El 30 de septiembre cierra la convocatoria del Primer Premio La Pollera de Libros de Cuentos. Mientras esperamos sus trabajos y para animarlos a participar, nuestro colaborador Francisco Marín Naritelli analiza Las ciudades invisibles de Italo Calvino. 

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Hablar de ciudades no es solo es hablar de geografía, de territorios. Hablar de ciudades, en cambio, es hablar de lenguajes, de narraciones. Como alguna vez dijo Armando Silva: “Una ciudad no solo es topografía; sino también utopía y ensoñación”.

Así podemos entender, con esta precautoria, el libro Las ciudades invisibles de Ítalo Calvino (Siruela, Biblioteca Calvino, 2012). Las ciudades son muchas ciudades, inacabadas en su lectura, en sus contornos, imaginadas, imaginándose, condenadas o favorecidas por la evanescencia, “las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran” (2012:100). De ahí el nombre, precisamente, invisible, porque una ciudad es pasado, como es futuro, como es cierta, a la vez que incierta. Una ciudad son los hombres que la piensan y la sienten.

Calvino está advertido de este lazo, de esta condición imaginaria, a través del diálogo entre el viajero Marco Polo y Kublai Kan, emperador de los tártaros:

“¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de las ciudades invivibles” (2012: 15).

“Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos” (2012: 15).

Habría que indicar, eso sí, que no hay una propuesta histórica de “seguir los itinerarios del afortunado mercader veneciano que en el siglo XIII había llegado a China, desde donde partió para visitar, como embajador del Gran Kan, buena parte del Lejano Oriente”, como señala el mismo Calvino, sino, llevado por la fascinación exótica que representa para escritores y filósofos, es el escenario desde donde se piensan estas ciudades invisibles.

 Podría citar, en este punto, la referencia —a modo de homenaje— que realicé en mi libro Las batallas por la Alameda. Arteria del Chile demoliberal (Ceibo, 2014) en el capítulo I:

“Mediante fragmentos, paisajes, figuras filiformes o pantagruélicas, Calvino narra la condición imposible de aquellas preguntas: lo inhallable de la (una) ciudad como condición de posibilidad de las (todas) ciudades. O sea, la visibilidad de ciudades invisibles, dignas de existir solo en la imaginación que las precisa y las desdibuja” (2014: 26)”.

Hablamos de un libro que no sigue una estructura tradicional, pues en él hay texturas narrativas múltiples sin un orden establecido. De cierta forma el libro se construye como un relato inconexo, escrito a intervalos, dividido, a su vez, en diferentes clasificaciones reveladoras: ciudades continuas, ciudades escondidas, ciudades sutiles, del deseo, del cielo, de los muertos… Suma y sigue, como en un continuidad que excede los límites de una típica producción literaria.

 

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Leonia, Trude, Procopia, Cecilia, Pentesilea, Olinda, Raissa, Marozia, Teodora, Berenice, Diomira, Isidora, Zaira, Zora, Maurilia, entre otras. Por cierto que ninguna de estas ciudades existe, no hay referencias que nos aten a una verosimilitud topográfica, justamente porque esa es la intención. Como dice el propio Calvino: “Son todas inventadas (…) consta de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general”. Es, en propiedad, un movimiento deliberado, fragmentario, poético. Las ciudades de Calvino son, de cierto modo, todas las ciudades (sintagma), repito, como una imagen mental (sistema), que produce otras imágenes, a veces contradictorias:

“Hay que guardar de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí. En ocasiones hasta los nombres de los habitantes permanecen iguales, y el acento de las voces, e incluso las facciones; pero los dioses que habitan bajo esos nombres y en esos lugares se han marchado sin decir nada y en su lugar han anidado dioses extranjeros”(2012: 44).

No son pocas las familiaridades con Roland Barthes, por ejemplo, cuando el autor francés habla de la ciudad como “un discurso, y este discurso es verdaderamente un lenguaje”. Dicho esto, es posible, entonces, situar la relación entre ciudad y lenguaje:

“La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras creen que visitas Tamara, no haces sino retener los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes” (2012: 28-29).

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Una verdadera aventura semiológica, digamos, en referencia al libro de Barthes, donde es posible pensar esta obra más allá de los límites de la literatura. Bien podríamos, acaso, hablar de modernidad, psicoanálisis, sistemas tecnológicos o retrocesos civilizatorios, amén de ciertos discursos críticos, pero es más que eso (un libro siempre es más que eso): Las ciudades invisibles son una apertura, un poliedro de posibilidades, donde todos podemos (si queremos) reconocernos, para descubrir, finalmente, la razón que nos lleva a habitarlas.