Esta novela, escribe Joaquín Escobar, es «un texto laberíntico y claustrofóbico, que fusiona Un mundo feliz de Huxley, El país de las últimas cosas de Auster, magos ocasionales, reptiles que hablan y extraños seres llamados veintecentímetros«.

Podrían ser los restos de un desaparecido, de un tiempo mejor, de un amor inconcluso, de una sociedad donde el Estado era el eje de todo, de un país de la libertad. Podrían ser los restos de una ciudad, un juguete, una quimera, una familia o una ideología. No lo sabemos y a lo largo de todo el texto no lo sabremos. En su novela Los restos (Alquimia 2014)Betina Keizman (Buenos Aires, 1966) no expone con certezas lo que son, fueron o dejaron de ser los restos. Simplemente están.

Escribe la autora: “Los restos están siempre arrancados a un cuerpo mayor, constituyen el destrozo en la misma medida en que el color y la forma significan los objetos más corrientes, y en los restos, la tela del vestido está siempre desgarrada, la roca aparece cortada en carne viva por un ciclón que le abrió las entrañas, la carrocería ha clavado sus uñas en el coche y le ha extirpado un trozo de goma, hay ojos y piernas, algunas piezas de mecánica, un pedazo de espejo y una cabellera. De dónde vienen y qué son, la única respuesta conocida es que la Ciudad centrifuga objetos y cuerpos, los rompe y los arroja” (32-33).

Se podría decir que una explosión sobrevino al mundo. Que un fenómeno de la naturaleza desgarró enormes cuerpos y convirtió todo en trozos y pequeñas micropartículas; una especie de big bang posmoderno. Sin embargo, en una novela donde absolutamente todo es interpretable e incierto, proponemos un derrumbe político-cultural como al que asistimos diariamente. No es necesario un mundo como el que Cormac McCarthy describe en La Carretera para saber que estamos ante el fin de los tiempos. La mercantilización de la medicina, el perfeccionamiento del neoliberalismo y las inverosímiles decisiones tomadas por los tribunales de justicia son pruebas de que la sociedad está fragmentada y descompuesta. Y que, al igual que los restos de la novela, estos fenómenos traen consigo un hedor insoportable.

Una familia abandona la ciudad que habita para internarse en un centro luego de que los restos destrozaran la huerta que tenían en su hogar. A cambio de ingresar, el hermano mayor Rodolfo, debe ceder un riñón. Ya adentro la familia es dividida en pisos distintos, siendo Mirta, la protagonista, quien será ubicada en la sección La Experiencia. En este espacio los internos son vestidos por una modista, deben tomar diariamente pastillas púrpuras y conversar con Ágata, una mujer-lagartija.  Así se desarrolla esta críptica novela que comienza con la foto en blanco y negro de una tapa de alcantarilla en un paso peatonal. Imagen no casual pues pareciese que el texto transcurrirá debajo del suelo, en un submundo que no escuchamos ni percibimos. Esta figura literaria aparece también en la novela Avenida Diez de Julio Huamachuco de Nona Fernández, pues igualmente nos adentramos en una indescifrable escotilla donde los personajes intercambian objetos, haciendo de esta práctica un reducido y pragmático sistema económico.

Muy lejos de querer etiquetar el texto de Keizman, y a pesar de sus múltiples interpretaciones, proponemos que Los restos es una novela política. Pero no en un sentido pornográfico donde todo está dicho y explícito. Por el contrario, no elabora una crítica a la posmodernidad desde las herramientas convencionales, como sucede, por ejemplo, en la saga del detective Heredia o en la narrativa de Germán Marín. Más bien el escrito aborda la problemática política-económica desde una orilla, desde un borde, sin hacerla nunca parte de lo que para Alan Pauls es ese llanterío que describe y narra en su Historia del llanto.

Un texto laberíntico y claustrofóbico, que fusiona Un mundo feliz de Huxley, El país de las últimas cosas de Auster, magos ocasionales, reptiles que hablan y extraños seres llamados veintecentímetros. Una novela que, tal como sostiene Félix Bruzzone en la contratapa, presenta una cotidianeidad-rompecabezas que ya no puede reconstruirse. Y aunque todas las variables indiquen que podríamos estar hablando de una fantasía, genera pavor que los restos, inundándolo todo, ya comenzaron su depredación.

losrestos

Los restos
Betina Keizman
Alquimia
2014
166 páginas