Nuestro reseñista Joaquín Escobar discrepa con quienes desde la academia califican de «simplismo del pasado» el abordaje de los tópicos dictatoriales con nuevos géneros de expresión, como la novela gráfica. Por eso cree que Los años de Allende es una historieta bien lograda y urgente «para reintegrar lo remoto».

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Los años de Allende (2015, Hueders) es la novela gráfica que retrata los mil días que duró el gobierno de la Unidad Popular. Rodrigo Elgueta (dibujante) y Carlos Reyes (guionista) reconstruyen en viñetas lo que fue en contexto y cotidianeidad la experiencia del socialismo en Chile. Para ello se valen de John Nitsch, un periodista norteamericano que llega para cubrir las elecciones del 4 de septiembre de 1970 entre Allende, Tomic y Alessandri. En un país dividido y absolutamente politizado recoge los prismas del debate existente: acude al consulado norteamericano donde la aristocracia criolla se reúne para impedir lo que —sólo para ellos sería— una segunda Cuba; y conoce a Claudia, militante del MIR, que promulga el cambio desde la lucha armada.

El libro funciona como un documento cronológico del período. Narra la nacionalización del cobre, los asesinatos de Schneider y Pérez Zujovic, la continuación de la reforma agraria, el polémico indulto presidencial y la visita de Fidel Castro al país. Pero no sólo se detiene en los grandes hechos históricos, igualmente explora el potente fenómeno cultural vivenciado: la editorial Quimantú, las brigadas muralistas, la peña de Los Parra y el canto nuevo. Un carnaval cultural que nunca se ha vuelto a repetir en Chile y que tiene como su máxima bandera la entrega del premio Nobel a Pablo Neruda.

La novela gráfica alcanza su mayor logro al explicitar y desarrollar las disputas existentes adentro de la misma Unidad Popular. Y es un acierto, pues la literatura chilena —particularmente Germán Marín, Diamela Eltit y Díaz Eterovic— siempre evocan en sus escritos un paraíso perdido carente de toda culpabilidad. Grave error. Los grupos de izquierda armados radicalizan absurdamente un proceso que distaba bastante de aquello. Y aunque es obviamente un sinsentido afirmar que esto es la única causante del golpe de Estado, sí el querer ir más allá del programa popular impidió gobernar y generó fracturas cuando todo debió ser cohesión.

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Las viñetas están plagadas de estos debates, incluso el mismo periodista cuestiona la actitud de los miristas, a lo que Claudia responde: “Y dale con lo mismo. Las fuerzas reaccionaras se están agrupando, John, y nadie parecer verlo. Soy la primera en aplaudir el hecho de que el gobierno haya abierto las puertas de la movilización obrera y campesina, pero nuestro deber es combatir incluso a los sectores más vacilantes de la UP”. Interesante es cómo la novela gráfica se hace cargo de una variable que la narrativa chilena posterga. La ultraizquierda pensó mal ese período histórico y es inconcebible que nuestros narradores no problematicen ni abunden en ello.

Las viñetas poseen los dibujos necesarios, son minimalistas: no están sobrecargadas con detalles intrascendentes. Cada cual tiene su núcleo desde el cual desarrolla una microhistoria encadenada a un eslabón mayor. Por lo mismo, es interesante la página completa dedicada al gabinete conformado por Allende; retratos donde se indica partido y rol ministerial, puntualizadas en escenas posteriores, como por ejemplo, la cadena nacional que realiza José Tohá donde sostiene que los cambios en el agro se realizarán en forma legal y democrática. A su vez, y desde el posterior bando vencedor, hallamos al cura Raúl Hasbún, quien retratado desde una viñeta sostiene: “mientras más conozco a los representantes del pueblo, más admiro a los perros”. Así avanza el texto, en forma rápida, explosiva y tensa. Este caminante norteamericano, muy lejos de la figura del flaneur, funciona como un ojo que observa y narra desde la objetividad.

No estoy de acuerdo con esa parte de la academia que sostiene que trabajar tópicos dictatoriales mediante nuevos géneros de expresión es un simplismo del pasado; que indican reduccionismo cuando la historia reciente de Latinoamérica se aborda mediante la novela policial o el cómic. Las sociedades posmodernas que habitamos nos entregan nuevos y diversos canales comunicativos. Por ende, una apropiación de los mismos es una forma más que válida para reintegrar lo remoto. Una historieta bien lograda e interesante que se hace más urgente que nunca, con una cotidianeidad política plagada de socialistas de mercado y cotillón, Los años de Allende retorna con el recuerdo del conglomerado que transformó este país en el carnaval de los que nunca han vuelto a tener el poder.

Los años de Allende
Carlos Reyes, Rodrigo Elgueta
Editorial Hueders
126 páginas
2015