El escritor peruano ganó con su libro Persona el Premio Nacional de Literatura de su país en la categoría de no ficción. Lo presentará el día jueves 8, en la Filsa. El día anterior presentará allí mismo un libro de cuentos y tendrá un diálogo en el Museo de la Memoria. Agüero ha sido una voz importante en el debate sobre la memoria y la violencia política en Perú.

En Persona, su libro más reciente, José Carlos Agüero recuerda unos versos de Jorge Teillier: “Para hablar con los muertos / hay que saber esperar: / ellos son miedosos / como los primeros pasos de un niño”.

Como hijo de dos miembros de Sendero Luminoso, ejecutados sin juicio, Agüero ha hablado con los muertos. Su padre murió en una de las matanzas en los penales del Perú (en la isla El Frontón), en 1986; su madre fue asesinada en 1992.

Persona
José Carlos Agüero
Editorial FCE, Lima, 2017, 194 pp.

En su caso, la asociación de la intimidad y la política resulta casi inevitable. Historiador, poeta y narrador, colaborador en la Comisión de la Verdad y Reconciliación de su país, algo sabe de la época del terrorismo, llamada por el Estado peruano “Conflicto Armado Interno” (1980-2000). Y conoce bien el fanatismo, la crueldad y la barbarie, por lado y lado, porque ha sido sumamente crítico con la violencia ejercida por Sendero Luminoso. En Los Rendidos. Sobre el don de perdonar (IEP, 2015), un libro entre el testimonio y el ensayo, da cuenta de su experiencia como hijo de senderistas.

Persona (FCE, 2017) es una meditación sobre los restos de las víctimas de la violencia en Perú. El libro mismo parece estar hecho de pedazos: prosas fragmentarias, aforismos, poemas, incorporando además fotografías, mapas, dibujos, documentos variados.  Es también un ataque a la construcción de los relatos épicos, con sus héroes y sus mártires. La visión es desolada, pues el autor no cree en la romantización de los que han perdido (“Ser vencido no es un argumento para solventar un valor”) ni ve muchas formas de alivio.

—En su caso, la reflexión sobre la memoria no es una cuestión académica.

—No es solo una reflexión académica. Pero sí es una reflexión. Creo que hoy no deberíamos conformarnos con recordar, reclamar, reaccionar o emocionar. Hay que pensar. Nada debe escapar a nuestro escrutinio. Sobre todo nuestros supuestos, nuestras consignas y nuestros lenguajes.

—Ser hijo de senderistas o haber militado en Sendero Luminoso no ha de haber sido algo muy excepcional en Perú. Usted hace un duro juicio ético y político de sus acciones, incluidas las de sus padres.

—Las comunidades políticas que nos ha dejado tanta violencia no requieren de nosotros que seamos buenos hijos. Necesitan que intentemos ser ciudadanos. Algo muy básico. Es un trabajo, un padecer laborioso que no necesita que invoquemos herencias o linajes, necesita que inventemos relaciones nuevas con los prójimos.

—En los crímenes contra los derechos humanos, ¿se puede ser culpable y víctima a la vez?, ¿o estas categorías no bastan?

—Las categorías se articulan en un discurso donde adquieren su sentido. La violación de derechos es importante en nuestra noción actual de justicia, que se enfoca en el daño o el bien jurídico afectado. Un policía por ejemplo, puede cometer tortura por la mañana y por la noche ser secuestrado por un grupo subversivo. Son dos fenómenos que deben ser procesados separados. En el ámbito de la justicia no se analiza a las personas, sino los actos que cometen o los que sufren.

