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Cuando se reedita una obra, no solamente se busca modificar o perfeccionar un libro que ha sido escrito en un tiempo determinado, sino implica una propuesta en donde la obra literaria “aumentada y corregida” busca abrirse paso entre la novedad (para unos) y el desconcierto (para otros). Un libro que habló en el pasado, puede seguir hablándonos en el presente. Ese es el caso de Objetos del Silencio. Secretos de infancia (Ceibo, 2015) de la escritora y diseñadora de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Eugenia Prado.

Este libro, cuya primera edición data de 2007 (Cuarto Propio), nos habla de la infancia, pero no de la infancia en singular, sino de todas las versiones en plural del término infancia. Más aún: aquella infancia hecha a fragmentos, entre el erotismo y el secreto, entre la revelación y lo inconfesado.

“Serían historias, anécdotas, pequeñas escenas, inocentes, crueles, culposas, tomadas de la vida misma, inspiradas en experiencias reales, puestas ahí, todas en contigüidad”.

La palabra, de cierta forma, cumple una función reparadora: recusar lo propiamente infantil (o inocente) de la niñez, porque como bien indica Eugenia: “Los niños no son ángeles ni seres asexuados, sino pequeños cuerpos habitados por una mente, una lengua”. En este sentido, el lenguaje no es tan solo el material que curte el escritor, algo así como un devaneo de la retórica, sino un ejercicio propiamente político. “Aprehensiones”, “miedos”, “culpas”, comparecen tanto como la “seducción” o el “placer”. Porque el acierto de Eugenia es precisamente tensionar el orden adulto. Ocupar la palabra. Trabajar la palabra. Y con ella tensionar aquella versión de la niñez como imagen de la sociedad, de fuerte raigambre masculina y logocéntrica, allí donde solo caben la sospecha y los castigos.

“-¡Piénsalo! Eras solo una niña- gime él.
-¿Una niña? Crees que las sensaciones y el placer son exclusivos de los adultos-desafiante, deslizando las manos hasta frotarse contra su virilidad”.

 

“Los juegos sexuales son comunes en los primeros años de vida; jugar al doctor, explorar los cuerpos, así como jugar a papá y mamá, se presentan con frecuencia. Al hablar con un niño de estos temas, es fácil percibir cómo moldean los temas sexuales de acuerdo a lo que ellos mismos fantasean e ignoran, convirtiendo sus constantes preguntas en respuestas ancladas en fábulas o mitos, o mejor dicho, transformándolas en teorías sexuales infantiles, reflejos de su propia naturaleza sexual”.

 

Objetos del silencio irrumpe, no sin antes barrer con los discursos aprendidos, con una literatura que se hace cargo de un tema poco explorado. En el fondo: la experiencia del cuerpo infantil como un territorio de la memoria, del hacer, de la sexualidad.

Ahora bien, el trabajo de Eugenia Prado en esta segunda versión también se aboca a darle realce a uno de los personajes del libro: la madre. Es ella quien investiga y recopila los testimonios y las confidencias, en un libro “con evidentes pretensiones editoriales”.

“Algunos de estos secretos podrían parecer descabellados, excitantes o hasta graciosos. ¡Dios, cuánta pulsión habita nuestros cuerpos y a tan temprana edad! (…) A través de este abanico de relatos y desde voces distintas, busqué aproximarme a los saberes de la letra. ¿Por qué, las experiencias se vuelven negadas o directamente desaparecen? Algo parece borrarse, algo que cauteriza esos registros iniciales justo en el periodo que se forman los individuos. Imaginé texturas, discursos cruzados, ausencias”.

 

Pero esta madre, y narradora, no es cualquier madre. Es Josefina Salvatierra Riquelme.

“Viéndolo de ese modo, diría que todo en esta vida se lo debo a mis padres, a los padres de mis padres y a la herencia rebelde que porta la historia de mis raíces. Con las siguientes generaciones de Salvatierra se construyeron nuevas dependencias y se fue poblando la hacienda por un número no menor de todos ellos”.

“Hay refinamiento en nuestra sangre. Huellas antiguas recorren nuestras venas. Nunca olvides que la nuestra es una estirpe única y que sus orígenes se remontan al viejo continente. Herederos de los que llegaron para quedarse y perpetuar su moral, nos hicimos dueños de la tierra. Desde ese momento pudimos elegir, regodearnos solo porque sí. Portadores de las grandes historias somos la prolongación del reducido clan en un continente arrasado por la barbarie”.

El clasismo es un tema no menos importante en el libro a través de esta figura. Amparada en su clase social, incentiva y protege la relación incestuosa entre sus dos hijos: “Con los años soy testigo de sus cambios corporales, puedo verlos entrelazados en esa complicidad tan indispensable y que nos favorece. Reconozco sus instintos y hasta puedo presentirlos porque vivo como ustedes sienten y porque son míos los quiero lejos del mundillo de los vulgares”.
¿Podría haber sido de otra forma? Probablemente no, porque en el Chile de todos los tiempos, el linaje, la estirpe, la religión, la familia siguen constituyendo modos de reconocimiento social y, por tanto, de amparo y reproducción. Pero el libro no solamente se mueve en las aguas de la literatura. También lo hace en una polifonía de textos y subtextos. Cabe destacar, por ejemplo, las referencias a piezas periodísticas, documentos legales, clínicos o manuscritos ensayísticos donde se evidencia la relación entre sexualidad y poder. Enterada de la propuesta analítica y crítica de autores como Michel Foucault y el Marqués de Sade, la autora aporta una mirada plural a estas problemáticas.

“(…) es así como vemos personajes amenazantes de personalidades trastornadas con altos riesgos de comportamientos bestiales, disfuncionales y/o parafílicos, desviados psicopáticos, antisociales y/o sexópatas o bien como dijera Michel Foucault en sus grandiosos y desenfadados volúmenes de Historia de la Sexualidad: De los antiguos libertinos nace todo pequeño pueblo, diferente a pesar de ciertos parentescos… perseguidos pero no siempre por las leyes, encerrados pero no siempre en las prisiones, enfermos pero quizás escandalosos, peligrosas víctimas presas de un mal extraño que también lleva el nombre de vicio y a veces el del delito”.

Bien podría indicarse aquí que dichos recursos podrían diluir el sustrato narrativo, pero no lo hace, precisamente, por el talento escritural de Eugenia que nos entrega en esta nueva e imprescindible versión de Objetos del Silencio.