Es probablemente el biólogo italiano más importante de entreguerras (maestro de tres premios Nobel de Medicina). Su hija, Natalia Ginzburg, dejó un retrato en sus libros y aquí lo recuerda su nieto, el distinguido historiador Carlo Ginzburg.

Giuseppe Levi

En las páginas que siguen, esbozaré un breve recuerdo de mi abuelo, el científico Giuseppe Levi (1872-1965). Durante mi infancia, él influyó en mi percepción de la ciencia como un viaje de aventuras. Enfocaré mi atención en su pasión, así como en su respeto por los datos, típico de un científico que todavía estaba profundamente en deuda con el legado positivista. Esta era una actitud ajena a toda forma de ingenuidad, y sigue siendo válida hoy en día.

Mi testimonio será muy breve. El profundo afecto que me ha ligado a mi abuelo, Giuseppe Levi, es un asunto privado; no voy a hablar de eso. Hablaré, en su lugar, de algo que tiene que ver con su actividad pública: la pasión por la investigación que transmitió a generaciones de estudiantes. Es una pasión que contribuyó a transmitirme también a mí, su nieto, cuando era niño. Intentaré contar de qué manera.

Después del final de la guerra, viví en Turín, con mi madre, mis hermanos y mis abuelos maternos. Mi padre estaba muerto; entre los seis y los once años, mi abuelo representó a mis ojos la personificación de la autoridad masculina, junto a la autoridad femenina (igualmente enérgica pero distinta) encarnada por mi madre. Una autoridad, la de mi abuelo, áspera, temible, afectuosa, que la distancia (pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa) rodeaba de misterio. Misterioso era para mí, niño, el laboratorio al cual se iba mi abuelo muy temprano en la mañana, cuando las calles de Turín aún estaban oscuras: una imagen que recupero, me doy cuenta, de la descripción que dio muchos años después mi madre, Natalia, en Léxico familiar. En ese libro, que leí mientras mi madre lo iba escribiendo —manuscrito, en episodios, como si fuera una novela por entregas— volví a encontrar, escondidas en una música que las volvía distintas y sorprendentes, una serie de historias que había escuchado de niño. Entre ellas, el viaje que mi abuelo había emprendido de joven a las islas Spitzbergen para buscar, sin éxito, los ganglios cerebro-espinales de la ballena. La figura de mi abuelo que se abre paso a través del cuerpo de la ballena había habitado durante mucho tiempo mi imaginación infantil, transformando (me doy cuenta ahora) la investigación científica en una empresa aventurera y de algún modo heroica.

La figura de mi abuelo que se abre paso a través del cuerpo de una ballena había habitado durante mucho tiempo mi imaginación infantil, transformando la investigación científica en una empresa aventurera y de algún modo heroica.

Pero la investigación podía adoptar formas muy diferentes de aquellas, menos heroicas aunque igualmente impredecibles. Habré tenido diez años, creo, cuando mi abuelo me dejó visitar el laboratorio al que iba cada día. Recuerdo entrar en el majestuoso edificio de Corso Galileo Ferraris; recuerdo el encuentro con Conti, el empleado del laboratorio, vestido con un abrigo gris (también se habla de él en Léxico familiar). Mi abuelo puso una placa bajo un microscopio y me dijo que mirara. Miré, lleno de emoción, y no vi nada. Habría querido ver algo (sentí que esto era lo que él esperaba de mí); pero no vi nada, o casi. Tal vez un halo amarillento, tal vez alguna sombra oscura. Quedé decepcionado; sobre todo pensé que había decepcionado a mi abuelo.

Sobre esa emoción, seguida de una decepción, he vuelto a pensar a menudo. Me doy cuenta de que el afecto por mi abuelo, la autoridad que encarnaba a mis ojos, y todo aquello que se ha acumulado mientras tanto, se han entrelazado, superponiéndose, y han terminado por deformar retrospectivamente mi recuerdo, cargándolo con un significado simbólico: el de un encuentro con la investigación.

Mi abuelo llevaba quince años muerto cuando comencé a apasionarme por los escritos en los que Giovanni Morelli, bajo el seudónimo de Ivan Lermolieff, trató de estudiar la historia del arte de forma científica, transformándola de manera irreversible incluso a los ojos de quienes no compartían los supuestos de su investigación. En los escritos de Morelli me pareció encontrar casi inmediatamente algo conocido, más bien familiar: el positivismo que había conocido a través de mi abuelo. Se trataba, por supuesto, de figuras muy diversas, empezando por sus respectivas formaciones. Morelli había nacido medio siglo antes, y en los años que pasó en Múnich, donde se graduó en medicina, había absorbido muchos elementos de la cultura romántica, que luego reelaboró en su madurez. Mi abuelo estudió medicina a finales del siglo XIX, cuando el positivismo ya había triunfado. Pero en ambos me pareció reconocer una actitud que puede parecer trivial, si bien es escasa (y lo es cada vez más): la pasión, y el respeto, por los hechos. (Este entrelazamiento de pasión y respeto me parece que ha de subrayarse).

Mi abuelo fue un ejemplo viviente de la cultura positivista. Los discursos vaporosos, carentes de fundamento (o que le parecían tales) despertaban todas sus furias.

Cuando digo “positivismo” no pienso en el positivismo ingenuo, que ha existido y existe, y debe ser combatido. Haciendo la labor de historiador aprendí muy pronto que la expresión “datos factuales”, si se toma literalmente, es engañosa: los datos factuales nunca son datos, se construyen (la placa debe ser preparada). Y sin embargo los hechos están ahí, ahí fuera, out there: una expresión que, en el clima de deconstrucción escéptica que ha marcado por decenios a las universidades estadounidenses, donde yo casualmente enseñaba (me refiero a las humanidades y a las llamadas ciencias sociales) ha terminado por adquirir un sonido casi provocador. Mi abuelo fue un ejemplo viviente de la cultura positivista. Los discursos vaporosos, carentes de fundamento (o que le parecían tales) despertaban todas sus furias. “Traduce estas tonterías [debe haber dicho “simplezas”]: yo no entiendo nada”, le gritó a Cesare Musatti, también él escondido durante la guerra cerca de Ivrea, tirando un libro sobre la mesa. Se trataba de Tipos psicológicos, de Jung, que Adriano Olivetti (por sugerencia, imagino, de Bobi Bazlen) le había confiado a mi abuelo que tradujese. Pero incluso el freudiano Musatti se mantuvo a distancia de él.

Y sin embargo no quisiera dar la impresión de que mi abuelo era una persona predecible. No lo era en absoluto. Alguna vez me contó que cuando fue a la India de joven, se encontró con un faquir. El faquir había levantado el brazo (recuerdo el gesto de mi abuelo mientras contaba) y una palmera había salido del suelo. Pero, ¿cómo es posible?, le pregunté incrédulo. (La historia me pareció increíble, y más increíble aún que fuera él quien la contara). Mi abuelo se encogió de hombros. Hoy reconozco en esa reacción silenciosa un testimonio de la actitud de la que hablaba antes: un profundo respeto por los hechos (es decir, por los que se presentan como hechos al observador) extendido también a los hechos inexplicables. La investigación se nutre del saber y del no saber, del entender y del no entender: también creo que esto lo aprendí de mi abuelo, Giuseppe Levi.

Testimonio leído en la Conferencia dedicada a Giuseppe Levi de la Academia de Ciencias de Turín el 24 de febrero de 2011, publicado en la revista “Medicina nei Secoli-Arte e Scienza” 30-1 (2018). Traducción: Patricio Tapia.