Perder teorías
Enrique Vila-Matas
Editorial Kindberg


Enrique Vila-Matas es uno de mis escritores favoritos. Las frecuentes recomendaciones de Roberto Bolaño en su libro de ensayos Entre paréntesis fueron una importante puerta de entrada para su literatura. Este enlace literario me llevó a Suicidios ejemplares, un clásico del universo vilamatiano donde todos los personajes habitan un abismo de desesperanza y desolación. Después de esa lectura, comencé a comprar, buscar y leer todo lo de Vila-Matas. Me obsesioné, o en palabras de uno de sus personajes, el Doctor Pasavento, me enfermé de literatura. Pensaba que tenía todos sus libros, pero una vez, revisando su biografía me sorprendí al saber que me faltaba Perder teorías. Fui a todas las librerías de Santiago y la respuesta siempre fue la misma: ese libro nunca llegó a Chile. Lo encargué a España y después de meses me dijeron que estaba agotado; los pocos ejemplares que sacó Seix Barral no fueron suficientes. Me olvidé o creí que me olvidé, sin embargo, cada madrugada que miraba mi biblioteca y enfocaba la vista en los textos de Vila-Matas había un espacio, pequeño, esperando por el texto que faltaba… Las esperanzas no tenían cabida, el libro no llegaría, el espacio seguiría aguardando, pero mientras tanto me conformaba con un video en París donde el español hablaba de la novela que no tenía:


Recientemente reeditada por editorial Kindberg, Perder teorías narra el viaje de un escritor a la ciudad de Lyon para dar una charla sobre ficción y realidad. En el aeropuerto lo recoge un taxista al que después de diversas imprecisiones le termina diciendo: “Seguramente usted cree que un escritor no trabaja. Es más, seguramente usted cree que un ejecutivo, por ejemplo, o un político, se dedican a algo importante, pero que un escritor, en cambio, no es algo que pueda tomarse en serio, ¿no es así? (21).

Ya en su habitación de hotel, se dedica pacientemente a esperar a la comitiva organizadora del simposio para que le indiquen las actividades a las que debe presentarse al día siguiente. Las horas transcurren, el reloj no se detiene y nadie aparece, en este contexto dicta su primera teoría: “Si lo pensaba bien, mi vida podía ser descrita como una sucesión de expectativas. En realidad, siempre había sido un esperador” (25). Lejos de querer seguir esperando —si es que, en palabras de Vila-Matas, la vida no es ya una constante espera— sale a recorrer el centro de Lyon; luego de caminar por el casco histórico, compra en un quiosco una revista de literatura que contiene un artículo que realizó sobre la obra de Julien Gracq. Lee el escrito como si nunca lo hubiese escrito, como si estuviésemos en una ciudad de cristal donde uno siempre será otro. En los márgenes de la revista realiza anotaciones, llegando a enunciar —para posteriormente desarrollar— los cinco rasgos esenciales de las novelas futuras:

1. La “intertextualidad” (escrita así, entrecomillada).
2. Las conexiones con la alta poesía.
3. La escritura vista como un reloj que avanza.
4. La victoria del estilo sobre la trama.
5. La conciencia de un paisaje moral ruinoso”.

El año pasado editorial Kindberg editó la novela Mis dos mundos de Sergio Chefjec, y me parece que la elección de Perder teorías (su segundo título) no es azarosa y está relacionada con un proyecto de continuidad. En ambos textos, los personajes se encuentran en un hotel de una ciudad que desconocen, con la televisión encendida y aprontándose para recorrer sus calles. De hecho, ambos protagonistas narran un sueño que tuvieron durante la madrugada que se desprende del momento de incertidumbre y espera que están atravesando. Si llevamos las novelas a la superficie, sacándolas de la ficción, observamos una escritura similar, un producto donde se desdeña la trama y se erige el estilo (punto número cuatro de la teoría de la novela), un lugar donde las plumas se confunden y mimetizan, como si algunos pasajes de la novela del español las hubiese escrito el argentino.

Perder teorías es una joyita extraviada que la literatura agradece que haya sido re-encontrada. Expone la vigencia de Vila-Matas, la importancia de su escritura y el carácter de imprescindible que tiene en las letras contemporáneas, sin embargo, esta novela —si es que la podemos encasillar como novela— no es la mejor puerta de entrada para su universo literario. Quien la tome como su lectura de inicio podría considerarla compleja —a ratos lo es— y pretenciosa. Por lo mismo, hay que entenderla como uno de los últimos eslabones de una cadena narrativa que se construye como un puzle en el que Vila-Matas selecciona las piezas.

Ricardo Piglia, Javier Marías, Franz Kafka y Robert Louis Stevenson, son algunos de los escritores que cita Enrique Vila-Matas para construir su teoría sobre las novelas del futuro, es decir, hay un incesante proceso de intertextualidad (punto número uno de sus postulados) con los que respalda sus arriesgadas hipótesis en torno a la narrativa venidera. Sin embargo, la propuesta —que no enumera— que atraviesa todo el escrito, es la pregunta por nuestra condición de esperadores eternos que atraviesa toda nuestra existencia.

Como si al final del camino la única certeza que podemos tener, es que tuvimos una vida donde la espera siempre se cambió por más espera.