Nos gusta conocer librerías y libreros. Fuimos al persa y en la segunda temporada del programa de televisión de Ojo en Tinta, conversamos con el librero Héctor Muñoz Tortosa, dueño de la librería  “Libros de ocasión”. Para este artículo visitamos «Libros Lamur», en el Barrio Italia (Caupolicán 21), de Héctor Lamur, que lleva más de 30 años en el barrio. A cualquiera le llama la atención su local, que tiene una bodega con miles de libros que se apilan de piso a techo, formando una muralla de papel.

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Héctor Lamur, dueño de «Libros Lamur», en el Barrio Italia.

Libros Lamur, en Caupolicán con Girardi, es el paraíso de los lectores de libros viejos. Ahí he encontrado varias joyas, sobre todo de autores chilenos. Libros de Joaquín Edwards Bello, Manuel Rojas, Daniel de la Vega y José Santos González Vera, en bonitas ediciones de Nascimento o Zig-Zag. Mi último hallazgo: La isla del tesoro, de Stevenson, publicada por Zig-Zag en 1941. Tiene ilustraciones de Coré y la portada fue diseñada por Mauricio Amster. De las mejores ediciones que he visto. Me salió $2.000. Pero hay que tener tiempo para buscar, advierto. No hay ningún tipo de clasificación. Los libros tampoco tienen el precio puesto. Uno se acerca al dueño del local, don Héctor, y le pregunta. Entonces don Héctor mira el libro, luego a uno, luego al libro de nuevo, y entonces da un precio. Pero no hay que temer, los libros están alrededor de los $3.000. Y siempre es conversable. Hay también revistas, como El Peneca, Ecran, Margarita, Apsi, Ercilla.

 

Héctor Lamur —viudo y padre de 6 hijos, 3 de ellos con locales de restauración y antigüedades al lado suyo— llegó al Barrio Italia hace más de 30 años. Primero vendía cachureos que restauraba, luego se especializó en libros. Algo paradójico porque confiesa que nunca ha sido muy bueno para leer. Todos los días don Héctor llega a Caupolicán desde su casa en La Pincoya, entra a su bodega —donde hay miles de libros apilados en hileras— saca libros al azar y los pone sobre mesones en la vereda. Al final del día vuelve a entrar lo que no se vendió. Y así. No se define como librero, si no que como ayudante de librero: “La diferencia —dice— es que un librero, si llega una persona y dice quiero tal libro, de tal escritor y editorial, lo sabe; yo no”.

El negocio parece ser rentable, don Héctor —también Presidente de la Asociación de Anticuarios de la Estación Caupolicán— debe ser de los pocos dueños de librerías que considera que en Chile se lee mucho. Es recomendable visitarlo los sábados, que es cuando, usando una escalera, saca toda la carne a la parrilla: “No tengo alfombra ni campanita. No está la mesa arreglada. Tírese a la piscina y trajine”.

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