Se ha traducido en Chile el libro de Henry Rousso, La última catástrofe, titulado así en referencia a los acontecimientos trágicos que marcan el siglo XX. Es, principalmente, una reflexión sobre el tiempo histórico, que a su vez tiene una larga historia, como analiza Lucie Campos.

Henry Rousso [Fotografía: Natacha Nisic]

La historia del tiempo presente, hoy en día un campo de estudio por derecho propio, se ha vuelto tardía y progresivamente uno legítimo al interior de los estudios históricos. Su aparición en el siglo XX, tanto en Francia como en Europa, coincide con una nueva importancia otorgada a las cuestiones de la memoria y el patrimonio en el espacio público y científico después de la Segunda Guerra Mundial. Es la historia de este surgimiento y esta legitimación progresiva la que Henry Rousso relata en La última catástrofe. Su objetivo es situar en el tiempo la aparición de algunas de las características esenciales de una historia dedicada a lo contemporáneo, como la mirada distanciada sobre el pasado reciente o la perspectiva de una historia inacabada y necesariamente provisoria.

La historia del tiempo presente, hoy en día un campo de estudio por derecho propio, se ha vuelto tardía y progresivamente uno legítimo al interior de los estudios históricos.

Para componer una historia del tiempo presente, debemos trazar la larga historia de la evolución de la historiografía europea, que el autor describe como una serie de momentos de experiencia colectiva donde la urgencia de los acontecimientos lleva al historiador a enfrentar las preguntas de su época, lo que le impide situarse a distancia del pasado o introducir algún período de reserva. Multiplicando los puntos de comparación históricos e internacionales, Rousso, autor de la frase «el pasado que no pasa» (1)  —que originalmente se refería a las repercusiones duraderas del recuerdo de la ocupación alemana en la conciencia histórica francesa— contribuye así a ampliar la reflexión actual sobre la difícil relación de la época contemporánea con su pasado reciente. Al proponer una re-contextualización de estas nociones de contemporaneidad y de historia del tiempo presente, La última catástrofe se inscribe a continuación de las reflexiones formuladas en los años ochenta por Pierre Nora sobre «la era de la conmemoración», y más recientemente por François Hartog sobre el «presentismo» que caracteriza el actual régimen de historicidad (2).

La última catástrofe.
Henry Rousso,
Editorial Universitaria/Centro Diego Barros Arana, 2018, 286 pp.

Ni un tratado sobre epistemología ni un ensayo normativo sobre cómo escribir historia, el libro de Henry Rousso propone un recorrido de historia intelectual a través de generaciones de historiadores, principalmente franceses, que han hecho evolucionar la disciplina histórica y los marcos de su enseñanza en el curso de  los siglos XIX y XX. El libro también adopta a veces los aires de un manifiesto, pidiendo una visión no trágica de la historia del tiempo presente: si la historia del presente comienza siempre con la «última catástrofe» a esa fecha, en las palabras de Hermann Heimpel (3) retomadas en el título, la investigación de Henry Rousso busca poner en perspectiva, comparando las diversas respuestas posibles frente a un pasado catastrófico, una cierta tendencia catastrofista o traumática de la historia del tiempo presente vinculada a su focalización (incluso hoy) en las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Por una historia larga de lo contemporáneo

¿A partir de cuándo se puede hablar de historiadores de lo  contemporáneo? Antes de entrar plenamente en los siglos XIX y XX, donde sitúa el surgimiento de una verdadera historia del tiempo presente en sentido actual, Rousso recorre cuatro etapas principales de la conceptualización de lo contemporáneo. Se remonta primero al «tiempo presente antiguo», el período griego y romano que vio nacer las primeras grandes narrativas históricas, cuando la historia del presente es la única posible: Heródoto, luego Tucídides inventa la ficción de una «historia en directo», la contemporaneidad es aquí inherente al gesto histórico, ya que la experiencia directa del historiador juega un papel en su comprensión de la historia, y que la historia se considera como una mirada y una acción sobre los vivos, y no como estudio, memoria o deuda con los muertos. Para el «eterno presente medieval», por otro lado, caracterizado por una «vasta indiferencia al tiempo» (Marcel Bloch) y una «negación de la historia» (Jacques Le Goff), la noción de contemporaneidad tiene poca importancia, la representación del pasado está completamente orientada hacia el presente, y tiene la intención de guiar la acción de los vivos. La revolución científica de los siglos XVI y XVII, y el pasaje, descrito por Krzysztof Pomian, de un conocimiento inmediato a un conocimiento mediato, ve a la vez el surgimiento de nuevos métodos de observación científica basados ​​en instrumentos de medición, y un cambio en las vías de acceso al conocimiento de la historia. Finalmente, es al momento de la Revolución Francesa que se encuentra verdaderamente el nacimiento de la historia contemporánea moderna, en un momento en que el concepto mismo de historia cambia de sentido, y donde se observa una disociación radical del espacio de la experiencia y el horizonte de expectativas, del pasado y del futuro (teorizado por Reinhart Koselleck).