Pero estas categorías pueden resultar insuficientes si no queremos solo castigar. Si lo que buscamos es comprender los procesos sociales, este policía, ¿es excepcional o su acto nos dice algo de su época, de sus colegas, de su cultura de trabajo, de grupo, de generación? Este policía ¿torturó sólo porque es un perpetrador en sí? ¿Basta para nuestra reflexión saber que es culpable y que formó parte de una cadena de represión? ¿No nos conviene preguntarnos si en su actuación intervinieron su educación, la tradición, el sentido del deber, del patriotismo, la mirada de los pares, cierta noción de lo masculino, etc.? Y más aún, ¿no nos interesa saber qué sintió, si tuvo opciones, qué le sucedió al torturar un cuerpo, en qué se convirtió? ¿Cómo vive hoy? ¿Cómo nos parecemos a él?

Muchos vecinos nuestros van por allí culpables, compran el pan en la esquina, suben al bus, compran el diario, y vivieron y viven una situación bastante similar a la de este personaje policía o militar “ficticio”. O a las de miles de guerrilleros que sembraron de muertos el continente por sus causas justas y revoluciones. Y podemos presentir que compartimos con todo ellos algunas cosas, sino muchas, demasiadas ¿No nos interesa conocernos mejor?

—Las amnistías pueden ser formas de impunidad y las víctimas hablan de “ni perdón ni olvido”. ¿Usted cree que sí se puede perdonar?

—Los actos desde el poder para generar impunidad no tienen nada que ver con los procesos o reflexiones vinculadas con el perdón. Son violencia vulgar. Y deberían ser llamados así: formas masivas de encubrir a grupos de poder y sus cómplices.

Pero sí creo que la libertad individual debería tender a no ser limitada. Por tanto, nada debería presentarse ante ella como prohibición absoluta. Ni siquiera un crimen elevado a entenderse como límite de lo improcesable por nuestra naturaleza, como lo son los delitos de lesa humanidad. En teoría no hay “imposible” o “impensable” para la libertad. Si así fuera, tendríamos que reconocer que nuestra historia moral como especie ha llegado a su culminación.

—Pero eso es muy teórico.

—La libertad necesita condiciones para poder expresarse. Creo que esa es una responsabilidad nuestra como ciudadanos, luchar por ampliar siempre, las condiciones para ejercer nuestra libertad creativa y hacerla en relación con los prójimos. Si hoy prima la vigilancia, la censura, el miedo, la humillación, la impunidad, entonces las condiciones para poder ejercer la libertad potencial de perdonar no existen. Si esto cambiara, quizá podríamos realmente optar por perdonar o no hacerlo. Y ambas opciones serían expresiones menos sujetadas de un juicio individual, propio.

—En “Persona”, se enfoca en los restos físicos de las víctimas de la violencia. “La memoria no es una batalla de discursos y simbolismos”, dice. “Son tus dientes, tus caries, las muelas que te faltan”.

—Es una manera de decir que no todo es memoria. Que apelar a la memoria como un mantra nos impide ver otros aspectos de la realidad relacionada con la violencia. Si lo que pasa es que te duele la pierna que no tienes, eso no es memoria, tiene que ver con medicina, técnica, vida cotidiana, trabajo, comunidad, pobreza, subjetividad. Si tienes prótesis, si visitas una tumba vacía junto a un río, si los huesos que te entregaron no sabes qué son, no es memoria, no es la inmediata materia prima para los traductores culturales. Es que te falta una pierna, te duele el muñón, te pica la cicatriz, te hastía la fila ante una oficina eterna para recibir una caridad burocratizada a la que hemos devenido todos en llamar “reparación”. Tiene que ver más con el presente que con recuerdos y su sublimación.

—El libro mismo parece estar hecho con retazos. ¿Por qué optó por esta forma?

—Quiero decir que el sujeto es una incertidumbre, su cuerpo, su tiempo, su duración, su futuro y su suerte. Tener todo articulado, estructurado, es una fantasía a la que nos hemos avenido demasiado pasivamente.

—Un punto recurrente es cuestionar la apropiación épica o heroica de los hechos violentos en historias que implican “culpables” y “víctimas”, ambos “héroes” para sus respectivos grupos.

