A comienzos del siglo XX se extendieron por el mundo los sanatorios para tuberculosos, que ofrecían a sus pacientes aislamiento y reposo, junto con aire puro y baños de sol, como parte de su tratamiento. Chile tuvo uno de estos sanatorios. El año 2019 se celebraron en San José de Maipo 100 años de la Casa de Salud de Mujeres Carolina Doursther y se lanzó un libro con la historia de este lugar, que ayudó a tratar «la enfermedad de los artistas».

“El aire que aquí tenemos es bueno contra la enfermedad. Y esta es la verdad. Pero, al mismo tiempo, este aire es igualmente bueno para la enfermedad, comienza por apresurar su curso, revoluciona el cuerpo, hace estallar la enfermedad latente, y es, precisamente, una de esas explosiones lo que constituye su catarro.”

                                   “La montaña mágica”, Thomas Mann

Este es el diagnóstico que en la célebre novela de Thomas Mann hace un médico del Sanatorio Berghof, en Davos, Alpes Suizos, al joven Hans Castorp, que sólo se encontraba ahí para visitar a su primo Joachim, hospitalizado en él enfermo de tuberculosis. Imprevisto, inesperado diagnóstico de padecer la enfermedad que, claro, cambiaría por años la vida del infortunado y sorprendido Hans que, a sus 23 años, consideraba tener una salud de hierro.


«Casa de Salud de Mujeres Carolina Doursther: un tributo en su centenario», de Paulina Araya y Eliana Urrutia.

La tuberculosis es una de las primeras enfermedades humanas reconocida como tal. El bacilo de Koch, como pasó a llamarse en honor a su descubridor, comenzó infectando a los animales, luego, en la medida en que el hombre comenzaba a domesticarlos, transitó a la especie humana. Su alta tasa de mortalidad entre adultos de mediana edad y la llegada del movimiento llamado Romanticismo idealizaron la enfermedad llamándola «la enfermedad de los artistas», hasta el punto que la escritora francesa George Sand llegó a decir de Frederic Chopin, que padecía de tuberculosis, “Chopin tose con una gracia infinita”. A comienzos del siglo XVII asoló a Europa una epidemia conocida como la “Gran Plaga Blanca”, que duró 200 años; la muerte por tuberculosis era inevitable y en 1650 fue la principal causa de muerte,  facilitada por la alta densidad de población y malas condiciones sanitarias de las ciudades europeas de la época.

Estudios avanzados de entonces mostraron que en determinados climas la enfermedad tenía menor incidencia, lo que, agregado a otros factores, llevó a la aparición de instituciones especiales a las que se llamó “sanatorios para tuberculosos”. En la segunda mitad del siglo XIX estos sanatorios se extendieron por toda Europa y ya en las primeras décadas del siglo XX existían cientos de ellos en todo el mundo. Su objetivo era eliminar las fuentes de contagio aislando a los pacientes, además de ofrecerles un ambiente de clima sano, reposo prolongado, aire puro, alimentación abundante y variada, como también helioterapia, es decir  exposición del cuerpo a la luz del sol y, de ser posible, baños de mar. En esta clase de sanatorios se practicaron por primera vez las terapias ocupacional y terapias de grupo, a fin de alivianar la prolongada estadía de los pacientes lejos de su familia y el escaso contacto social a que estaban sometidos.

El movimiento romántico idealizó la tuberculosis, llamándola «la enfermedad de los artistas».

La extensión y desarrollo de estas instituciones especializadas en terapia de la tuberculosis coincide con el descubrimiento, en diciembre de 1895, de los Rayos X por Conrad Roentgen, que resultó en la aparición de una nueva especialidad médica: la Neumotisiología. Cientos de profesionales de la salud se dedicaron no sólo a la atención y cuidado de estos enfermos, sino también a ampliar y difundir los conocimientos clínicos, epidemiológicos, radiológicos y terapéuticos de la enfermedad.

Fue así como, según relatan Paulina Araya y Eliana Urrutia, autoras del libro Casa de Salud de Mujeres Carolina Doursther: un tributo en su centenario, “la localidad de San José de Maipo se inscribió como un espacio privilegiado para ello (…) aprovechando las condiciones atmosféricas y de altura que (…) eran óptimas para el tratamiento de dicha enfermedad”.

