El filósofo chileno Humberto Giannini publicó en 1987  «La reflexión cotidiana: Hacia una arqueología de la experiencia», título que el año 2013 reeditó Ediciones UDP. En este libro, Giannini reflexiona sobre lugares cotidianos, como el domicilio, la calle, el trabajo y la plaza. Reproducimos íntegramente su texto sobre el bar, un lugar en el que, para Giannini, se pueden poner en juego los fundamentos de la existencia.

Bar La Playa, Valparaíso.

“Pidamos otra cerveza, aunque no sea más que para quitar el mal sabor del recuerdo”
Juan Rulfo, Luvina.

Imaginémoslo vagando por un pueblo desconocido, miserable, fantasmal; tal vez haciendo hora para pescar el bus interurbano. Pero quién dice que allí exista un bus interurbano, y no tenga que ingeniárselas para convencer al taxista del lugar, a que lo lleve más al interior aún, a una aldea metida quizá dónde entre esos cerros de allí, y a la que el joven maestro ha sido destinado.

Perdido, imaginémosle ahora entrando en la cantina del pueblo, y, para ganarse el derecho a las preguntas, plantarse con una cerveza frente al mesón. Esperar paciente el momento propicio…

En ese punto empieza el relato «Luvina» de Rulfo.

Prescindamos de la maestría de quien lo relata: lo que allí se dice, modo de decirlo, ritmo, no podrían ocurrir en cualquier sitio. El estilo pertenece a un espacio y a un tiempo marginados del mundo (del quehacer). Pertenece al bar, a la cantina. Y es sobre este aspecto que vamos a hacer unas cuantas reflexiones; una suerte de fenomenología.

Por lo tanto, la marginalidad es también un carácter de su estructura interna: en el bar no hay centro alguno que arme y configure su espacio interior (ni hablar de un tiempo común). Todo está, por decirlo así, desfocalizado; todo tiende a convertirse en rincón, a arrinconarse. De tal modo que al entrar, lo primero que se percibe es el murmullo de voces de muy distinta procedencia espacial, de muy “distintos tiempos” (ritmos): núcleos de comunicación, arrinconado cada cual en lo suyo, pequeños universos conversatorios cerrados.

Alguien los ha llamado con acierto “núcleos confesionales”. Y la imagen es rica por cuanto lleva a descubrir por ese camino el significado más íntimo y esencial de lo que ocurre en la cantina.

Y pensando en la naturaleza, en la atmósfera “confesionales” e incluso en la forma de un bar típico, como podría ser el bar en que imaginábamos se instalan a conversar los personajes de “Luvina”, o uno de los tantos que sobreviven en la calle San Pablo, por ejemplo, en Santiago, parece que la imagen del templo con que se le ha bautizado no resulta en absoluto pertinente.

Pero, agreguemos, de un templo en esa semipenumbra que antecede o sigue a los oficios; antes o después de que las almas penitentes se encuentren, unánimes, convergiendo hacia el altar. Un templo antes de volverse ecclesia (el lugar físico de una experiencia común).

En la semipenumbra y en el rumoroso silencio de los rincones de un bar no hay convergencia fuera del núcleo confesional. Cada núcleo parece estar sumergido en búsqueda tan intensa, tan vital, de una comunicación verdadera que no da cabida a trascendencia alguna. Cada núcleo permanece espacialmente inexpugnable.

Pero, tampoco hay cabida en el círculo penumbroso confesional para los relojes, es decir, para la irrupción del tiempo mundano con su regularidad fragmentaria y huidiza, con su objetividad ilusoria. El del bar es un tiempo cualitativo, indivisible, por tanto; o que en todo caso sólo puede ser medido por la cualidad íntima que lo genera. Así, por ejemplo, “conversarse tres botellas de vino”, es, de un modo muy real, expresar cualitativamente la temporalidad que se da en esa dimensión (estrictamente cualitativa).

Hasta aquí una mirada extensiva, topológica al fenómeno “bar”. Simbólica, además.

Sería preciso examinar en seguida hasta qué punto esta topología la sustente una estructura real; qué conceptos corresponderían stricto sensu a las imágenes sugeridas en esta primera visión totalizante.

Es cierto que la estructura del bar y su naturaleza recuerdan muy directamente la experiencia religiosa de la confesión.Y es aquí donde la analogía entre templo “de la conversación” e iglesia parece ganar cierta profundidad.

Dejemos, pues, atrás rasgos sintomáticos como el de la omnipresencia de los rincones, el de la penumbra atmosférica, la detención de los relojes, etc. Para seguir con la analogía matriz, lo que ocurre en el bar es un cierto estado de comunión. O, visto desde la perspectiva de “las transgresiones del lenguaje”, representa una comunicación que anhela ser esencialmente comunión. Este es el punto clave.

