A los dieciocho años Mariana Enriquez deseaba ir a shows de rock y trabajar como corresponsal en Glastonbury. No pensaba en publicar ni en ser escritora. Menos hubiese podido adivinar que sería una de las voces más relevantes de la narrativa argentina. La escritura llegó como una oportunidad de liberar obsesiones. Quería ahondar en temas que no encontraba en los libros. Así nació Bajar es lo peor (Planeta, 1995), que tuvo un éxito inmediato y que contaba una historia de amor gay, drogas y adolescencia.

Tras esta experiencia, pasaron diez años hasta que en 2005 apareció Cómo desaparecer completamente. Entremedio escribió una novela que fracasó y no vio la luz. Por paradójico que parezca, este hecho fue determinante para saber que quería dedicarse a escribir. Hoy Mariana Enriquez está instalada como un referente del terror en castellano. El 2016 publicó Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama), por el que obtuvo el Premio Ciutat de Barcelona. Sus cuentos trabajan escenarios cotidianos interrumpidos por el espanto y cruzan problemáticas contemporáneas como la pobreza y la desigualdad.

La semana pasada estuvo de visita en Chile y realizó la cátedra “La escritora joven: cómo empecé”, en la Universidad Diego Portales. Hace unos días lanzó su libro Alguien camina sobre tu tumba por editorial Montacerdos, en el que a través de crónicas recorre distintos cementerios del mundo. Sumado a eso, recientemente terminó de escribir una nueva novela de terror y reeditó La hermana menor (Anagrama, 2018), un perfil sobre la escritora Silvina Ocampo.

Pálida, sin zapatos y con un sweater negro, Mariana Enriquez me recibe en una habitación del tercer piso del Consulado Argentino, en el que hay una mesa antigua y un ventanal que da hacia Vicuña Mackenna. Afuera están los autos, las luces, la circulación de un día que comienza a decaer.

Hace algunos años la periodista Leila Guerriero se refirió al terror en tus cuentos como “Un jadeo de agua negra sobre baldosas al sol. Algo imposible que sin embargo podría suceder”. Me parece que esta idea resume muy bien lo que pasa al leerte. Hay una cotidianidad interrumpida por el horror, que no necesariamente responde a un evento sobrenatural. ¿Cómo nace la idea para un relato? ¿cómo se descubre el elemento inquietante?
—Depende de dónde encuentre eso inquietante. A veces tiene que ver con algo de la realidad. Me entero por ejemplo de un crimen espantoso que por las características me hace pensar en un tipo de connotación, me da cierta idea siniestra o me parece que tiene un significado. Incluso que es metafórico de algo un poco más grande. No lo investigo ni me trato de informar, dejo que me sugestione. Yo soy periodista y sé que los datos te condicionan. En otros casos son cosas más sutiles, cosas que escucho, como leyendas urbanas, historias que andan por ahí. A veces son asuntos puramente literarios o que tienen que ver con la imaginación.

Por darte tres ejemplos rápidos, en el cuento de “El chico sucio” lo que es real es el crimen del chico. Pasa que no sucedió en ese barrio, sucedió en el norte de la Argentina. Pero el crimen me impactó lo suficiente como para armarle una historia alrededor. En Las cosas que perdimos en el fuego nada de lo que ocurre es real, porque las mujeres no se queman a sí mismas en una especie de protesta. Pero lo que sí es cierto es la primera mujer que aparece, que es una mujer que fue quemada por su marido y pide dinero en el subterráneo. En otros casos no pasa absolutamente nada. Hay un cuento que se trata de una mujer que se enamora de una calavera. No conozco a nadie así, depende de la historia que tenga ganas de contar.

Al igual que otros géneros, en el terror se puede recurrir a fórmulas o estereotipos ya trabajados. Las casas encantadas, los vampiros, los zombies. En este escenario, ¿Cómo se puede evitar el lugar común?
—Lo que ocurre mucho con el género de terror en nuestro idioma es que se escribe poco. En castellano no hay una tradición y en consecuencia no tenemos mucha información de qué se escribe en los países que sí la tienen, como Inglaterra o Estados Unidos. Yo soy súper fan del género, entonces soy muy obse y estoy bastante al día de cómo trabajan los escritores contemporáneos. En literatura el terror respeta la iconografía del terror, pero la usa para decir otra cosa. Es algo que pasa desde los años setenta en la literatura anglosajona. El hotel de El resplandor está encantado. Pero si vos lees la novela, está encantado por un hombre que mató a su familia; sus hijos, su mujer. Jack tiene un problema de violencia familiar. Él le rompió un brazo a su hijo y elige este trabajo para aislarse, para dejar de beber y recomponer su vida familiar. Entonces sí, es un hotel encantado, pero los fantasmas que están ahí no son fantasmas con cadenas y muertos acechando. Son los fantasmas de la violencia contemporánea.