Así fue como las características de este “espacio privilegiado” nuestro se difundieron ampliamente por el mundo, hasta tal punto que un artículo del diario El Mercurio recordaba la siguiente escena: “Años atrás, cuando la tuberculosis hacía temblar los hogares del país, un compatriota que contrajo la mortal enfermedad fue a recuperarse a Suiza. Sin mayor éxito, y seducido por el prestigio de la ciencia alemana, se trasladó a una clínica en Berlín. El médico, luego de examinarlo y diagnosticarle una tuberculosis avanzada, le dijo: «¿Sabe usted dónde está Sudamérica?», «Sí», le respondió el enfermo, «¿Y sabe dónde está Chile?». «Sí, doctor». «Bien, entonces váyase para allá, busque un pueblito que se llama San José de Maipo y si en ese clima no se mejora, péguese un tiro». El caso es que la historia terminó súper bien para el enfermo y el prestigio de nuestras condiciones locales de salud: el paciente siguió su consejo y se trasladó a San José de Maipo con una pistola automática en el bolsillo. Pero… no tuvo necesidad de usarla.

Y bueno así ocurrió que Carolina Doursther llegara aquí portando la enfermedad. El primer administrador de la Casa de Salud de Mujeres contó el día de su inauguración que al llegar Carolina le había dicho “me prometes que tú conseguirás hacer aquí una casa en donde la vida sea más confortable, el ambiente más alegre, las noches menos largas. Es muy penosa la vida en este pueblo. Hay que darles más luz, más esperanza a los que sufren…, a los que se van a ir pronto”. Claras palabras que expresan muy bien las condiciones de los pacientes que ya habitaban el lugar en espera de su destino, y de los que más tarde lo harían en la nueva Casa de Salud de Mujeres inspirada por la nueva paciente. El padre de Carolina, un comerciante belga avecindado en nuestro país, hizo construir alrededor de 1830 en el plano alto de San José de Maipo la casa donde Carolina terminaría por recluirse en procura de una sanación… que no llegó. La inauguración del nuevo sanatorio se realizó en 1919, tras morir Carolina, con amplia difusión en la prensa nacional; el Diario Ilustrado contaba que “la fiesta” había sido organizada por el administrador “con verdadero gusto artístico”.

Thomas Mann comenzó a escribir su monumental novela La Montaña Mágica en 1912, tras continuas visitas a su esposa en el Sanatorio Wald, de Davos, donde se encontraba internada.

Thomas Mann comenzó a escribir su monumental novela La Montaña Mágica en 1912, tras continuas visitas a su esposa en el Sanatorio Wald, de Davos, donde se encontraba internada. La obra ha sido calificada de novela filosófica, en sus páginas el autor reflexiona con profundidad sobre variados temas que permiten a sus personajes deliberar acaloradamente sobre la naturaleza humana y aspectos como la enfermedad, la muerte, la estética y la política. También es vista como un vasto fresco de la decadente vida de la burguesía europea en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial. Pero, sobre todo, La Montaña Mágica, novela al fin, muestra la intensa, subterránea y conmovedora vida en un sanatorio de esta naturaleza donde el encierro, las tan particulares condiciones de vida, los padecimientos de la enfermedad y la obligada convivencia hacen nacer la melancolía que en ocasiones invade a los pacientes, sus querellas, incidencias, amores y odiosidades, que suelen alcanzar situaciones dramáticas.

Pero hay otro caso, muy nuestro, que Paulina y Eliana recuerdan también en su libro, ocurrido no ya en Davos, la ciudad más elevada de los Alpes Suizos,  sino en las montañas mágicas de San José de Maipo. Se refiere a similares sentimientos y aflicciones contenidos en las páginas del Diario de Lucía Manterola, libro editado en San José de Maipo por Dedal de Oro. Leerlo, hundirse en sus páginas provoca una desolada y soterrada melancolía. Lucía Manterola llegó enferma en 1921 a recluirse en San José de Maipo hasta su muerte, en 1927, a la edad de 24 años. En él Lucía habla de su estancia como en “una cárcel, no para salud del alma sino del cuerpo”, para concluir con todo el dolor adolescente de su vida perdida: “¡Quién pudiera, después de haber sufrido todas las emociones, todos los dolores, toda la hermosura del mundo, perderse y no ser más!”.

Todo esto recuerdan en su libro Araya, Jefa de Comunicaciones y Patrimonio Cultural del Complejo Hospitalario de San José de Maipo, y Eliana Urrutia, Académica de la Vicerrectoría de Aseguramiento de la Calidad de la Universidad San Sebastián. Y, claro, mucho más, en un libro de buen formato, documentado, escrito con conocimiento, sensibilidad y provisto de abundante material gráfico histórico y actual. Sin duda un importante aporte a la historia, la cultura, el conocimiento y significado de estas montañas mágicas de San José de Maipo, que ocuparon un lugar relevante durante la prevalencia de la enfermedad en el mundo y que, obstinadamente, se resiste a desparecer.   


Casa de Salud de Mujeres Carolina Doursther, San José de Maipo [Crédito fotografía: Unidad de Patrimonio Cultural Servicio de Salud Metropolitano Sur]