La argentina María Gainza es autora de dos celebradas novelas: El nervio óptico (Mansalva, 2014) publicada en Chile por Laurel (2014), y La luz negra (Anagrama, 2018), ganadora del premio Sor Juana Inés de la Cruz en México. Ambas producciones tienen en común el mundo de las artes visuales; un territorio conocido por Gainza, quien ejerció la crítica de arte antes de dedicarse a la ficción. Una selección de sus artículos sobre arte fue publicada el año 2020 por el sello argentino Capital Intelectual y recientemente fue lanzado su libro Un imperio por otro (Mansalva, 2021), con poemas que Gainza prefiere llamar “textos encolumnados”. 

Juan Tessi, Cameo. Fuente: Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA).

María Gainza (Buenos Aires, 1975) dice que llegó sin buscarlo a la crítica de arte. Aceptó una propuesta y así, alrededor del año 2000, comenzó su carrera como crítica y periodista —por más de 10 años—, que la llevó a ser corresponsal del diario «New York Times» y de la revista «ArtNews» en Buenos Aires, colaboradora de la revista «Artforum», del suplemento «Radar» y del diario argentino «Página/12». Junto con esto, fue coeditora de una colección sobre artistas argentinos del sello Adriana Hidalgo y dictó clases de escritura, actividad que continúa haciendo hoy a través de talleres que difunde en su cuenta de Instagram. Su interés por el arte, Gainza también lo ha reflejado en sus dos novelas: El nervio óptico y La luz negra (disponibles en Chile en Librería Nueva Altamira). 

La novela El nervio óptico, del año 2014 contiene 11 “cuentos-capítulos” que combinan pinturas,  vidas de artistas, vidas cotidianas, y autobiografía, cruzando ficción y crónica. Ha sido traducida a diez idiomas, por ejemplo al francés es Ma vie en peinture (Gallimard, 2018), que significa Mi vida en la pintura; sin embargo es posible que su título en español capte un aspecto de su originalidad: la erudición encarnada. Una particular sensibilidad para describir la vitalidad del arte y sus imágenes:Cada vez que miro Mar borrascoso algo se comprime dentro de mí, es una sensación entre el pecho y la tráquea, como una ligera mordedura. He llegado a respetar esa puntada, a prestarle atención, porque mi cuerpo alcanza conclusiones antes que mi mente. Más tarde, rezagado, llega a la escena mi intelecto con su incompleto kit de herramientas. 

La luz negra, por otro lado, publicada por Anagrama el 2018, toca la falsificación en el mercado del arte. La novela está narrada por una crítica y tasadora de arte, que sigue los pasos de una misteriosa falsificadora que vivió en Buenos Aires en los años 60, apodada la Negra, especializada en la obra de la pintora Mariette Lydis. “Ella pintaba el cuadro, pero más que copiar pintaba ‘a la manera de’, que es todo un arte porque supone meterse en la cabeza del otro, requiere empatía y, ¿por qué no?, de genio. Era una falsificadora original, si tal cosa existe”, se lee en La luz negra. La novela, que combina biografía con ficción, fue ganadora el 2019 el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado a escritoras en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

Sobre las ediciones de sus libros en el mundo, Gainza dice por correo desde Argentina: “Me involucro mucho con la portada y cuando no me gusta el resultado, me fastidia y quisiera volver a imprimir todo. A veces miro mi libro en la vidriera de alguna librería y me digo, “ufff esa foto imprimió mal, me quiero matar”. Es una de mis obsesiones. Pero así como la tapa me importa, las traducciones ni las miro, me haría mala sangre o sería demasiado trabajo”. “A mi me gusta muchísimo que me editen —añade sobre sus editores—, siempre y cuando tenga confianza y respeto por el editor. De todas formas, el arte de la edición a la manera de Maxwell Perkins me parece que ya no existe. Puede haber muy buenos editores pero no tipos que dejen todo para que tu texto brille. No sé a qué se debe su desaparición, pero supongo que es una de las tantas cosas que barrió la industria, ya no hay tiempo ni dinero y se publica demasiado”. 

El año 2010 el sello argentino Capital Intelectual publicó una selección de los artículos periodísticos sobre arte escritos por Gainza, con el nombre Textos escogidos. El 2020, el mismo sello lanzó una versión ampliada, abarcando desde el año 2003 al 2017, titulada Una vida crítica. Para aquellos textos de no ficción, ha dicho Gainza, su referente fue el crítico de arte norteamericano Peter Schjeldahl, quien colabora desde fines de los años 90 en «The New Yorker»: “Leer sus notas te da una sensación física de euforia: la versatilidad de su pluma, el espesor de sus ideas, la originalidad de sus imágenes, el despliegue de creatividad polimórfica, es intoxicante. Te hace sentir, además de entender, que el arte, de alguna forma muy misteriosa, aún tiene su razón de ser en el tejido social”.  

