“beso tu cabello y tus pies, tus manos, tu vientre y tus muslos,
tus uñas, tus pechos frutales, erectos como arbolitos,
y torno una y otra vez, allí donde la puerta florida del CIELO
se entreabre, golpeando con lirios ardiendo…”

Pablo de Rokha en «Epitalamio»

 

 

04Es 1914. En Talca, navegando en lo profundo de sus primeras lecturas –Whitman, Baudelaire, Nietzsche, Poe–, el joven Carlos Díaz Loyola recibe el poemario Lo que me dijo el silencio, y curioso de aquel título observa el retrato de su autora: Juana Inés de la Cruz (seudónimo que por aquel entonces utilizaba Luisa Anabalón Sanderson). Absorto, repasa detenidamente cada verso, sintiendo que alguien respira cerca de su rostro. El joven vate queda maravillado y repasa una y otra vez los poemas; tras
un breve intercambio de correspondencia (él le escribe: “La belleza de tus poemas es la expresión de tu figura”) se conocen personalmente. Así, imbuido en un profundo pensamiento, toma una decisión que sorprende a su círculo más íntimo: “Voy a Santiago a casarme con ella”, sentencia el convencido muchacho.

 

00De esta forma, llega a la capital “la sombra terrosa del joven que tenía mirada de decisión, pupilas de familia de desesperados, ojos de oro y una gran voluntad rota que golpea como un garrote”. De Rokha describe así aquel primer encuentro: “Yo estoy ciego por la primera vez frente a mujer alguna, por un resplandor furioso”. A los siete meses de cortejo y poesía, se casan en octubre de 1916, el mismo año en que publica su primer conjunto de poemas, Versos de infancia, en la revista Selva Lírica. Cuenta la leyenda que un día antes de la ceremonia nupcial, de Rokha se cruza con Vicente Huidobro (“El señorito millonario, heredero de la viña Santa Rita (…) jugando a la literatura por lujo ocioso de rico”) y le comunica la noticia:

–“Mañana me caso con Juana Inés”.
–“Y yo mañana viajo a Europa”– le contesta Huidobro.
–“Entonces los dos partimos” –exclama de Rokha con tono socarrón–, “únicamente que yo voy mucho más lejos”.

 

02Pese a las quejas de su padre, que corta los pesos enviados desde el sur, y las amenazas del padre de Luisa, coronel de ejército, de correrlo a punta de balazos, la pasión hace oídos sordos y la decisión ya está tomada. “Ella y yo, nosotros, ya formamos un frente de combate que romperá toda la casa íntegra, porque conmigo entró el huracán, indiscutiblemente”, anotará el poeta. Luisa acababa de vender sus joyas para financiar la huida. Sus padres, ignorantes del acontecimiento, desaprueban que su hija, criada entre algodones, se case con ese sureño de medio pelo. El pretendiente, por su parte, pone precio a su caballo y montura para recaudar algo más con que marcharse. Pero son delatados y el proyecto abortado. Aun así, la convicción sigue intacta. Finalmente, los dos son echados de sus hogares paternos. “A un racimo de uva nos parecemos, sentados, apretándonos, bajo el sauce del parque forestal”. Este hecho sirve de metáfora para una vida marcada por la exclusión: En su adolescencia, de Rokha había sido expulsado del Seminario Conciliar San Pelayo de Talca, y muchos años después lo será de las filas del Partido Comunista. Y en este largo camino de enfrentamientos, el poeta denunciará hasta el fin de sus días que su obra fue aplastada por una conspiración de silencio. Pero ya no estaba solo, y “Juntos para siempre” se transforma en su bandera de lucha. “Pero los dos estamos maravillados de querernos y la ausencia que abarca el espacio de la noche, la llenamos de cartas que leemos mientras corremos como recuerdos a la primera cita del día”. Así, fundarán su propio lugar, su familia, su historia, su mitología. Comerán en muebles hechos por ellos mismos los frutos de su propio huerto. Editarán y venderán ellos mismos sus libros y revistas. Si la expulsión crea un vacío, los de Rokha lo llenan de poesía y de hijos –que suman nueve–, y de amigos y compañeros que se integran a un clan donde el único faro que guía tiene a Luisa y a Pablo iluminando la ruta. Lealtad a toda prueba, como requisito único y absoluto. Compadres que no destiñan al momento de disfrutar de una cabeza de chancho con longanizas, para luego vaciar un chuico de vino – o  dos – , todo al ritmo de una cueca y a la sombra de un parrón.

