El escritor argentino Fabián Casas estuvo en Chile como jurado del Premio Manuel Rojas. Conversamos con él sobre la  ganadora del premio —María Moreno—, literatura, poesía, su labor ensayística y la vejez.

Fabián Casas en el bar del hotel Crowne Plaza / Crédito foto: Ojo en Tinta

La primera vez que Fabián Casas estuvo en Chile, las cosas no comenzaron bien: “Vine a Santiago a los 23 años a un encuentro de poetas jóvenes de Chile y Argentina. Éramos casi todos autores inéditos. En los primeros días hubo una lectura de poesía en Recoleta —Sergio Parra y Malú Urriola eran algunos de los que estaban— y nos agarramos a trompadas todos contra todos. No recuerdo por qué. Pelea de cowboys. Con botellas, saltamos al otro lado del mostrador. Llamaron a la policía y nos detuvieron a todos”. Por suerte, las cosas mejoraron. Pocos días después, logró conocer al poeta Juan Luis Martínez en Villa Alemana y, en el largo plazo, forjó una amistad con Sergio Parra y otros autores locales. “Tengo un amor por Santiago increíble”, cuenta ahora, a sus 54 años, en el bar del hotel Crowne Plaza, donde se hospeda.

Casas es autor de una obra variada. Ha publicado poesía, narrativa y ensayos. Su sello: textos con múltiples conexiones. Se pasea con humor y rigor por el fútbol, la literatura, el barrio, su mascota Rita, el cine, la filosofía y el rock. Un mismo artículo, por ejemplo, puede hablar de Hegel y el grupo Manal. Sus ensayos han sido compilados en los libros Trayendo a casa todo de nuevo (Emecé, 2016) y La voz extraña (Ediciones Universidad Diego Portales, 2014).

La primera parte de la obra de Casas —como su libro de poemas Tuca (1990), su novela Ocio (2000. 2017, edición Emecé) y sus cuentos recopilados en Los Lemmings (2005. 2017, edición Emecé)— tiene un alto componente autobiográfico, ligado a su infancia y juventud, y suele estar situada en el barrio de Boedo, de Buenos Aires. “No tengo una gran capacidad de imaginación. Con lo que conozco y me cuentan voy escribiendo”, explica. De esa primera parte de su obra, hoy se siente distante: “Hay personas, amigos y chicas por ejemplo, con los que dejaste de tener relación, pero no porque te peleaste, sino porque la vida te va separando. Hay un momento en el que no levantaste el teléfono y no los llamaste. Con mis libros me pasa eso. Salvo con uno. Hay un solo libro con el que tengo una relación muy directa: Titanes del coco (Emecé, 2015). Es un libro con el que tengo todavía una relación vital”.

En poco tiempo llegará a Chile la nueva publicación de Casas: Últimos poemas en prozac (Emecé, 2019). “Me separé y entré en un infierno —cuenta sobre los poemas—. Me sentía muy mal anímicamente. El siquiatra me dio Prozac, medicamento que no te quita la tristeza, pero sí la desesperación. En tres días escribí como 27 maquetas de poemas. Y eso me ayudó. Tengo algo, me dije. Eran poemas muy prozaicos y prosaicos. Y me di cuenta que no iba a trabajarlos como los trabajaba antes en términos de cuidar el verso, ordenarlos de tal forma. Quizás alguien leyéndolos se pregunte, ¿y esto qué es? Y eso me gustaba, que fueran como inestables”.

Hoy las preocupaciones de Casas han cambiado, dice. Actualmente sus temas giran en torno a  la paternidad, su labor como guía de un taller literario —algo a lo que se ha dedicado desde que dejó el periodismo— y la vejez: ¿Vas a estar a la altura de las cosas que pensaste? ¿Mi vida estará acorde a esas expectativas que me planteé de joven? ¿Terminaré llorando de miedo y rezando o me voy a prender fuego hasta el final? Son preguntas que me empiezo a hacer. Mis preguntas ahora son más existenciales que literarias”.

María Moreno, ganadora del Premio Manuel Rojas 2019

«La obra de María Moreno me parece muy interesante porque es una literatura que implosiona lo géneros. No maneja ningún quiosquito fijo. Puede ser cualquier cosa y eso me gusta mucho. Es una literatura nómade. Difícil de asir, de identificar. María no ocupa categorías tranquilizadoras, puede hacer cualquier cosa. Puede empezar un texto como un ensayo y terminarlo como una novela. Eso me parece que está bueno. El capitalismo siempre está buscando identificarte».

La obra de María Moreno me parece muy interesante porque es una literatura que implosiona lo géneros.

