es que no fuera una autobiografía.

 

—Además das pocas señales explícitas sobre cuál es la clase social del protagonista.

—Yo me quise despegar de eso, no lo quería ubicar tanto, obviamente es clase media, clase media alta, no hay ninguna segunda lectura, pero quería salir de eso. Quise hacerlo más santiaguino en general, el protagonista se mueve de Ñuble a Maipú o a San Carlos. Si ponía que el loco vivía en Las Condes al tiro era una novela ABC1. O si ponía que era de Ñuñoa era como Verano robado.