Los ensayos del libro El fuego y el relato, de Giorgio Agamben, no son sólo divagaciones estéticas: la literatura está en su núcleo pero como excusa para meditar en el lenguaje, lo inesperado y algo así como la transformación alquímica. Comenta la obra Adam Kotsko, uno de los grandes conocedores del filósofo italiano.

“El Alquimista” (1855) de William Fettes Douglas

El fuego y el relato, la colección de ensayos que Giorgio Agamben publicó cuando había completado—o, en sus palabras, “abandonado”—, el proyecto Homo Sacer, se remonta a los temas estéticos y literarios de sus obras más tempranas, muy similares a los de El final del poema (Adriana Hidalgo), la colección de ensayos que publicó al comienzo de ese proyecto. Sin embargo, no estamos tratando con un simple retorno. En El fuego y el relato el análisis es enriquecido con sus estudios intermedios, particularmente en las áreas de la religión y el misticismo. El último tema resulta particularmente insistente, comenzando con el ensayo que da título al libro, el cual argumenta que la literatura apunta a una experiencia mística originaria. La novela moderna no es una excepción, incluso las novelas que “muestran una vida que ha perdido por completo su misterio, como en la historia de Emma Bovary”. En tales casos, la novela todavía representa “al mismo tiempo pérdida y conmemoración del misterio». De hecho, como argumenta en el segundo ensayo, “Mysterium Burocraticum”, es precisamente la vida cotidiana, ordinaria, como se ejemplifica en la figura de Eichmann, la que representa el más impensable misterio. Aquí hay un eco de la meditación de apertura sobre la vida cotidiana en su libro El uso de los cuerpos (Pre-textos), aunque en una clave más siniestra.


El fuego y el relato. Giorgio Agamben. Editorial Sexto Piso/Liberalia, 2016, 112 pp.

Los temas de estos dos primeros ensayos—el misterio, el arte y la vida— establecen los términos para los más ambiciosos entre los capítulos posteriores: “¿Qué es el acto de creación?”, “Del libro a la pantalla” y “Opus Alchymicum”. Tomados en conjunto, estos ensayos equivalen a una poderosa reflexión sobre la relación paradójica entre el artista y la obra de arte, y más que eso, sobre la compleja dinámica de potencialidad, actualidad e inoperatividad que siempre están en función en la práctica artística y sus productos. Por supuesto, este es un territorio familiar para los lectores de Agamben, pero no deja de ser sorprendente lo mucho más fáciles de comprender que son estos conceptos en un contexto estético. Los ensayos restantes son de carácter más misceláneo, a menudo representan gestos sugestivos en lugar de argumentos completamente desarrollados —una caracterización a la que presumiblemente Agamben no se opondría—. Para los lectores suyos de largo tiempo, también hay varias novedades: una de las primeras discusiones explícitas de Simone Weil, el tema de su disertación doctoral inédita; un abordaje de Gilles Deleuze más extendido de lo que hemos visto desde los ensayos recogidos en Potencialidades (Stanford University Press); una larga meditación sobre la alquimia (“Opus Alchymicum”) que arroja luz sobre su lectura del alquimista Paracelso en Signatura rerum: sobre el método (Adriana Hidalgo); y una poco característica referencia a la tecnología moderna, que incluye (¡casi impensablemente!) iPhones y Kindles.

Estos ensayos equivalen a una poderosa reflexión sobre la relación paradójica entre el artista y la obra de arte, y más que eso, sobre la compleja dinámica de potencialidad, actualidad e inoperatividad que siempre están en función en la práctica artística y sus productos.

En general, como ocurre con muchas de sus publicaciones recientes más breves, El fuego y el relato difícilmente es una contribución indispensable al cuerpo de la obra de Agamben, pero es característicamente agradable de leer y arroja una luz interesante sobre su proyecto desde una variedad de ángulos.

Artículo aparecido en la revista Critical Inquiry (verano de 2018). Traducción: Patricio Tapia.