Mientras que la historia del tiempo presente fue primero objeto de un cierto rechazo al final del siglo XIX, es vista a finales del siglo XX como una innovación bienvenida.

El acto principal de esta historia larga de lo contemporáneo se representa en los siglos XIX y XX, período que se puede estructurar por una oposición entre lo que se representa a fines del siglo XIX, al momento del establecimiento en Francia y en Alemania de los cánones de la disciplina histórica y la enseñanza del pasado, y lo que se representa en el siglo XX, particularmente en la década de 1970: mientras que la historia del tiempo presente fue primero objeto de un cierto rechazo al final del siglo anterior, es vista a finales del siglo XX como una innovación bienvenida. Entre los motivos de tal rechazo, se encuentran ante todo los efectos de la distinción: una frontera para trazar lo que corresponde a lo científico y lo que corresponde a lo literario, una división del trabajo que también se puede encontrar en la sociología, disciplina emergente que considera el tiempo como una construcción social.

De hecho, tratando de hacer surgir una historia científica distinta de la historia clásica vuelta caduca por la Revolución Francesa, el siglo XIX fue reacio a la historia contemporánea, objetando que la ausencia de retrospectiva, la vivacidad de las pasiones, lo incompleto de los procesos observados, hicieron que tal proyecto fuera peligroso. Es en este momento en que se presenta un nuevo marco cognitivo para los estudios históricos, en el cual el historiador asume su posición anacrónica, buscando romper con su propia contemporaneidad para colocarse en la perspectiva del pasado (estos es, el principio de empatía histórica adoptado por la historiografía alemana). Aparecen nuevas generaciones de historiadores encarnados por Wilhelm von Humboldt, Johann Gustav  Droysen, Leolpold von Ranke, en Alemania; o por Charles-Victor Langlois, Charles Seignobos, Ernest Lavisse, en la Francia de la Tercera República: historiadores de un nuevo tipo para los que la retórica o la elocuencia no son suficientes, que hacen un trabajo sistemático de archivo, que denuncian también la gran cercanía  entre la historia y la literatura, que inventan el principio de la mirada distante y que excluyen la historia contemporánea del campo de la historia. Rousso se une aquí a las tesis de Pierre Nora: es un momento donde la noción de contemporaneidad empieza a echar raíces en el universo mental del siglo XIX que la disciplina histórica en vías de profesionalización decide separar la historia contemporánea del resto de historia (4).

La necesidad de una historia del tiempo presente

Con la Gran Guerra, la noción de contemporaneidad cambia de sentido, y la simultaneidad de las experiencias de guerra experimentadas en todo el continente da una nueva dimensión a la noción de historia contemporánea. Dado que el pasado se vive bajo un aspecto traumático, se modifica el papel del historiador: es el tiempo presente el que manda, la necesidad de producir relatos sobre lo que acaba de concluir y la necesidad de dar significado a los eventos para sortear el traumatismo. Desde una historia vinculada a la objetividad, pasamos a una historia al servicio de las pasiones del presente, rechazando explícitamente la idea de retirada que dominaba la escuela histórica. Junto con una nueva conciencia histórica popular, la Gran Guerra hace surgir a la vez la figura del historiador de lo contemporáneo y la del testimonio, así como la idea de una posición subjetiva del escritor, anteriormente herética, se ve rehabilitada en Europa y en América del Norte. Esta redefinición del papel del historiador se materializa en Gran Bretaña por Robert Seton-Watson, que escribió en 1928 una «Defensa de la historia contemporánea», y en Francia por Marc Bloch, cuya Apología para la historia hizo del conocimiento del presente un recurso para entender el pasado (5).

