El diputado de las Provincias del Maipo, Talagante y Melipilla, de la Región Metropolitana, miembro del Partido Unión Demócrata Independiente (UDI), elige para Ojo en Tinta 3 libros que considera fundamentales en su formación política. «Me gusta leer de todo un poco —explica Jaime Bellolio—. Usualmente leo un libro político y uno más literario. Así, son muchos los libros que han influido en mi pensamiento y reflexión política, pero me atrevo a nombrar tres que he usado recurrentemente en los últimos años».

Teoría de los Sentimientos Morales, de Adam Smith (1759)

De Smith suele ofrecerse una caricatura sobre un pasaje de su libro mas conocido, La riqueza de las naciones, de donde se le desvirtúa suponiendo que “la mano invisible” es una especie de laissez faire donde el egoísmo se transformaría en virtud. Pero nada mas alejado de la realidad. En Teoría de los Sentimientos Morales, Smith plantea que es la empatía —y no el egoísmo— una fuente importante de la reflexión sobre el actuar ético, alejándose de las doctrinas utilitarias puras. Crea el imaginario de un “espectador imparcial” de manera de poder evaluar la justicia de las acciones, alejado del interés personal, que pudiese sesgar la evaluación de nuestras propias acciones. Al mismo tiempo, aboga por la existencia de mínimos normativos —mínimos éticos— que son necesarios para el normal desenvolvimiento en sociedad. Sólo así, y recién con ello, es que “la mano invisible” puede producir el resultado deseado. 

Este libro lo escogí por la importancia de tener un pacto social que nos permita vivir en comunidad.

Sobre la Libertad, de John Stuart Mill (1859)

Sí, como ya queda claro, me gustan los filósofos del liberalismo clásico, y en esta pieza maestra de Mill, se discuten tensiones que nos siguen dividiendo y haciendo reflexionar y discutir, como son los límites de la libertad individual y de la sociedad, libertad y autoridad (estado). Especialmente notables para nuestra época son sus pensamientos sobre la importancia de la libertad de pensamiento y de expresión, que hoy son acechadas por lo políticamente correcto, por las funas y otras formas de violencia que intentan censurar a priori y hacer marginal un pensamiento diverso y crítico.  Así, según Mill, sería peor la “tiranía de la mayoría” que la tiranía de un propio gobierno, toda vez que con la primera se alcanzaría una censura en todo ámbito, que podríamos traducir a la actualidad en un totalitarismo.

También, su idea de libertad cuyo limite está en la acción de “no daño” es una guía para evaluar muchas de las políticas que discutimos, aun cuando yo ajusto dicha máxima a la idea de que la libertad tiene límite en la dignidad de un tercero.

Este libro lo escogí por la necesidad de promover y defender la libertad a diario, en especial en tiempos turbulentos donde la capacidad crítica suele ser acallada bajo la violencia.

1984, de George Orwell (1949)

Orwell en su genialidad, nos plantea un mundo distópico, pero que él mismo sufrió. Tanto este libro como La granja de los Animales son descripciones y críticas muy duras sobre la idea de un totalitarismo comunista y gobierno de partido único (la imagen del Gran Hermano es la referencia permanente a Stalin, Goldstein de Trotsky, Winston Smith de Churchill, entre otros). Crea en 1984 un mundo oscuro donde la violencia de estado aplaca todo ámbito de las personas para prohibir toda intimidad y libertad de pensamiento.  A través de sus páginas, relata como el Ministerio de la Verdad reescribe la historia para ajustarla a lo que le conviene al Gran Hermano, el Ministerio de la Paz es el encargado de generar permanentemente conflictos y guerras, el de la Abundancia solo provee escasez en una planificación central, y el Ministerio del Amor practica la tortura y lavado de cerebro —la habitación 101 es clave— para que sólo puedan amar al Gran Hermano.

Este libro lo escogí porque en época de pandemia se renuevan con fuerza las ideas centralizadas —o de hiperestatización— y de hipervigilancia, bajo el argumento de seguridad y protección. Quizá lo que nunca previó Eric Arthur Blair —verdadero nombre de Orwell— es que las cámaras o aparatos de vigilancia no iban a ser instalados por otros, sino que los íbamos a comprar nosotros mismos.