¿Por qué el arte contemporáneo tiene una marcada debilidad por el horror? Es el tema del que se ocupa Maggie Nelson en un libro recientemente traducido por el sello español Editorial Tres Puntos, sobre ese arte y artistas para quienes la crueldad es el medio y el mensaje, según comenta la crítica Parul Sehgal.

Maggie Nelson (Fotografía: Kirk McKoy / Los Angeles Times)

Vaya a un departamento. Destrócelo completamente. Quítese la ropa. Úntese con sangre, átese las muñecas e inclínese sobre una mesa. Espere a que sus amigos descubran su “cadáver”.

¿Es demasiado?

Vaya a una acera. Tome un balde de “sangre”. Salpíquela. Escóndase. Mire a la gente mirando la “sangre”.

¿Cuánto es demasiado?

El arte de la crueldad.
Maggie Nelson.
Editorial Tres Puntos, Madrid, 2020, 304 pp.

Este es el arte del horror de Ana Mendieta, la artista de performance cubanoamericana; los escenarios están tomados de Rape’s Scene y People Looking at Blood, Moffitt, ambas de 1973. Mendieta es una del batallón de pintores, cineastas y novelistas analizados en El arte de la crueldad, un libro serio pero disperso de la poeta y crítica Maggie Nelson. Nelson escribe sobre artistas para quienes la crueldad es el medio y el mensaje, el tema y el método: piense en los trozos de carne y los rostros abiertos a tajos de Francis Bacon, las inquisiciones de salón de las novelas de Ivy Compton-Burnett, las pesadillas de antes de la Guerra de Secesión de Kara Walker, las diversamente apaleadas, humilladas y descuartizadas «heroínas» de las películas de Lars von Trier. Mendieta, escribe Nelson, “llamaba la atención, a través del horror, sobre un horror al que no se le prestaba atención suficiente. Pero su compulsión por recrear la escena [sobre la violación] (¡no una, sino dos veces!) y aterrorizar a un público involuntario (¡no una, sino dos veces!) complica cualquier gesto feminista simple de ‘mira qué malos son la violación y el asesinato’”. Es esta complicación, este ritualismo, las motivaciones oblicuas y el eludir el sadismo, lo que fascina a Nelson y hace que la obra de Mendieta sea “tan formidable”.

Este es un libro nacido de una época determinada. Las fotografías de Abu Ghraib están muy presentes en la mente de Nelson. En un mundo donde la crueldad es tan común, Nelson pregunta, ¿por qué recurrimos al arte por facsímiles? ¿Ver el sadismo representado puede enseñarnos algo sobre la crueldad? (Respuesta de Nelson: Quizá). ¿No nos hará más brutales la exposición prolongada a la brutalidad? (Muy posiblemente). Lo más importante, ¿podemos llegar a una definición de qué tipos de representaciones de crueldad son “valiosas” y cuáles son gratuitas o francamente peligrosas? (Absolutamente.)

Abu Ghraib

Así que ingresamos imaginaciones violentas, en el arte que se soporta en lugar de disfrutarse, cuyas solas descripciones pueden aterrorizar (por ejemplo, la serie de Jenny Holzer sobre la violación como arma de guerra, “Lustmord”). Nelson intenta organizar sus investigaciones bajo categorías amplias y evocadoras: una sección llamada “Infligido”, por ejemplo, estudia por qué algunos artistas dan un significado dramático, con un, en palabras de Ionesco, “golpe aporreador”. Sobre cada escritor o pintura, ella es coherente, pero el argumento general es fortuito. Juego del luche de lo “infligido” desde imaginería de espadas en el Nuevo Testamento y el budismo, pasando a través de Kafka, Brian Evenson y Wittgenstein, luego se mueve a las imágenes de la vagina, un análisis de la novela Verónica de Mary Gaitskill y la afirmación de que la prosa de algunas escritoras contemporáneas es “más feroz en forma y efecto a menudo que sus contrapartes masculinas”. Es como leer un Tumblr lleno de publicaciones tenuemente conectadas, una maraña de pensamientos y observaciones de otras personas.