Con la Gran Guerra, la noción de contemporaneidad cambia de sentido. Dado que el pasado se vive bajo un aspecto traumático, se modifica el papel del historiador: es el tiempo presente el que manda, la necesidad de producir relatos sobre lo que acaba de concluir.

La Gran Guerra por tanto desarrolla una forma de historicidad desarraigada que,  bajo el peso de la historia reciente y la nueva importancia del concepto de contemporaneidad, rompe con la visión de la historia fundada en el siglo XIX en la idea de progreso continuo y acumulativo. El fuerte vínculo entre política, memoria e historia, la urgencia de comprender el momento actual aparecido en 1918 se percibe con mayor claridad incluso después de 1945. Desarrollando la comparación entre los dos conflictos mundiales, Rousso describe una historia del tiempo presente de nuevo movilizada para responder a los efectos del trauma sufrido, esta vez con la condición de observar a distancia los eventos que están aún  cercanos en el tiempo.

El período ve la aparición de nuevos problemas, en parte relacionados con el grado de violencia sin precedentes por el cual la Segunda Guerra Mundial fue marcada: la cuestión de saber si el historiador debe adoptar una postura empática o distante, las diferencias metodológicas que separan la historia de las víctimas y la de los verdugos, el surgimiento de una escritura judicial de la historia, el riesgo de una polarización sobre su dimensión catastrófica. De ahí una nueva inestabilidad en el corazón de la disciplina histórica, que ya no se define sólo como un proceso de comprensión, sino también de confrontación con el pasado, cuyo dominio ha perdido su evidencia. Lucien Febvre evoca en su Cahiers d’histoire de la guerre una historia que se inscribe en lo «provisorio» (6), lo provisorio, que se puede ver, con el principio de la mirada distante, como uno de los fundamentos epistemológicos de la historia del tiempo presente.

La institucionalización progresiva de la contemporaneidad

La creación de institutos y comités de historia —como el Comité Internacional de Ciencias Históricas—, comienza a partir de 1945 como una verdadera institucionalización de la historia del tiempo presente, que se desarrolla por todas partes en el mundo occidental en las décadas de 1960 y 1970, a menudo bajo el impulso del Estado más que del mundo universitario. El término Zeitgeschichte adquiere así un significado particular con la creación en 1945 del Institut für Zeitgeschichte destinado a hacerse cargo de la historia del nacionalsocialismo; en Francia, un Comité Internacional de Historia de la Segunda Guerra Mundial se creó bajo este modelo en 1967.

La historia contemporánea de Alemania se convierte en un caso emblemático de la historia general del siglo XX, como punto de paso obligado de los historiadores del tiempo presente. La evolución de la historia contemporánea depende del fuerte desarrollo de la historiografía alemana después de 1945 (así como de la contribución de los refugiados intelectuales alemanes en los Estados Unidos en las décadas de 1930 y 1940): la amplitud del apoyo proporcionado por los intelectuales al régimen nazi es objeto de controversia, y la cuestión de la culpa (Schuldfrage) ocupa al conjunto de la profesión histórica hasta la década de 1980. Menos vehemente que el historiador alemán Sebastian Conrad, quien denuncia este efecto de institucionalización como parte de una «estrategia inmuntaria» (7) porque separa la historia del nazismo del resto de la historia alemana, Rousso, sin embargo, amplía el informe de este último al comentar una tendencia común a todas las instancias históricas europeos de aislar este período y acentuar con el tiempo la naturaleza excepcional del evento.

La historia contemporánea de Alemania se convierte en un caso emblemático de la historia general del siglo XX, como punto de paso obligado de los historiadores del tiempo presente.

En Francia, iniciativas singulares como el Comité Internacional de Historia de la Segunda Guerra Mundial difieren de lo que se hace dentro de la universidad en sentido amplio donde los desarrollos conciernen poco a la historia del tiempo presente: en la década de 1950 y 60, la historiografía moderna y medieval desarrolla nuevos paradigmas, la larga duración, la historia inmóvil, la historia de las mentalidades, mientras que la historiografía del tiempo presente parece quedar prisionera de temas más tradicionales, las guerras, las revoluciones o el fascismo, y de paradigmas obsoletos, en primer lugar, el del evento.

