En nuestro Facebook estamos sorteando un ejemplar de “Se vende humo” (Narrativa Punto Aparte, 2016), una colección de cuentos de Joaquín Escobar, fiel colaborador de nuestro noble sitio web. Acá aprovechamos de publicar el relato que da el título al libro.

—¿Cuándo estás de cumpleaños?
—El cinco de mayo.
—El mismo día que Carlos Marx.
—Exactamente, el mismo día que Carlitos Marx.
—¿Y qué harás? ¿Alguna celebración?
—Sí, compraré máscaras con caras de Benjamin, Althusser y Engels: tiraré algo más que la casa por la ventana.

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Preparé una fiesta en el patio de mi casa. El frío era insoportable, sin embargo, eso no era impedimento para que los borrachos y las borrachas de siempre se acercaran a mi hogar. A diferencia de años anteriores, mi interés no estaba puesto en mis anacrónicos invitados. No me interesaban las botellas, las vomitonas ni las bromas: esa noche de otoño, sólo esperaba que llegara ella.

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A Aranza la conocí esa noche. Me la presentó mi amiga Marina, una albina con frenillos a la que llamábamos Rana. Decir que esa noche supe de Aranza por primera vez es vender humo. Durante meses con Marina nos juntamos en un sótano abandonado en la calle Román Díaz, todos los jueves a medianoche; ella traía fotos, mapas y esquemas para encontrar la fórmula exacta que me llevaría a conocerla. Planeábamos la estrategia con un cuchillo entre los dientes, como parte de un operativo de simulacro. Después de debatir extensamente sobre cuál sería el camino a seguir para llegar hasta Aranza, la Rana se masturbaba viendo dibujos animados. Sus favoritos eran Los Supercampeones. “Me calienta mucho Steve Hyuga”, decía. Lo hizo siempre después de nuestras reuniones. Era un ritual. Nuestra cábala. Yo me quedaba a su lado esperando a que terminara, mirando correr la pelota con la certeza de que Oliver Atom era un pecho frío.

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Cuando sonó el timbre me paralicé: supe que eran ellas. Traté de encontrar la postura correcta para recibirlas. Nada estaba liberado al azar, todo estaba estudiado, pero había olvidado ensayar los gestos requeridos para ese momento. Mientras el timbre seguía sonando insistentemente, intenté un par de muecas que al cabo deseché. Apreté el interruptor de la reja y abrí la puerta. Frente a mí no estaban las chicas, sino Javier Kruchosky, un viejo amigo del colegio. “Parece que no me esperabai, hueón, tení cara de hepatitis”, dijo. Pensé en cómo sería esa cara mientras Kruchosky, que vestía la polera del Olimpia de Paraguay, me estrujaba en un abrazo. Lo vi cruzar el interior de la casa rumbo al patio. Al voltearme para cerrar la puerta, nos topamos frente a frente. Cuando vi a Aranza, entendí lo que Teillier quería decir con nostalgia del futuro.

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Nadie se detuvo en las máscaras de Benjamin y Engels. A las cuatro de la mañana, todos las pisoteaban mientras bailaban una canción que hablaba del cucumelo.

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A la fiesta llegó el negro Elías con los bolsillos atiborrados de pitos. Éramos compañeros de colegio, nos conocíamos desde hacía más de una década y aunque compartíamos como mínimo una vez al mes, nunca hablábamos. Había estado a mi lado durante buena parte de mi existencia y no sabía nada de él. Una vez, en un reventón en el Manzano, nos contó que nunca conoció a sus padres. Que lo dejaron en Cuba con padres postizos porque sus progenitores se vinieron a Chile para luchar desde la clandestinidad contra la dictadura. Nunca volvieron a buscarlo. La última vez que los vieron con vida fue en un cuartel clandestino; desde allí fueron subidos a un helicóptero y luego lanzados vivos en un lago del sur de Chile.

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Aranza era una flaca de ojos saltones y chasquilla que actuaba en obras de teatro alternativo, con temáticas irreales de gente que se golpeaba con patas de pollo, escupía leche chocolatada y gritaba números en forma aleatoria, collages inconexos que en vez de dejarme pensando, me causaban gracia. Una vez le pregunté cuál era significado de estas crípticas dramatizaciones. Aranza dijo que no sabía, que no importaba, que mientras más extraña era la performance, más vendían humo con el tema de la vanguardia.

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Nos quedamos mirando unos segundos hasta que solté una estupidez. Creo que le pregunté si habían llegado en metro o en micro. El plan establecía una conversación a seguir, una estructura que sería ante todo mi estrella polar. No podía perder el eje tantas veces trazado frente a un cuaderno junto a Marina, con quien llevábamos meses preparando este encuentro. Pero mandé todo al carajo: le pegué una patada a todas las tizas y las pizarras de medianoche y me puse a improvisar.

