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Gianfranco Rolleri O‘Ryan, como comúnmente se dice, no se va con rodeos. Ya en la primera página lo advierte: “La gorda llevaba media hora amenazando con hacerse estallar”.

 

Con pasajes que nos recuerdan a Trainspotting, la icónica película que marcó a toda una generación en los 90, Jinetes en el Cielo (Ceibo, 2015) cuenta la historia de Benjamín Malatesta, un joven, no tan joven, malogrado de la clase media baja de nuestro país, desencantado, que habita un Chile paradójico, delirante. Un Chile, digamos, neoliberal, donde lo única salida, al menos la única salida para el protagonista, son las pastillas “para subir, para bajar, para caminar hacia los lados, para reír, para llorar, para contactar a tu mascota muerta, para entender todo lo que dice tu abuelo sin su placa”.

 

Hijo del ravotril, del pisco con Fanta, no debe creerse que el personaje se “evade”, simplemente, como una renuncia personal, egoísta. Es en cambio, y con propiedad, la renuncia a todo un sistema social, un sistema heredado de la dictadura que, precisamente, celebra el consumo y sanciona el desorden: “Y la gorda me soltó la mano y abrió la ventana y se lanzó al vacío estallando en miles de colores y en la oficina todos se abrazaban desesperados, intentando convencerse, tal vez, que después de todo no estaban tan solos, no estaban tan cochinamente solos, y en la calle los niños apuntaban hacia el cielo y reían al ver las luces que de a poquito cedían paso al atardecer púrpura y silencioso”.

 

“También me drogo porque a mi perro le cortaron la cola y ni siquiera tengo perro, me drogo porque es una forma de acabar con las jerarquías, porque la selección de fútbol hace mucho que no gana, porque a mi papá lo torturaron y ahora habla de libre mercado, me drogo porque hace rato que no se ve la cordillera” (47).

 

Ilustrativa será, al respecto, un muro donde aparecen pintados con esténcil los rostros de tres detenidas desaparecidas, que da a la ventana del protagonista. Aquella iconografía contracultural propia de los 80, es, en nuestros días, el epítome de una pléyade, a la cual pertenece Benjamín que, al igual que en la película de Danny Boyle, representa una vida desechable, plástica, una vida pensada para otros, otros que no son ellos indudablemente: “A veces al mirarlas me termino de convencer de todo es una mierda, de que todo está podrido y me arrodillo con pena, con más pena que la mierda, esperando que caiga luego un meteorito que nos reviente a todos. Otras veces las insulto, les ruego que dejen de mirarme, que yo ni siquiera había nacido para el Golpe, que la corten con eso de hacerme sentir culpable de su desagracia (…) Pero el sentimiento que predomina es de rabia. Rabia porque al verlas todo me parece inevitable y son un recordatorio hecho con esténcil de que en esta vida, y probablemente en la otra, los buenos no ganan” (35).

 

¿Cómo se afronta este sistema deshumanizante? Mejor dicho: ¿Qué es posible hacer? Son preguntas loables de realizar a partir de la lectura de este libro. Respondería un personaje: “Ya estamos suficientemente dominados por el sistema. Y la situación va a reventar de un momento a otro. Debes ser parte de la solución. Yo soy parte de la solución. ¡Esto! – y sacó descaradamente un paquete de marihuana-, abre la mente del intelectual, ¡esto! -y sacó otro de coca-, activa el cuerpo del trabajador, y ¡esto! -me mostró una estampita-, expande la conciencia de la clase media” (22).

 

Rolleri es un tipo con humor, qué duda cabe, su libro es prueba patente. Pero es un humor inteligente. Un humor que está advertido de las condiciones sociales que determinan el devenir de los personajes: unos (Jossie) que tratan de suicidarse abriendo las llaves del gas cortado por no pagar la cuenta; otros (viejos octogenarios) que ofrecen barricadas pírricas al avance del “enemigo capitalista” y cuyas únicas armas son tenedores de plástico; un guía espiritual (Arturo), que eleva plegarias al Santísimo, sin creer media palabra; un cura (Basilio) completamente borracho, al que deben cargar todas las noches “por todas las estaciones del Vía Crucis”; o un vagabundo (Agapito) que hace llamadas ficticias a hijos imaginarios, antes o después de tomar un corto de pisco.

 

El libro, entonces, está lleno de situaciones cómicas o no tan cómicas, donde, por ejemplo, la muerte de la oficinista “gorda”, cubierta de explosivos y que salta de un décimo piso, al comienzo del texto, representa el sin sentido de nuestro sistema laboral, o bien el sentido del neoliberalismo devenido en vida común, donde un “cunnilingus” es, quizás, la salida menos infame posible.

-¡Avisen a la prensa!- gritó el paco-, ¡ahí va un héroe caminando!

Y sentí el zumbido de cientos de celulares sacándome fotos, mientras el cura se rezaba tres Padres Nuestros al hilo en mi honor y la viejita de la fotocopiadora gritaba: ‘¡Arriba y abajo, Malatesta! ¡Arriba y abajo!’(14).

 

El nombre del libro, en este sentido, no es baladí ni gratuito: refiere, en tono irónico, ciertamente, al abandono de un “Dios” (in)existente, o bien, en el mejor de los casos, a un Dios que se ha olvidado de muchos, un Dios que “definitivamente tiene párkinson de la puta madre” (18). De cierta forma, trae a colación el libro  Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena, cuya historia transcurre en un psiquiátrico, donde los personajes son, y no pueden ser sino, los despojos de la sociedad. Evidente analogía: en el caso de Jinetes en el cielo, Chile es el psiquiátrico y los pacientes, personajes como Benjamín, los despojos que tratan de sobrevivir…pese a todo.