El desarrollo del paradigma de la «larga duración» por Fernand Braudel, enunciado en 1958, juega aquí el papel de un obstáculo, ya que en el siglo XIX el éxito de la escuela metódica ya había bloqueado el desarrollo de una historiografía de lo contemporáneo. Al igual que Seignobos antes que él, Braudel se niega a aceptar el carácter incierto e inacabado de la historia del tiempo presente, rechazando el evento como «espuma de la historia», —admitiendo hasta qué punto este rechazo del tiempo de los eventos estaba ligado con la necesidad de refugiarse de una historia demasiado cercana. De este modo, se vuelve a la tesis de una distancia necesaria, con la diferencia, sin embargo, de que no se trata de comprender a posteriori un evento enfriado, sino de observar mejor, gracias a la perspectiva larga, las estructuras profundas de las sociedades: el tiempo transcurrido no es una desventaja, sino el privilegio del historiador, según Braudel, que bloquea temporalmente el camino hacia el desarrollo de la historia contemporánea, al tiempo que abre otra vía de conceptualización de la distancia entre el pasado y el presente (8).

Fuera de la universidad, la década de 1970 está marcada por el surgimiento de otra relación con el pasado, que se ha convertido en el objeto de una inversión cultural masiva por parte de una nueva categoría intelectual, social y cultural. Al describir el surgimiento de una demanda social de la historia en el espacio público de las sociedades contemporáneas mucho antes de 1989, Rousso desplaza también los límites del presentismo descrito por François Hartog (quien hace comenzar este régimen de historicidad particular con la caída de Muro de Berlín y el fin de las utopías). Al mismo tiempo, al final de su larga historia de lo contemporáneo, muestra cómo la historia contemporánea, al principio casi ausente de este contexto, se termina por afirmar gracias al establecimiento de una nueva configuración historiográfica en torno a objetos tales como la memoria, el evento (9) y los medios (como fuentes y como objetos); después se concretiza finalmente con la fundación en 1979 del Instituto de Historia del Tiempo Presente (dirigido primero por  François Bédarida y luego por el propio autor de 1994 a 2005).

¿Qué es lo contemporáneo?

La necesidad de una mirada distante a la historia reciente, el nuevo rol del actor y el testigo, la conciencia de una historia inacabada: el desvío a través de una larga historia de lo contemporáneo permite identificar algunas características permanentes de la historia del tiempo presente. En relación con una nueva relación con el pasado más marcada por una obligación política y moral, alimentada por la multiplicación de los relatos de antiguos combatientes, la recopilación de una masa sin precedentes de testimonios y de documentos, las primeras interpretaciones judiciales de una historia apenas terminada, la nueva configuración historiográfica conduce a un cambio en la definición de la contemporaneidad.

Esto contemporáneo, nuestro, demuestra una longevidad relativamente inédita: de hecho, el interés por la historia del tiempo presente no disminuye a medida que nos alejamos de la Segunda Guerra Mundial, por el contrario, el recuerdo de la última catástrofe conduce a una creciente preocupación por su historia específica, cuya superficie institucional, editorial, mediática, no cesa de aumentar. Tal extensión en el tiempo no está exenta de problemas. En primer lugar, comparada con la experiencia masiva compartida que podría caracterizar la Primera Guerra Mundial, parece a posteriori que la Segunda Guerra ha visto una relativa «desincronización» de los tiempos vividos, entre el Frente Oriental y el Frente Occidental, entre la experiencia de los combatientes y la experiencia de los deportados; lejos de transmitirse de manera idéntica entre las generaciones sucesivas del período de posguerra, la historia del período se ve complicada por otras temporalidades muy diferentes, por ejemplo en lo que respecta a la consideración de la Shoah, que no ocupa el mismo lugar en la conciencia colectiva de la década de 1950 o en la de 1990. En segundo lugar, nuevos dispositivos como los grandes juicios colectivos o nociones como la imprescriptibilidad, que acentúan aún más la contemporaneidad del pasado con el presente y reducen la distancia que los separa, pueden tender a perpetuar una relación traumática con el pasado.

Finalmente, esta contemporaneidad no es solo francesa o europea, sino también global. En un momento en que Europa estaba emprendiendo a gran escala una nueva ola de reparaciones judiciales, morales y financieras por los crímenes nazis, surgían preguntas similares en otras partes del mundo, ya sea en Sudáfrica, América Latina o la antigua Yugoslavia.