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Nunca entendí por qué Marina tenía tanto interés en que yo conociera a Aranza. A veces he llegado a pensar que ellas también se reunían a escondidas y hacían exactamente lo mismo, es decir, tenían un centro de operaciones y desde allí planeaban el encuentro. Si hubiese sido así, lo habría encontrado fantástico. La magia, las coincidencias y las sorpresas son para la Cenicienta, porque a nosotros lo que nos unió fue el pragmatismo de un plan perfectamente trazado.

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¿De qué hablamos exactamente aquella noche? No lo recuerdo, aunque en mi memoria persiste siempre la misma secuencia: sin ponerme nervioso, le dije que se sirviera un trozo de tarta de espárragos; corté un pedazo, se lo ofrecí y ella lo aceptó gustosa. Le vendí humo con que la había preparado yo durante la mañana, pero la verdad era que ni siquiera sabía moler una palta sin dejar su raíz adentro.

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Traté de conquistarla enviándole mensajes de textos con poemas de Jorge Teillier. Le decía que eran versos míos que había escrito durante la tarde. Jamás me sentí un plagiador porque la literatura no pertenece a nadie; podemos usufructuar de ella desconociendo infinitamente la palabra basta. Sin embargo, mi sistemático robo de versos no servía de nada. Aranza llevaba años pololeando con un bibliotecario. Siempre nos topábamos afuera de las obras de teatro donde ella actuaba. Un día me preguntó si quería tomar una chela con él. Nos sentamos en una mesa cerca del baño. Antes de que llegaran los tragos, me dijo: “¿Te gusta la Aranza?”. La pregunta me sorprendió. “Responde, poh, hueón, ¿te gusta?”. “Sí”. Tomamos tres rondas más en silencio. Después de esa noche desapareció: se fue de la vida de Aranza. Como si no hubiese estado dispuesto a dar batalla por ella o como si el plan trazado por Marina incluyera su desaparición.

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Aranza coleccionaba ediciones de “La náusea”, de Sartre. En su pieza había una repisa donde almacenaba versiones en japonés, búlgaro, croata y francés. También tenía un ejemplar en chino mandarín que, según ella, había robado de la biblioteca personal de Julian Barnes en un viaje a Inglaterra. Si había algo que detestaba era la canción de Shakira que decía: “No creo en Venus ni en Marte, no creo en Carlos Marx, no creo en Jean Paul Sartre, no creo en Brian Weiss”. Siempre que la escuchaba, me repetía lo mismo: “¿Tú creí que Shakira ha leído a Sartre? Tonta culiá”. Era su mantra.

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Aranza jamás me contó que su pololo la abandonó. O quizás nunca existió y el plan que creamos con Marina incluía una historia donde ella tenía novio. Parecía que el bibliotecario fuese una invención nuestra delineada en las pizarras de medianoche: así como lo inventamos, lo hicimos desaparecer.

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La noche en que Véliz estuvo de cumpleaños convirtió su casa en un pub con karaoke. Adornó todo y puso mesas, parlantes, una pantalla y una tarima que llamaba escenario. Cuando estaba sumamente borracho, decidí subirme a cantar. Tomé el micrófono y en un ataque de personalidad, producto del pisco ingerido, le dediqué una canción a Aranza. “Usted me desespera, me mata, me enloquece, y hasta la vida diera por vencer el miedo de besarla a usted…”. Antes de que terminara de cantar, todos se abalanzaron sobre mí. Me levantaron en andas y me pasearon por el patio de la casa. Véliz puso tres tampax sobre la mesa y los abrió con una cortapluma. Los papelillos de coca salieron hacia al exterior y Véliz fue armando las rayas, alineadas sobre una tabla de cortar carne. Antes de ponernos a esnifar, Aranza me dio un beso. Esa noche fuimos a un motel cercano a la Plaza Italia. Era la primera vez que iba a uno. Cuando se lo dije, se cagó de la risa. Todo me parecía nuevo: los jabones, los espejos, los ceniceros. También el cuerpo de Aranza. Cuando despuntaba el sol me quedé dormido tarareando una melodía de moda que hoy no puedo recordar. Fue una madrugada tierna y verídica. Despertamos con resaca cerca del mediodía y fuimos a comer completos en los carritos de Bellavista. Aranza en ese entonces era vegana y pidió su italiano sin salchicha. Con el tiempo dejó de serlo. Siempre que se lo recuerdo se molesta: “No sé de qué hablas, jamás he estado poseída por esa moda posmoderna”.