«Es un poco como lo que hago yo, sí.  Hay un autor central en Argentina que se llama Ricardo Zelarayán, que es un autor que en los 60 y 80 vino a romper la idea de género; entonces hay un montón de autores que escribimos posteriormente a él que nos sabíamos libres para hacer cualquier cosa. Autores como María y Ricardo emancipan a los que vienen de atrás. Nadie te puede enseñar a escribir, pero sí puede transmitirte la idea de que te puedes emancipar. María tiene eso y yo también. No es una idea original, es algo que tiene que ver con Zelarayán y también con gente que no escribe libros. Hay un montón de gente en la vida cotidiana que te das cuenta de que son personas que tienen una especie de pathos que te inspira, que te inspiran mucho más que Bob Dylan. Como un mecánico amigo mío, que para mí es tan emancipador como Zelarayán».

Poesía

«La definición de poesía me parece algo bastante anti poético porque para mí la poesía es precisamente algo que no se puede definir. Alberto Girri, poeta argentino, dice: “A la poesía no se la define, se la reconoce”. Eso me parece muy liberador. No te dice: “La poesía es esto”. La poesía es lo que vos reconozcas. Yo identifico la poesía como algo, lo que sea —puede ser algo escrito en verso o en prosa—, puesto en estado de pregunta. Algo con una dignidad. Algo que es un gesto afirmativo, pero puesto en estado de pregunta. Eso puede estar puesto en una película, una novela, una chica caminando, una obra de teatro, en el motor de un auto».

La publicidad es para mí lo contrario a la poesía, al igual que el periodismo: siempre está obligada a decir y a responder. En cambio la poesía se permite lo contrario, plantear preguntas

«En  la película “Burning”, del director coreano Lee Chang-Dong, veo un caso bien puntual. Se basa en un cuento de Murakami —que es lo único que he leído de él—, que se llama “Quemar graneros”. Para mí el cuento está muy bien, es correcto, pero no tiene poesía. La película toma el cuento y le inyecta poesía. ¿Por qué? Porque cuando ves la película no sabes qué pasó. Hay un montón de cosas que están jugadas a los sentimientos, a las emociones, al enrarecimiento del ambiente. Hay cosas que se concluyen de manera inefable. La película te deja en un estado de incertidumbre. De alguna manera pide que te emancipes y vos decidas qué pasó. En el cuento no. El cuento lo explica todo».

«La publicidad, por ejemplo, es para mí lo contrario a la poesía. La publicidad, como el periodismo, siempre está obligada a decir y a responder. En cambio la poesía se permite lo contrario, ¿viste?, plantear preguntas. La filosofía también».

Oscuridad

«No hay una fascinación en mí por lo oscuro; me gusta ser feliz. Pero sí identifico una visión del mundo. Creo que tengo cierta identificación con autores que ven eso y lo reflejan: Louis Ferdinand Céline, Lamborghini, Arthur Schopenhauer. A Schopenhauer lo he leído mucho. Te puede demoler leerlo. Hay que leerlo con ansiolíticos, porque te dice la verdad. O sea, pensar que no hay nadie en el mundo que te cuide, que estás abandonado… Eso genera angustia, pero también de eso hace emerger la libertad, porque te dice que vos sos el dueño de tu libertad. A veces uno prefiere la comodidad de la esclavitud»..

«Creo que la sociedad capitalista convierte al mundo en un infierno. Y lo que vos tenés que tratar de hacer es convertir el dolor en aventura. Convertir el caos en algo… no domesticarlo, hacer un poco lo que hacés con el arte marcial. Yo hago karate hace como 10 años y lo que te enseña es a ocupar la fuerza del otro para tu beneficio».

Ensayos bonsái

«El objetivo de mis ensayos es hacerme preguntas. Preguntarme cosas sobre mi realidad, sobre la vida, sobre por qué estamos acá. Tiene que ver con eso».

«Combinar en mis ensayos alta cultura y cultura popular no es algo premeditado, forma parte de la instrucción que tuve. Crecí en un ambiente popular. En la casa de mis papás éramos clase media baja, pero mi papá tenía intereses culturales. Hacía teatro independiente y teatro para niños. Mi padrino, que fue una persona muy importante en mi vida, era profesor de Bellas Artes. En casa siempre la cultura popular y la alta cultura estuvieron cruzadas. No hay mucha diferencia para mí. Me gusta todo. Puedo escuchar a Serrat y a Glenn Gould».

Cuando estoy trabajando, trabajo con conexiones. Saltando de un lado a otro. Mi trabajo es como el de un soldador.