 

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Pero Luisa ya no es la niña mimada del coronel Anabalón. Ahora es Winétt de Rokha, la poeta impregnada de aires vanguardistas, la que polemiza con Witold Gombrowicz sobre el papel del artista; la que en sus textos reivindica a Rosa Luxemburgo. Ella será el centro del hogar, el pie de apoyo en todas las aventuras y desventuras del poeta. La compañera de ideas. “Nosotros nos tenemos a nosotros”, declara de Rokha, y marchan de pueblo en pueblo, por pensiones y hoteles de provincia, amándose siempre. Él no deja de maravillarse por esta mujer de “mirada grande y pies pequeños como besos”, con “pelo de sombra y talle vibrante”, de voz “cargada de pisadas de sueño”. Winétt no será solamente la musa inspiradora, ella dará sentido y fuerza a su existencia. A ella también estarán dedicados los casi cuarenta libros del poeta. En ellos, ella encarna el cosmos, la revolución social, la naturaleza, y todas las formas posibles de la belleza. Alrededor del astro mayor –Pablo y Winétt– giran los satélites del clan de Rokha, ese apodo infantil que el poeta asumió para toda la vida. Una marca que también quedó tatuada a fuego en cada uno de sus hijos.

 

01La historia del seudónimo se remonta a sus días en el Seminario, cuando un grupo de compañeros lo bautiza como “el amigo piedra” en alusión a su lugar de nacimiento, Licantén, que en lengua Mapuche quiere decir “tierra de hombres de piedra”. Un nombre propio que definirá no solo una personalidad, sino un lenguaje y una forma vida.

 

A bordo de su viejo Buick amarillo, Pablo de Rokha recorre los pueblos vendiendo libros, paltas o cuadros con su Smith & Wesson calibre 44 a la cintura. Espera llegar pronto a su hogar y beber vino con frutillas observando el único cuadro colgado en la pared del comedor: un retrato de Winétt y él pintado por su amigo Paschín Bustamante. Jorge Teillier en su poema “Treinta años después” (Muertes y maravillas, 1971), recuerda un casual encuentro con de Rokha en su recorrido de vendedor viajero: “En el verano de 1958 lo acompañé a vender libros por la provincia de Cautín. Su padre inspector de vialidad invitó a comer perdices en escabeche. En Nueva Imperial cambió su libro Acero de invierno por un par de zapatos”.

 

Aparte de trabajar en su obra, el poeta se hace un tiempo para sus artículos en el diario La Opinión, y para editar revistas (como Multitud, “revista del pueblo y la alta cultura” (1939-1963), que contaba con avisos hasta del Cementerio General: “Una gran metrópolis necesita una gran necrópolis”), sin dejar de lado la actividad política. Su corazón alcanzaba de sobra para encontrarse a solas con dos tipos en un oscuro callejón y, sin el menor temor, enfrentarlos. “Yo poseo la hombría de enfrentarme a hachazos o a balazos a cualquiera situación…”, declarará el poeta. Conocido es su combate a dos bandas con Huidobro y Neruda. Aunque el round de fondo era entre los dos Pablos. “Me imitó hasta el nombre”, declara de Rokha, quien consideraba a Neruda un plagiador como poeta y un farsante en el plano político. “Neruda es un Granseñor que mueve hujieres con dinero y con poder político (…), actor e histrión, persona de careta con angustia, parece que estuviese forjada con la goma lluviosa de las carroñas, y está, por eso, hinchado”, escribirá en su libro Neruda y yo (1954). Cuenta la leyenda que el origen del lío entre ambos sería de faldas. El autor de Crepusculario pretendía a Helena, una de las hermanas menores de de Rokha. Las intenciones del joven vate se vieron frustradas por don José Ignacio Díaz, padre severo que dirigió el destino sentimental de varias de sus hijas, las que finalmente terminaron solteras.