Ahora bien, tal estado de comunión aparece como en dos planos absolutamente discontinuos (una discontinuidad semejante a la que existe entre templum y ecclesia) y que afecta a su estructura espacial, visible (sin centro). Veamos ahora estos dos planos:

De uno de ellos hemos hablado a propósito de los núcleos confesionales: en cada núcleo, en cada mesa aislada quien está frente a nosotros anhela trascender allí, en el círculo mágico de la conversación, el rol que la rutina le ha endosado: ser “mero compañero de trabajo”, ser “mero cliente”; incluso, ser “mero hermano”, ser “mero padre”. Trascenderlo, tal vez, a fin de conquistar su sentido verdadero; o mejor, a fin de rescatarlo como decíamos en otra parte, de las demoliciones de un tiempo lineal y heracliteano. Así, pues, ésta en el bar, es búsqueda de un tiempo perdido: el tiempo de las cosas no dichas; el tiempo de los sueños sofocados; el tiempo que, por pura falta de tiempo, se nos ha vuelto casi inconfesable.

Tal búsqueda —búsqueda de un tiempo común— supone o exige más bien, lo que antes nos parecía sólo un signo o un síntoma del fenómeno global: exige la “puesta en estado de penumbra” del mundo, con sus trajines y proyectos, la abolición del tiempo que se devora a sí mismo (tiempo mundano), la irrealización de los relojes.

Son los núcleos conversatorios, como decíamos, los que expresan esta realidad: una cierta urgencia confesional, pero, en una intimidad que aún quiere conservar su anonimato.

Pero, he aquí que un contertulio, repentinamente, salta por así decirlo, del núcleo en que se encuentra, se dispara de la mesa al mostrador, a la barra.

Es éste —el de la barra— el lugar de los más osados, de los más solitarios, de los más necesitados de un dios directo y urgente. En este plano, el murmullo confesional que dejamos en las mesas, se vuelve ahora discurso anacoluto, sin contexto, imprevisibilidad pura. Aquí la confesión se vuelve reto.

Irrumpe, pues, el retador en la barra. O se planta allí frente a un vaso, muy atento a los demás, a la espera de la oportunidad de arremeter.

Cabe preguntarse si nosotros no estamos ahora realizando también un salto conceptual desde “confesión” a “reto”, si algo tiene que ver aquélla con éste.

Mucho, diríamos: retar a alguien es hacer públicamente una declaración de fe (Confesar: “Yo soy…”), la cual, por el modo de hacerla, pretende obligar al otro a declarar también públicamente la suya. Por tratarse de una fe en pugna con otra en esta confesión desafiante, el retador, sobre todo en la barra, se juega la vida. Tal es el reto: un modo de testimoniar.

Quisiéramos detenernos un instante en este punto.

No estamos aludiendo aquí al testimonio jurídico sino al existencial. Existencialmente se testimonia “lo que se ha visto” y este juicio testimonial actúa como prueba a favor o en contra de algo que es importante, esencial, para la existencia propia y la de quienes nos escuchan. En otras palabras: lo que ha visto y lo que va testimoniando por su propia iniciativa el sujeto percipiente es de tal cualidad de ser que lo convierte a lo percibido; el percipiente se vuelve la cosa percibida (un valor de vida). Así, en esta acepción tan conocida en la teología joánica, testimoniar significa “volver a revelar”… Hasta el martirio.

Pero, a la intemperie de la barra, el testimonio reduce su acción testimonial a un tiempo y un espacio en los que la mundanidad del mundo ha sido “puesta en penumbras”, suspendida. ¿Qué valor tiene, entonces, su confesión de fe, si ésta por principio debería ocurrir “ante el mundo”? Parece, pues, que aquí, en el altar público del bar, tal confesión (tal testimonio) se vuelve un gesto, por decir lo menos, contrahecho, contradictorio.

Esto, sin embargo, no debiera importarnos tanto. Ahí está la contradicción y hay que indagar su sentido. Por lo que más bien cabría preguntarse: ¿Qué revelará, al fin de cuentas, este gesto testimonial autoinvalidante, contradictorio? Simplemente, como gesto cuya “Idea” ha olvidado, ¿no testimoniará la falta de nuestro testimonio en el mundo? ¿No testimoniará contra nosotros mismos?

Es un hecho que nosotros, ciudadanos de estas ciudades del sureste de América, en el trayecto diario de nuestra ruta trabajo-domicilio así como en el trayecto largo de nuestra historia personal, nos encontramos con la realidad del bar: una realidad-tropiezo en la ruta habitual, una realidad transgresora a las normas del trabajo, del domicilio e incluso a las de la vía pública.

¿Cuál es el significado de esta realidad transgresora?

Abrir fuera del espacio y del tiempo mundanos, la posibilidad, como decíamos, de que la comunicación que se arrastra se vuelva comunión. Intentar de cualquier modo, sacar fuera, hacer común, esa intimidad que sofocada nos arrincona en el mundo como una colección de soledades afanadas. Tal vez, eso.

Un examen de la vida cotidiana, no abstracto, no desde cualquier punto del mundo, sino desde aquí, desde la ciudad en la que el investigador vive, no debiera, en nuestro caso, pasar por alto esta posibilidad —el bar— que está a la orilla de su camino habitual de regreso cotidiano al tranquilo Sí mismo domiciliario. Y que puede conmoverlo todo.

La reflexión cotidiana, hacia una arqueología de la experiencia
Humberto Giannini
UDP, 2013
366 páginas