«Cuando estoy trabajando, trabajo con conexiones. Saltando de un lado a otro. Mi trabajo es como el de un soldador. No soy de profundizar en una sola cosa, sino tomar varias. Mi inteligencia funciona de esa manera. A veces estaba inspirado, algo que no me pasa todo el tiempo, y podía cruzar todo: películas, familia, amigos, filosofía, futbol. Y me daba cuenta de que no me interesaba trabajar a priori sobre las cosas que tenía que escribir. Prefería escribir, por ejemplo, sobre un autor que no estaba de moda y que había pasado su tiempo. No me importaba ser actual. Me gustaba ir y trabajar de una manera honesta con las cosas que a mí me interesaban».

«Si te pensás dentro de la literatura, no podés escribir. Hacía en mis ensayos cruces de un lector, en el sentido de que cuando estás mirando la ventana estás leyendo, mirando lo que pasa. El que mira por la ventana es un lector. Por eso hay muchos músicos de rock que no leen tantos libros y sin embargo su lírica es muy alta: porque miran por la ventana». 

«Ensayistas que admiro son Joan Didion, Montaigne, T.S. Elliot, Borges y después los filósofos. Me gustan los filósofos menos formales o estructurados. Más libres. Sin pudor, emancipados. Dentro de la filosofía se los considera poco técnicos, porque pueden decir cualquier cosa. Me encanta. Nietszche, por ejemplo, siempre lo releo. Es un gran ensayista».

«La experiencia tiene un lugar muy potente en la filosofía de Nietszche. Él propugna lo del amor por tu destino; no seas un llorón. Ahora, eso lo propone porque tenía un montón de problemas. Es algo que piensa porque intenta sobreponerse. Es importante tener experiencia. Pasa que pareciera que las personas no quieren tener más experiencia. Lo veo cotidianamente, con personas sumergidas en sus celulares, pensando en otras cosas, en otro rollo. Tener experiencia es saber que vos prestás atención, estás presente y lo que vives va a morir con vos».

Talleres literarios

«Nadie te puede enseñar a escribir. Eso no existe para mí. Lo que se puede hacer es propiciar un grupo de escritura, de gente que se junta para lograr formas de emancipación. Ya sea que hagas un libro o se te ocurra cualquier otra cosa. De los talleres míos no sale gente que escribe. Algunos salen y ponen librerías, otros abandonan sus consultas psicoanalíticas, otros deciden ser jardineros. Para mí el taller funciona si pasa eso también. Por supuesto que hablamos de libros, películas, se relatan cosas y damos una devolución, pero son conjeturas siempre. No hay nada matemático ni universal. Todo es en estado de incertidumbre».

Para mí el taller funciona también si los que salen ponen librerías, abandonan sus consultas psicoanalíticas o deciden ser jardineros.

«Yo supongo que la gente se encuentra en un taller porque quiere recuperar algo que se está perdiendo, que es la posibilidad de hablar con personas. Prestarles atención. Que te escuchen y también escuchar. Esa cosa de juntarse a conversar en los bares se está perdiendo cada vez más. El taller es un lugar para suspender todo y recuperar esa capacidad de hablar».

Los olímpicos (poema)

All the Olympians; a thing never known again.
W.B. Yeats

A veces me gusta pensar
que puedo pararme una vez más
frente a mi vieja casa.
Sí. Acá está la inmensa puerta verde.
Nunca estaba con llave
y se abría empujándola un poco.
Tal cual. Se abrió.
Ahora camino por el largo pasillo.
mientras me siguen, haciendo equilibrio por el
/muro,
los gatos de nuestros vecinos.
La segunda puerta es de metal
y detrás de ella se abre el patio,
las macetas con sus plantas
y las altas piezas
donde se distribuían
el comedor y los dormitorios.

Sentada a la mesa, mi familia intacta
me espera para comer.

Mientras charlan y se sirven los platos,
es obvio que decidieron pasar por alto
que ya tengo 40 años
y que desentono con estas ropas infantiles.
Yo tampoco les digo
que sé cómo van a terminar
algunos de ellos.
Para qué envenenar el almuerzo.

Después,
se desperdigan a la marchanta
hacia las piezas del fondo.

Inquieto como siempre,
a grandes zancadas,
mi papá atraviesa el patio.
¡Tiene una gorra hecha con papel de diario!
¡Cómo me pude olvidar de eso!

Salgo a la calle,
la remera de banlon me pica en el cuello
y los jeans con remiendos en las rodillas
se sienten estrechos. Ahí, esperándome,
brillosos bajo el sol primaveral, están mis amigos.
Cuando me ven, abren el círculo de su corazón
para que me pueda sumar. Sí, son ellos.
Bien protegidos
en las bajas temperaturas del inconsciente,
están exactamente como los dejé:
sobre la vereda de los setenta
ríen los olímpicos de Boedo;
algo que no se volvió a ver.

[Poema de Fabián Casas, incluido en el libro Familias, publicado por Lecturas Ediciones]