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Cuando conocí a Cecilia Pavón parecía que había mucho que quería contarme. Quería decirme lo que estudió, a lo que se dedica actualmente, cuántos años ha trabajado dando talleres de escritura, y lo mucho que le fascina esta escena voyerista del taller, en donde ella imagina un disparador absurdo sobre el que basa la tarea de la otra y la otra semana: un movimiento poético que permite escribir con heridas y sangre de por medio, con los ojos cerrados, en medio de una fiesta o en una conversación con un amigo imaginario (esto último es invención mía). Todas instancias que a veces parecen extremas, pero que no implican dejar de escribir.

A medida que Cecilia me hablaba, me parecía que iba mezclando realidad y ficción en historias personales sobre su infancia y su familia, su época estudiantil, y su realidad actual, la que no sabía exactamente si era lo que había deseado desde que estudió literatura, o si era simplemente como se había dado la vida.

Si bien no he conocido a Cecilia Pavón en persona, sí me sentí como una oyente (lectora, pero aún continúo con la idea de que en realidad hablé con ella) entusiasmada, impactada y a veces un poco aburrida de sus monólogos sobre lo cotidiano, en donde las faltas personales que nos morimos por contar como chisme o divagación se vuelven libro. Y este libro, precisamente, es uno que se nos aparece en formato bolsillo de color lila, con una fotografía de un primer plano sobre lo que pareciera ser una cartera o una agenda antigua encuadernada en cuero; tan solo así, con esa mera imagen inocente de portada, me imaginé ultrajando estos textos que tienen mucho de autobiografía y detención en los fracasos personales, que en verdad nunca son demasiado graves.

Mientras iba leyendo los cuentos en completo desorden, en situaciones muy cotidianas pero también diferentes, pensaba en que la escritura de Cecilia deviene constantemente en un lenguaje poético. La leía a ella y su manifiesto interés o sueño de escribir una novela grandiosa o grandísima, y se me hacía evidente que precisamente su fuerza está en escribir un cuento como un poema sin espacios, a la vez que sus poemas los escribe como una historia que se va contando de a trocitos. Quizás en este sentido, la escritura de un libro de cuentos sea también decidor, ya que cada cuento es una parte del largo poema que es Pequeño recuento sobre mis faltas: la furia y la sensibilidad de lo cotidiano, que aparece en reflexiones e imágenes que atraviesan el texto una y otra vez, y que nos permiten conocer a Cecilia Pavón a través de lo que ella llama sus faltas, llenas de sencillez e ingenuidad.

A veces me pregunto si no viviré para sostener la creencia en la belleza. Me gusta pensar que si vivo para sostener esa fe, un día voy a ser más linda yo misma. Lindísima, aunque sea vieja.