María Sonia Cristoff en Mal de época (Laurel, 2018) nos presenta dos personajes que experimentan tránsitos desenfrenados.

FG es un tipo que se traslada de un lugar a otro siguiendo trazos, pistas de una misión que no conoce, pero sobre la que parece estar seguro. Viene de Irak y Siria, de un desierto, y quizás también de la Patagonia o Catamarca. Es difícil confiar en sus palabras. En algún punto decidió volver al país del que alguna vez sus padres huyeron y al que sus abuelos llegaron. “…De cuál de los dos [padres] había surgido la idea de paliar una crisis nacional yéndose al desierto. De ninguno: de los antepasados. Qué fácil.”. Tránsitos infinitos. A FG no hay motivos racionales que lo muevan (ya sean el hambre, el miedo, o el progreso personal). Tampoco rehúye él, quizás por rebeldía, de lo que todos evitan: “la ciudad monstruo… el topónimo desquiciante”, que podría ser Buenos Aires u otra de nuestras mega ciudades.

Albert Dadas es un paciente psiquiátrico, caso clínico de fines del Siglo XIX. Él camina, desaforado. No puede estarse quieto en ningún lugar y huye del servicio militar y de la casa de sus padres. No persiste en ningún trabajo. Arranca a los pocos días para lanzarse a caminar distancias increíbles. Hasta 70 kilómetros diarios registra en un periodo. Por lo tanto, hay que encerrarlo. Escapa. Recorre Francia, Bélgica, Rusia, Holanda. Hay que volver a encerrarlo, hasta disciplinar su impulso escapista y controlar también su impulso masturbatorio.

María Sonia Cristoff, a través de voces femeninas, nos muestra a dos personajes completamente desquiciados. Un esquizoide paranoide (si se me da licencia para el invento) y un fugado (término médico, éste real, acuñado en el Siglo XIX, en los inicios de la clínica moderna y la psiquiatría, según nos cuenta una de las dos narradoras). Ellos parecen incapaces de comportarse como seres humanos normales, de sostener un trabajo, de poder distinguir la realidad de la fantasía.

Como dos anarquistas, sin propósito -o propósitos oscuros, porque algún propósito debe haber- los personajes deambulan de aquí para allá.

No les importa el dinero y tienen poca noción del tiempo. En la compra más mínima, FG entrega un billete y se aleja sin esperar el vuelto; las referencias temporales en su cabeza nunca son exactas (“¿hace dos horas? ¿dos días?”). Dadas, en sus fugaz, sólo pide comida para sobrevivir. Si es dinero, es para gasto en la necesidad inmediata.

Como dos anarquistas, sin propósito -o propósitos oscuros, porque algún propósito debe haber- deambulan de aquí para allá.

FG se concentra en la misión que se le ha entregado, de la que parece que nunca sabremos algo. Desconfía de todo, aunque siempre buscando algo en qué confiar. Por ello, está muy atento a las señales del camino. Desatiende religiosamente el tiempo y el dinero, y su compañero de aventuras pasa a ser un guaicurú, especie de rapaz que se observa en el norte de Argentina. Lo llama Frito.

Dadas escapa de la fábrica porque no soporta que le digan qué hacer. No odia lo que está haciendo. No le hace daño. Pero no soporta ese control. No es, nos cuentan, como otros fugados que simplemente se dejan llevar por el impulso de caminar. Rehúye como sea de los lugares de disciplina. Como FG, se animaliza: su impulso masturbatorio obsesivo lo domina.

En contraposición a esta “locura”, a los personajes se le enfrentan los sistemas de control que intentan disciplinarlos. Son los otros protagonistas de esta historia. Es la policía de la que FG desconfía, la clínica que quiere curar a Dadas, las redes sociales y cámaras de seguridad.

Cristoff realiza un intento eficaz de relatar el conflicto de libertad que el sujeto sufre en diferentes épocas de la sociedad moderna.

Cristoff realiza un intento eficaz de relatar el conflicto de libertad que el sujeto sufre en diferentes épocas de la sociedad moderna. Introduce con habilidad, por ejemplo, el papel disciplinario del ejército y la fábrica en el Siglo XIX, pero también con prolijidad, estilo y pertinencia, el rol que las nuevas tecnologías (redes sociales, amistades virtuales, localización, drones) juegan hoy en día con igual objetivo. El del control. Por eso a Dadas le cuesta tanto escapar y es tan frenética su huida, y la razón por la que FG vive atento a señales y paranoico ante cualquier peligro.

La figura del fugado cautivo, con la que se clasifica el Dadas de Mal de época es, en ese sentido, muy precisa para dibujar nuestra precaria e ilusoria libertad.

Michel Foucault (1926-1984) ha descrito la sociedad moderna desde sus orígenes en el Siglo XVIII y observa que ésta se ha constituido en base al control total ejercido sobre los individuos mediante un poder descentralizado y cristalizado en nuestras flamantes instituciones. Me parece que Cristoff conoce bien al filósofo francés.

Los dos personajes retratados por Cristoff, a Foucault le habría encantado incluirlos en sus estudios sobre la historia de la locura y los sistemas de control. Para quienes lo conocemos, Mal de época se nos presenta como una aplicación seductora del mundo que Foucault imaginó: una sociedad donde el control se manifiesta a través de una serie de tecnologías dispersas. Ya no es sólo la policía o el estado quienes ejercen el poder, sino que la gran variedad de instituciones modernas con las que contamos (la familia, la fábrica, la clínica) y también el desarrollo tecnológico (la medición del tiempo, las redes sociales, la omnisciente localización). De tal forma. Los escapes posibles rayan en la irracionalidad.

Para quienes no han leído al pensador francés (del que recomiendo para empezar Vigilar y Castigar, seguir con sus conferencias en la Universidad Católica de Río de Janeiro y terminar con el sesudo Las palabras y las cosas), el libro es una invitación a repensar nuestro mundo, repensarlo como uno saturado de control. Ante lo absurdo que éste nos puede parecer tras su lectura, advierto, la sensación resultante puede ser de terror y angustia.