Imágenes de infancia y adolescencia
Manuel Rojas
Compilación y prólogo de Jorge Guerra
Tajamar Editores
2016

Debo reconocer que cuando leí por primera vez a Manuel Rojas me sentí defraudado. Tenía alrededor de 17 años y “El vaso de leche” no me causó la conmoción de la que todos hablaban. Esa noche, mientras cenaba, estuve dándole vueltas al cuento y antes de ponerme a dormir me dije en silencio: “¿Este es el famoso Manuel Rojas?”. Olvidé la lectura y busqué a otros autores.

Años después me volví a enfrentar a Rojas y me tragué una por una todas mis palabras. “Hijo de ladrón” me desveló. Recuerdo haber despertado transpirado durante la madrugada para prender la luz y cerciorarme de que el libro estaba allí, que ningún duende de la medianoche se lo había llevado. Encantado y obsesionado con el creador de Aniceto Hevia, me paseaba por las librerías de viejo de calle Miguel Claro buscando sus textos. Conseguí muchos, pero no todos. Sentía que me faltaba una parte de la biografía de Rojas y que en algún lado tendría que aparecer. Tajamar Editores nos (me) dio en el gusto publicando “Imágenes de infancia y adolescencia”. Un relato autobiográfico donde Manuel Rojas recorre su juventud y niñez en los barrios proletarios de Santiago y Buenos Aires. Un vivaz muchacho que en los comienzos del siglo XX recorre cada recoveco de sus barrios para narrar lo que sus calles de tierra le susurran.

La temprana muerte de su madre determina en demasía el futuro que tendrá Rojas como escritor. Su labor de cuenta cuentos influye positivamente en la vida de su retoño; de hecho, el escritor argentino Samuel Glusberg asegura que fue ese mismo día en el que comenzó a documentar su infancia. Una madre que no le dejó caricias ni cariños: “Odiaba las efusiones orales y las que se traducen en grandes besos y en grandes palabras, y yo, que tampoco tenía inclinaciones hacia esas maneras un poco falsas de significar un aprecio o un cariño, casi se lo agradecía”.

Sin embargo, el gran legado que heredó de ella fueron las historias campesinas que le narraba, las cuales posteriormente transformaría en parte de su ficción. De su padre, Manuel Rojas dice tener tan sólo dos recuerdos. Uno es paseando de su mano por el puerto de Rosario; el otro es en una camilla, muerto. Un médico le advirtió muchas veces que dejara el alcohol, que lo reemplazara por la leche. Su respuesta es notable: “Prefiero morir antes de parecer un ternero”.

En las esquinas de Coquimbo y Nataniel los padres de Manuel Rojas instalan un almacén. Los personajes que deambulan por ese barrio no pasan desapercibidos antes sus ojos. Es más, aventuraría que el detenimiento sobre sus figuras, antes de ser reconstruidos mediante un lápiz y un papel, es la primera jeringa que le inyectan a Rojas con literatura. Un indio alacalufe proveniente de Tierra del Fuego que sólo bebe agua ardiente, y que todos los días, a la misma hora, da gritos despavoridos que asustan a los niños del lugar; otro es don Santos Yegua, un cogotero querido por la gente del barrio, el cual un día desaparece y no regresa nunca más; el cojo Candia, que utiliza su carreta como taxi para llevar hasta a sus casas a los borrachos que la madrugada perdió. Importante es mencionar que Candia cobraba la carrera días después, es decir, había un acuerdo tácito entre taxista y juerguista.

Detalles así, múltiples dentro del escrito, nos muestran un Chile muy distinto al que después fue contaminado por el neoliberalismo. La solidaridad barrial, la palabra empeñada, la concientización de clase, son valores que comparten las sombras que deambulan en el universo de Rojas. Por lo mismo, estos detalles que podrían parecer nimios son los que posteriormente construyen su pensamiento político. Desde mi perspectiva, el haber crecido en un entorno con personajes así, fue mucho más determinante que la labor de cuenta-cuentos que tuvo su madre, pues allí no sólo encontró ficción. También estaba ante un incipiente y solapado núcleo político.

Otra arista importante en la construcción del Rojas político -además de su archiconocida lectura de textos anarquistas- es la militarización pedagógica que encuentra en los colegios de Buenos Aires a los que asiste. Recuerda a un profesor que les pegaba reglazos a todos los estudiantes mientras pasaba la lista de curso. Cuando llegó la R, el futuro escritor se escondió bajo su pupitre de madera; sin embargo, un compañero lo delató. Lejos de someterse al golpe, abrió la puerta de la sala y salió corriendo sin mirar nunca hacia atrás. Estas microhistorias son las que levantan la montaña de arena que posteriormente conformará al anarquista, al activista y al escritor.

Rojas vivió en muchas casas y constantemente se cambió de vivienda. Sin embargo, lo único que no se alteraba entre tanta mudanza era la condición proletaria del barrio en el que habitaba. Estos escenarios rodantes le permitieron ampliar su perspectiva en torno a sus temáticas de escritura, pues la inmensa cantidad de historias y personajes que recorren Imágenes de infancia y adolescencia son la trastienda de lo que posteriormente fue su ficción. Por ejemplo, narra cuando conoció a Miguel Lauretti, un anarquista argentino, lector de poesía que Rojas hasta ese momento no había conocido. Es en su novela Mejor que el vino donde lo retrata, exponiendo la importancia que tuvo en su existencia.

Sus primeros cigarros, sus innumerables gatos negros y el cruzar la Cordillera de los Andes a pie, son algunas de las infinitas historias que construyeron la inmortalidad de su atmósfera. Reeditada treinta y tres años después, Imágenes de infancia y adolescencia sigue retroalimentando y posicionando el cada vez más grande mundo-Rojas.          

Por mi parte, cada vez que vuelvo al autor de Lanchas en la bahía, me tengo que volver a tragar- avergonzando- todos los vocablos con los cuales alguna vez aminoré la ficción de Manuel.

Existen varias puertas de entrada a la obra de Manuel Rojas. Una de ellas puede ser este documental emitido hace algunos años por ARTV. Entrevistas a sus hijas, lecturas de algunos pasajes de sus obras y documentos de archivo, siguen ilustrando y agradando la figura del creador de Hijo de ladrón.