El discurso heroico es una matriz fuerte, que comparten izquierdas y derechas del mundo. Funciona para organizar fatalmente el tiempo, que interpreta hacia atrás todo como una necesidad, en gran parte como una virtud. Las muertes siempre serán justas porque justa es la cruzada. Por eso creo que lo que necesitamos es repoblar nuestros pueblos de gente, de ciudadanas y ciudadanos, no de héroes.

Creo que lo que necesitamos es repoblar nuestros pueblos de gente, de ciudadanas y ciudadanos, no de héroes.

—También cuestiona la utilización “artística”. Pero no siempre es frívolo convertir estos sucesos en un hecho estético, ¿no? 

—Hacer cultura de la barbarie es algo sobre lo que tenemos que pensar más todos. No se trata solo de si a veces sale bien y otras mal, o si a veces hay procedimientos más participativos y en otros más tradicionales, más utilitarios. Creo que no nos gusta pensar que en nuestra práctica supuestamente crítica quizá esté inscrita de partida, de modo esencial, una clave violenta.

—Critica, por otra parte, los juicios morales retrospectivos. Imagina a un delator bajo tortura y cómo podría tildarlo de cobarde hoy alguien en la comodidad de una oficina en la que acabó sus días de exguerrillero;  otro piensa: “Escribiré un ensayo sobre la traición”, bajo el entusiaismo de la industria de la memoria.

—Es una de las funciones del discurso heroico. Si todo es una épica, nos obliga a narrar a los sujetos en términos de bandos, de héroes y villanos, de altas reglas de conducta, olímpicas, donde cuestiones más sencillas como la comprensión de la vida real de un sujeto corriente, con sus miserias, no cabe. Un guerrillero que habló en la tortura será un traidor porque habrá quebrado un pacto sagrado, una racionalidad feroz y orgullosa. No se hablará de él, sino de su arquetipo. Usando este discurso heroico no nos podemos detener a pensar (y pensar en serio es compartir) en su mente y su cuerpo molidos, en su dolor, en su desesperación, en su miedo, en su sentimiento de culpa, todas cosas reales, tremendamente concretas. Pero que simplemente serán obviadas.

—Dice que la culpa se hereda. ¿Cómo?

—Se hereda sin desearla. Porque sobra culpa en el mundo. Hay que pensar qué hace que un hijo de senderista o un hijo de militar, que no han hecho directamente nada, sientan que cargan con algo de responsabilidad. No basta negarlo con respuestas psicologistas o el sentido común. Todos sabemos que la culpa objetiva no es de los hijos. Pero es innegable que algo se transfiere. Y actúa sobre mucha gente. En vez de negarlo, hay que reflexionar sobre qué significa y cómo se articula a otras temas como el estigma, el secreto, el tabú, la ausencia de nuevas relaciones con la comunidad, con las instituciones, con la identidad, etc.

 —Propone el silencio…

—El silencio sí, porque así quizá le podamos prestar atención a otras cosas que no seamos nosotros con nuestras demandas y pesares. Si guardamos silencio un momento sonarán los que no han tenido la suerte gris de ser personajes notables de estas historias infames. Sonarán los ausentes. Los desaparecidos sin aura. Los muertos vergonzantes. Los restos apestados. Los cuerpos que no serán hallados nunca. Todo ese enorme montón de exgente que ahora es el paisaje. Y que no nos entrega consuelo. Que nos lo pide.

Actividades en Chile

 

El miércoles 7, Agüero presentará en la Filsa, a las 17 horas , junto con su compatriota Andrea Lértora, su libro de relatos Cuentos heridos. A las 19 horas en el Museo de la Memoria mantendrá un diálogo con Javier Rebolledo.

El día Jueves 8, a las 18 horas, presentará en la Filsa su libro Persona. Participarán Lucero de Vivanco, Tamara Vidaurrazaga y Raul Zurita.

El viernes 9 estará en Temuco, en la Universidad de la Frontera.