¿Cómo fue el proceso de selección de los textos incluidos en Una vida crítica?

La selección la hice yo. Quería que fueran artistas argentinos y quería que fueran textos que tuvieran algo, ese algo podía ser desde una pequeña gracia hasta alguna búsqueda formal. Por ejemplo está el texto sobre Alejandro Kuropatwa que empezó siendo un encargo para una biografía convencional y mustia, de las tantas que aparecen en la parte de atrás de los catálogos de museo y, en el proceso se volvió un monstruo mezcla de biografía coral con más de 50 entrevistas, relato en capítulos, texto crítico, un experimento sobre un género muy olvidado. 

¿Te sentiste satisfecha revisitando esos textos? 

Me sentí todo lo satisfecha que alguien de mi naturaleza se puede sentir. 

En Chile, al igual que en otros lugares del mundo, los medios de comunicación tradicionales han reducido o derechamente eliminado sus secciones culturales. ¿Qué crees que se pierde con la extinción de estos espacios?    

Con la extinción de los espacios en las secciones culturales se pierde todo un modo de vida: el del periodista especializado que podía vivir de eso y cuyo punto de vista y pluma tenían un valor y el del lector especializado que los domingos a la mañana, en un ritual innegociable, salía a la calle en pijama a comprar el diario y las medialunas y, ese mismo día al caer la tarde, hablaba por teléfono con alguna amiga y discutía sobre la nota leída, algo que ya entonces era un coletazo de la reunión parroquial de amantes de la cultura en el bar.

“El arte toca necesidades y capacidades humanas. Es un comienzo.” escribe  Schjeldahl en una crítica para «The New Yorker» a la exposición Dolor y duelo: Arte y Luto en Estados Unidos (2021). ¿Qué función crees que tiene la escritura crítica en tiempos polarizados?

En la medida que el texto crítico tenga un nivel poético y reflexivo que esté al nivel de la obra que analiza, su función es vital. Pero así como no quedan editores, ya no hay muchos Peters en el mundo. 

La precisión, la elipsis, es algo que busco en mí y en los otros y que se traslada a todo en mi vida.

¿Qué artistas te parecen claves de mirar?

No puedo hablar de artistas nuevos porque no sigo lo que pasa ahí afuera, me duele decirlo pero ya no escucho los cañonazos del arte contemporáneo. Cuando cada tanto me lo encuentro, me quedo en blanco; es hartamente probable que la culpa sea mía: creo que he entrado en la edad media y estoy medio ciega, medio sorda, medio muda.

¿Hay una diferencia en la forma en que te aproximas a las imágenes para hacer literatura o textos de no ficción? 

Invento menos en la no ficción, desde ya. Pero en términos de prosa no veo diferencias sustanciales. Trato de que todo suene bien. “Estamos en el negocio de la música”, decía Dorothy Parker y me interesa el common-reader como a los ingleses.

“Mi problema era cómo escribir sobre una leyenda sin quitarle misterio en el proceso, sin matar aquello que más me gustaba”, dijiste en una entrevista sobre la Negra ¿Qué decisiones tomaste en el proceso para lograr este objetivo?

Aligerar las tintas, usar más la tijera que el lápiz, dejar lagunas, datos inconexos, minar el texto de pequeñas perplejidades. No perseguir a la persona sino más bien a la estela que esa persona dejó porque algo me decía que la persona real siempre termina siendo una decepción y una pared.

Los falsificadores son a menudo ignorados por los historiadores del arte y mal vistos por los artistas.¿Qué valor o  sentido tiene para ti la autenticidad y la originalidad de una obra de arte?

No creo que sean mal vistos por los artistas. Hay cientos de leyendas de artistas que eran a su vez falsificadores, incluso De Chirico que se falsificaba a sí mismo, o bien artistas amigos de falsificadores que pergeñaban juntos sus pequeños fraudes. La falsificación es un problema para el mercado no para el arte. Me parece que el prejuicio viene más del gremio de las casas de subasta y de los historiadores que se toman todo muy en serio y no saben qué hacer con eso que se escapa por un pelín de la etiqueta “arte”. A mi la molestia crónica que produce una falsificación ya me parece algo interesante, “food for your mind”. Además, después de Duchamp, todo puede ser considerado arte.