Lo que queremos son más de los comentarios más directos de Nelson, como cuando describe a la autora Jane Bowles así: “Como muchos artistas de la crueldad, [Bowles] no es ninguna filósofa. Vaga errabunda por un mundo de globos, armada con un alfiler”. Nelson rápidamente resume a Neil LaBute como “carente de carácter” y observa de Kara Walker y Sylvia Plath: “Ambas están en apariencia más cautivadas por la psicología —y la erótica— de la opresión que de la liberación”. Sus generalizaciones pueden sonar tan ciertas que son como escuchar tus propias verdades a medio entender puestas en la boca de alguien más.

¿Podemos llegar a una definición de qué tipos de representaciones de crueldad son “valiosas” y cuáles son gratuitas o francamente peligrosas?

Pero esta cualidad de pensamiento se oculta con demasiada frecuencia detrás de un marmóreo e impermeable estilo de teoría académica. Esta voz no es algo natural para Nelson, pero ella la adopta, sin embargo, para sofocar una sospecha sobre argumentos bellamente elaborados, esto es, que es difícil saber cuándo son falsos. Así que ella elige —en detrimento suyo— construcciones rococó para sus oraciones. Por ejemplo: “¿De verdad vivimos bajo los auspicios de estas amenazas opuestas o es la repetición de estas la muestra principal de nuestras opciones ontológicas (y nuestra aquiescencia irreflexiva a tal formulación), que actúa como verdadera amenaza a nuestra vitalidad, a nuestra experiencia plena del espacio enorme entre esos dos polos —un espacio que, al final del día, es donde tienen lugar nuestras vidas—?”.

People Looking at Blood, Moffit (1973), de Ana Mandieta.

La ambigüedad es una característica clave del arte de la crueldad. Cuando miramos People Looking at Blood, Moffitt, no estamos seguros de cómo encajamos en el cuadro. ¿Quiénes somos, los conspiradores de Mendieta? ¿Sus testigos? ¿Sus víctimas? Es como escribió el crítico M. L. Rosenthal sobre los poemas de Sylvia Plath: en ellos, Plath es “la víctima, la asesina y el lugar del horror, todo a la vez”. Lo que necesitamos que nos dé un interlocutor en este mundo es atención a los matices, ciertamente, pero, sobre todo, claridad. Aquí, en cambio, tenemos un montón de cláusulas y calificativos y un recorrido agitado por el arte y la política contemporáneos. Como un docente despiadado, Nelson nos apresura: no podemos perder el tiempo con Diane Arbus; están James Frey, Sonia Sotomayor, Hugo Chávez, J. L. Austin, Alexander Trocchi y los Yes Men por los que hay que pasar. Rápido, rápido.

Ella está en su mejor punto cuando se permite demorarse. Cuando medita sobre cómo, por ejemplo, las obsesiones de Mendieta se intersectan con su política o la torsión en la relación artista-espectador. Nelson es tan contundente en este último punto —reflexionando sobre cómo los artistas de la crueldad atraen nuestra atención incluso cuando se esfuerzan por ofendernos y aterrorizarnos— que es una lástima que elija no involucrar más al lector en su propio libro, para exigir, como lo hace Mendieta, nuestra atención y complicidad. Ella está aquí para lidiar con la crueldad. Nosotros estamos aquí para mirar. Pero Nelson mantiene a raya al lector. El arte de la crueldad fue inicialmente un curso universitario, y el libro conserva un aroma a seminario particularmente exigente. Pero no podemos participar ni hacer preguntas. Nos desplomamos en una somnolienta reverencia mientras Nelson carga el siguiente juego de diapositivas.

[Reseña aparecida en Bookforum (2011). Se traduce con autorización de la autora y de la revista. Traducción: Patricio Tapia].

Parul Sehgal

Parul Sehgal es crítica literaria. Creció en la India, Hungría, Filipinas y el norte de Virginia. Estudió ciencias políticas en la Universidad McGill en Montreal y en la Universidad de Columbia, Nueva York. Es crítica literaria en The New York Times y ha escrito para Bookforum, Slate, Tin House, Literary Review, The Irish Times, entre otras publicaciones. Ganó el premio Nona Balakian del Círculo Nacional de Críticos de Libros de 2010.