«La pasión y la condena» fue el nombre de la conferencia que el mexicano Juan Villoro realizó al inaugurarse el III Festival Puerto de Ideas en Valparaíso, el 8 de noviembre de 2013. La editorial de la Universidad de Valparaíso publicó el texto de Villoro y acá seleccionamos algunas de sus reflexiones.

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La pasión y la condena.
Viaje en torno a una mesa de trabajo.

Juan Villoro
Ediciones Universidad de Valparaíso
2014


«Escribir es un devaneo hacia una meta ignorada».


«La vocación literaria comienza por asumir que la escritura es un problema. La página en blanco no se supera por medio de un dichoso automatismo. Hay que escoger entre una palabra y otra, eliminar repeticiones, evitar la rima involuntaria, esquivar el adverbio estruendoso y el adjetivo exagerado, encontrar el tono justo, colocar una alusión que evite la literalidad, crear «valores entendidos»».


«Pero el autor está y no está en su lugar de trabajo. El decorado le resulta innecesario e incluso distractor. Ciertos autores buscan la incomodidad para sentirse mejor. Günter Grass escribe de pie para sentirse mejor. Friedrich Schiller colocaba manzanas podridas en un cajón para que ese afrutado y fragante deterioro le creara la sensación de estar en otro sitio».


«El primer aprendizaje de un autor es que los libros no quieren ser escritos. Se resisten, sacan las uñas, muerden. Este rechazo repele, pero también cautiva. Nada más placentero a fin de cuentas que lo que se conquista con dificultad».

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Foto: Patricio Contreras

«No hay garantía de que lo escribimos tenga calidad certificada. Recuerdo una conversación con Roberto Bolaño en la que llegamos a la siguiente conclusión: la única prueba confiable de que un texto «estaba bien» ocurría cuando nos parecía escrito por otro. Esta repentina despersonalización permite la autonomía necesaria para que una obra respire por cuenta propia».


«Los recursos de corrección de la computadora eliminan la obligación de reescribir la página entera; basta señalar una palabra para cambiarla. Para quienes pertenecemos a una generación acostumbrada a «pasar en limpio», esto cancela las variantes que sólo aparecen en la pausada reescritura, con el juicio crítico que subyace en la yema de los dedos».


«Una equivocada exaltación romántica ha llevado a algunos colegas a elogiar a Roberto Bolaño como un mártir que cambió la escritura por la vida. Esto es falso, no sólo porque la biografía y la obra de Bolaño fueron una contundente afirmación de la vida, sino porque narrar es una manera de vivir que puede deparar emociones más plenas e intensas que las provocadas por los hechos y la espuma de los días».

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Foto: Patricio Contreras

«El derecho a leer malos libros es esencial a la formación del lector. Pero también beneficia a quien, habiendo aquilatado complejas formas del placer, de pronto necesita los inciertos placeres de una obra menor».


«La pasión y la condena del artista, y el vicio de sobrellevarlas, conducen a un manejo irregular de las emociones, que puede sumir en la locura (Strindberg), depender de los estímulos transitorios de la droga o el alcohol (Burroughs, Lowry), apoyarse en insólitas manías (Proust), llevar al ostracismo (Salinger) o ser a válvula de escape de un burgués convencional (Mann)».


«La escritura puede llevar al dolor y la demencia y las más variadas versiones del quijotismo, pero también contribuye a sobrellevar el peso del mundo y recuperar la cordura».

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Foto: Patricio Contreras