 

 

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“La estoy pagando muy caro”

 

 

La pareja Pablo–Winétt estaba fuertemente fusionada. El poeta hablaba con tremendo orgullo de sus hijos, algunos dedicados como ellos al arte: Carlos, el poeta; Pablo, el cineasta; los pintores Lukó y José, y se refiere a ambos como el “padre líder y la madre prócer”. Para de Rokha, la pareja lo sitúa en el mundo. Para él no existe otra forma de vida. Ese faro que guía es plenitud y experiencia compartida, es caminar de a dos, y desde ahí observa el mundo. Así surgen poemas como “Obsesión del matrimonio provinciano” o “Soy el hombre casado” (de su libro U, 1926). Ahora la soledad es una marca del pasado, cuando él no se llamaba de Rokha ni ella Winétt, ni vivían en una casa levantada por ellos mismos en la calle Valladolid 106, en La Reina. Ese tiempo brumoso en que no había entrado a su vida la mujer descrita en sus poemas con mayúscula –la “idolatrada”, a la que quiere “esculpir a besos”, la mujer “clara y franca como el agua”– quedó atrás, y la familia es el escudo que lo protege y alienta en su lucha permanente. Pero en ese andar de comunión perfecta surge una grieta difícil de restaurar. A mediados de los años treinta, en plena efervescencia de su actividad política, poética y periodística, el vate es cautivado por una veinteañera ecuatoriana, Magda Cazone, esposa de un importante dirigente comunista alemán por entonces de visita en Chile. El affaire es breve, no pasa de los veinte días. El poeta enamorado se maravilla por la juventud y belleza de la ecuatoriana. El hecho llega a oídos de Winétt por boca del mismo esposo traicionado. El duro golpe la sumerge en una pena profunda y pasa los días encerrada en su habitación. Los cuestionamientos por el infortunio amoroso se hacen sentir desde su esposa a su partido. Pero de Rokha no le debe explicaciones a nadie, salvo a Winétt, y escribe: “Su corazón está herido. Yo escarbo mi ser rugiente y comprendo que he errado, que me he equivocado por primera vez y la estoy pagando muy caro”, y arrastra su pena entre los perros, las gallinas, los patos y los gatos de la casa. Con el pasar del tiempo la casa se vuelve a llenar de poemas, reuniones, y el patriarca, con o sin partido, sigue defendiendo sus ideas y colabora con el Frente Popular que gana las elecciones presidenciales de 1938.

 

 

 

03Luego de un tiempo las andanzas amorosas del poeta son apenas un ingrato recuerdo de la intensa vida en común. A mitad de los años cuarenta, el gobierno de Juan Antonio Ríos lo nombra embajador cultural, y junto a Winétt recorre América Latina. Asumido Gabriel González Videla y su posterior voltereta contra los comunistas –la llamada “Ley maldita”–, de Rokha renuncia a su cargo y decide quedarse algún tiempo en Córdoba, Argentina, y el clan se ramifica a ambos lados de Los Andes. De vuelta en Santiago, en 1949 publica Arenga sobre el arte, se reivindica con su musa y escribe: “Tú, que viviste siempre conmigo en el corazón de la tragedia”. Pero Winétt regresa enferma desde Córdoba y no da señales de reponerse. No hay vuelta atrás: un rebelde cáncer acaba con sus escuálidas energías. Así, el pilar del poeta fallece en 1951, y de Rokha se desmorona. Son años de fría soledad. El viudo inconsolable se encarga de grabar en la lápida de su amada: “Aquí duerme y crece para siempre la más hermosa flor de los jardines del mundo”. Y sigue la catástrofe: en 1962 se suicida Carlos, su hijo poeta –“el sello del genio de Winétt te persiguió, como una gran águila de fuego, desde la cuna a la tumba, pero no te influyó, porque no te influyó nadie, encima del mundo. Perdóname el haberte dado la vida” (Carta perdida a Carlos de Rokha, 1965)– y el hombre impenetrable trata, con las pocas fuerzas que le quedan, sostenerse del recuerdo, dialogar en la penumbra con su compañera de lucha en las vacías habitaciones de la casa. “Y un pájaro de pólvora canta en mis manos tremendas y honorables”. El desconsuelo es total y nada lo atenúa. Ni siquiera el Premio Nacional de Literatura otorgado en 1965 cuando, según sus propias palabras, “ya es demasiado tarde para todo”. Lo que sigue es oscuridad y vacío. El corazón del poeta se contrae como un puño cerrado, con rabia y desesperación. “Winétt /voy golpear la eternidad con la cacha de mi revolver”. La mañana del diez de septiembre de 1968, luego de tomar desayuno y hablar largamente por teléfono con su hija Lukó y su yerno, el poeta Mahfúd Massís, el “macho anciano” detiene el aluvión de pena y tragedia con el sonido seco y certero de su Smith & Wesson calibre 44; el mismo cañón que cuatro meses antes se había llevado a la boca su hijo Pablo. Silencio total, bienvenida la leyenda.