««Es un músculo», decía Enriqueta, personaje de La luz negra, «tenés que entrenarlo.» Yo miraba sin saber qué debía mirar; cuando desesperanzada se lo comentaba, me decía: «Llegará un punto en que sentirás, percibirás, sabrás cómo debe verse una cosa.»” Hay algunos que  piensan que el modo en que miramos las cosas comunes y corrientes es una mirada práctica y que esta, no es la que suscita el arte. ¿Qué piensas de esto? ¿existe un estado particular para apreciar arte?    

Sé que existe un estado de extrañamiento con el mundo que se puede cultivar así como se puede entrenar la meditación o la trascendencia. Desfamilarización lo llamaba Victor Shklovsky. Nuestra percepción está en automático habitualmente, reconocemos el objeto pero no los vemos. Mirar al sillón de veinte años como si fuera un monstruo recién aterrizado en tu living sería, quizás, el ejercicio 1 del manual de Enriqueta.

Tanto en La luz negra como en El nervio óptico destacan las oraciones breves y elocuentes. Practicas la precisión…

Este año salen por Mansalva unos pequeños textos encolumnados que algunos —no yo— llamarían poemas (el libro ya fue publicado, bajo el nombre Un imperio por otro). Fueron la cantera primitiva de dónde surgió más tarde El nervio óptico. La precisión, la elipsis, es algo que busco en mí y en los otros y que se traslada a todo en mi vida. Tengo un amigo que me llama Chik Chak porque dice que resuelvo todo —desde la escritura a la compra del supermercado— de manera rápida y al punto. Habla de mi alto grado de ansiedad y de mi sentido práctico pero también de cierto gusto por la epifanía. De ahí, supongo, sale un estilo.

A Truman Capote le preguntaron si un escritor puede aprender estilo. El respondió: “No, no creo que el estilo sea algo a lo que se llegue conscientemente, como tampoco llegamos al color de nuestros ojos. Al fin y al cabo, su estilo es usted”. ¿Estás de acuerdo? En tu caso, ¿dirías que hay un esfuerzo para tener un estilo o voz propia?

El estilo se puede construir deliberadamente pero suena falso. Sería, siguendo la imagen de Capote, como usar lentes de contacto de color. No creo que el estilo sea solo tu personalidad pero sí, una parte importante de ella. El estilo se hace con un poco de uno y un poco de los otros. Pero lo raro es que uno no elige las influencias. Las influencias se cuelan en nuestro organismo y por eso siempre el estilo es un poco independiente de uno.

La pandemia ha generado que muchas instituciones que administran el acceso a obras de arte hayan enfatizado nuevas estrategias digitales para exhibir sus colecciones . ¿Cambia la forma de percibir una obra al hacerlo a la distancia, desde un dispositivo digital, y no de forma directa?

Con la pandemia pasa como con los padres o los corticoides: uno le adjudica todos los males del mundo. Yo creo que se consumía muchísima obra a través de la pantalla desde mucho antes de la pandemia. Sin ir más lejos, en mi vida yo he viajado poquísimo, todo lo que conozco lo conozco a través de libros o de la computadora. Lo que sí creo es que a lo largo del 2020 nuestros canales de percepción digital se saturaron. Hoy a mí me cuesta mirar una muestra de arte en Instagram, no porque se vea mal si no porque estoy embotada, asqueada y mareada. 

¿Hay algún lugar o lugares que extrañes visitar en particular para apreciar arte?

No extraño los museos en especial pero sí extraño ser flâneur en una ciudad desconocida. Siempre soñé con teletransportarme, tengo una novela sin terminar que trata sobre eso.

Hemos leído que no coleccionas imágenes en tu casa. ¿cómo describirías tu convivencia con las imágenes?

Tengo un solo cuadro que colgué durante la pandemia porque me pareció que tiempos extraños ameritaban extraños comportamientos y gestos drásticos. Es una pintura de Juan Tessi que tiene una simpleza y una sabiduría que me recuerda a tomar un vaso de agua y encontrar en el fondo un diamante. Pero no es mía la pintura, la tengo en commodato. De todas formas, saber que no me pertenece, saber que se puede ir, hace que la relación sea más urgente y más vital. Me parece que la posesión seca la mirada, una da por sentado al objeto poseído y el deseo inevitablemente desaparece.

Falsificación, arte y mercado en el cine

F for Fake es a la falsificación lo que El Padrino es a la mafia” (La luz negra, p.21).

El autor y la autora de esta entrevista recomiendan los siguientes documentales:

The Price of Everything. (El precio del arte). Nathaniel Kahn, EEUU, 2018. 

Art and Craft. Sam Cullman, Jennifer Grausman, EEUU, 2014.

Beltracchi – Die Kunst der Fälschung (Beltracchi, el gran falsificador). Arne Birkenstock, Alemania, 2014. 

Exit Through the Gift Shop. Banksy, UK, 2010.