Finalmente, esta contemporaneidad no es solo francesa o europea, sino también global. En un momento en que Europa estaba emprendiendo a gran escala una nueva ola de reparaciones judiciales, morales y financieras por los crímenes nazis, surgían preguntas similares en otras partes del mundo, ya sea en Sudáfrica, América Latina o la antigua Yugoslavia: el tratamiento de temas como la amnistía, el uso de archivos, el debate entre los partidarios de la memoria o del olvido, el establecimiento de comisiones de verdad y reconciliación, todo está marcado por el ejemplo del tratamiento de la historia de la segunda guerra mundial. Paralelamente, la circulación de conceptos y nociones a través del espacio internacional de la investigación histórica da testomonio de esta evolución: en el Reino Unido, en América del Norte (en Estados Unidos como en Canadá), estamos asistiendo al desarrollo de una joven generación de investigadores que trabajan en la contemporary history, la historia popular, la public history, la historia aplicada y un nuevo interés en el concepto de conciencia histórica, que reemplaza en parte la noción de memoria colectiva; desde los mundos de habla francesa y de habla alemana, la noción de la historia del tiempo presente también se difunde hacia América Latina y, en particular, hacia Brasil, donde se ven aparecer las nociones de historia actual, historia vivida, pasado vivo.

La persistencia, en el espacio de la comprensión contemporánea, de una «última catástrofe», cambia no sólo la forma de escribir la historia contemporánea sino también la relación del presente con el pasado. Retomando en el dominio de la historia una interrogación sobre lo contemporáneo que ha pasado, durante la última década, a través de la literatura, la filosofía y la historia del arte, la obra de Henry Rousso traza con claridad la historia de los estudios sobre el  tiempo presente, precisando el significado, desde el punto de vista de la disciplina histórica, de ciertas preguntas recurrentes como la objetividad, la distancia, la incompletitud o sus contrarios, la escritura subjetiva, la proximidad con el tiempo del evento, la clausura. Si el campo de lo contemporáneo no siempre ha tenido una legitimidad evidente para una disciplina relacionada con la distancia y la objetividad, aparece aquí no sólo como un objeto de estudio en sí mismo, sino también como un campo central para la comprensión de la época.

Artículo aparecido en «La Vie des Idées», 5 de abril 2013.

Traducción: Patricio Tapia.

Notas

(1) Eric Conan y Henry Rousso, Vichy, un passé qui ne passe pas, Paris, Fayard, 1994.

(2) François Hartog, Régimes d’historicité. Présentisme et expérience du temps, Paris, Seuil, 2003 [Hay versión castellana,  François Hartog, Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo, México, Universidad Iberoamericana, 2007].; Pierre Nora, Lieux de mémoire, tome I, La République, Paris, Gallimard, 1984 [Hay versión castellana de una selección, Pierre Nora, Pierre Nora en les lieux de mémoire, Santiago, LOM, 2009].

(3) Hermann Heimpel, director del Instituto Max Planck Institut en la década de 1950, fue uno de los primeros historiadores en centrarse en el tema de la culpa alemana (Vergangenheitsbewältigung).

(4) Pierre Nora, «Présent», en Jacques Le Goff, Roger Chartier y Jacques Revel (dir.), La Nouvelle Histoire, Paris, Retz, 1978. [Hay versión castellana, Jacques Le Goff, Roger Chartier y Jacques Revel (dir.), La nueva historia, Bilbao, Mensajero, 1988].

(5) Robert William Seton-Watson,  «A Plea for the Study of Contemporary History», conferencia pronunciada en la Universidad de Londres el 13 de diciembre de 1928; Marc Bloch, Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien, Paris, Armand Colin, 1997. [Hay versión castellana, Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador, México, FCE, 2001].

(6) Lucien Febvre, Cahiers d’Histoire de la Guerre, 1, enero 1949, p. 1-3.

(7) Sebastian Conrad, The Quest for the Lost Nation, Writing History in Germany and Japan in the American Century, Berkeley, University of California Press, 2010.

(8) Fernand Braudel, «La longue durée», Annales, 4, oct-dic. 1958. [Hay versión castellana en Fernad Braudel, La historia y las ciencias sociales, Madrid, Alianza, 1968].

(9) Ver, Pierre Nora: «L’événement monstre», en Communications 18 – 1972 ; retomado y reelaborado bajo el título «Le retour de l’événement», en Pierre Nora y Jacques Le Goff (dir.), Faire de l’histoire, t. 1, Paris, Gallimard, 1974, p. 210-227. [Hay versión castellana, Pierre Nora y Jacques Le Goff  (dir.): Hacer la historia t. 1, Barcelona, Laia, 1984].