Desde la irrupción de Shirley Jackson en los cincuenta, Stephen King, Ray Bradbury y los pioneros del terror en esas décadas, se produce la gran revolución de traer el terror a lo cotidiano. En Cementerio de animales Stephen King hace una cosa totalmente perversa que es imaginar que uno entierra a un ser querido y vuelve, resignificando nuestro miedo a la muerte. Me parece que casi todos los escritores contemporáneos que escriben terror ya tienen incorporado el chip de la resignificación y apropiación de íconos. Distancia de rescate de Samanta Schweblin es un libro sobre los agrotóxicos en el campo argentino. Toma el tema del monstruo, el doble, los niños que se alimentan. De lo que está hablando es de los cultivos contaminados. Ya no podés hacer nada más una casa con fantasmas. Tienen que ser fantasmas de algo, que en general tienen que ver con la historia, los miedos colectivos o personales.

Nombrabas algunos autores emblemáticos del género. Me interesa saber cómo han cambiado tus influencias. Lo pienso también porque publicaste muy joven, en 1995 salió Bajar es lo peor, que tuvo una muy buena acogida, incluso con fanáticos de la novela. ¿Cómo han cambiado tus referentes?
—Hay algunos que no cambiaron, diría que se fueron agregando. Yo escribí cuando tenía dieciocho y publiqué a los veinte. Era recontra fan de las hermanas Brönte, Cumbres Borrascosas, Jane Eyre. Stephen King por supuesto, Anne Rice. Eso era por el lado romántico, gótico, pop, porque también era bastante punk. Me gustaba esa estética oscura. La otra influencia eran escritores norteamericanos que trabajaban lo urbano: John Fante, John Kennedy Toole, Hubert Selby Junior, William Burroughs. La mayoría de los escritores de la ciudad y los excesos, las drogas, bastante literatura gay. Había leído y sigo leyendo muchísimo, pero en ese momento no sentía la literatura latinoamericana como influencia. Ahora con el tiempo me doy cuenta que te marcan en el lenguaje. En lo que escribo está Julio Cortázar, Silvina Ocampo, Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato. No otros libros de él, porque no me gustan, pero ese libro sí. En los climas, en ese Buenos Aires, la geografía, Alejandra, ese tipo de personaje muy idealizado. Yo creo que en la influencia pop Manuel Puig. Para mí es importante por el gesto, por incorporar el cine. También Juan Carlos Onetti y José Donoso, que para mí es un escritor rarísimo. Leía mucha poesía de chica, pero lo más predecible: Rimbaud, Baudelaire, Alejandra Pizarnik, los escritores rockeros.

Ahora de grande me gustan mucho los poetas peruanos, Antonio Cisneros, José Watanabe. También me gusta mucho T.S Elliot, Yeats, poetas como Sharon Olds, Anne Carson. Después incorporé la literatura del sur de Estados Unidos: William Faulkner, Carson McCulllers, Flannery O´Connor, Katherine Anne Porter. Me sigue gustando mucho la literatura popular. Leo fantasía épica, el libro nuevo de Stephen King lo espero siempre con ansiedad, pero el nuevo de Juego de Tronos también. Los que están bien escritos me divierten. Cuando yo empecé vivía en el mundo de los clásicos y en mi gusto. Ahora me interesa saber qué escribe la gente de mi edad y en mi idioma. Como leo mucho es muy variado. Si me preguntás quién es tu escritor favorito está entre Faulkner y Cormac McCarthy. Yo no escribo eso, pero hay un tipo de densidad que me gusta.

En tus relatos los protagonistas suelen ser adolescentes que atraviesan el tránsito hacia la adultez, a veces de manera estrepitosa. ¿Qué incide a la hora de escoger estos personajes? ¿sientes que es una edad particular a la que se inclina el terror?
—Tiene que ver con que uno en la adolescencia está hecho un monstruo y un loco. Cambia el cuerpo, no te reconocés, estás muy peleado con tus padres, tus adultos. Como un monstruo con su creador, de alguna manera. Hay una soledad particular que también es muy monstruosa. Siempre me llama la atención cuando se habla de prevención de drogas: “no tomes drogas porque vas a morir”. Es como olvidarse qué pasaba cuando eras joven. No es que te quisieras morir,  pero no le tenías demasiado miedo porque no creías que pudiera pasar. Y si pasaba, no sé, tenía cierto atractivo. Hay algo donde uno está muy demente.

Después por una cuestión de género, si vos empezás a ver el terror, Frankestein lo escribe una chica de dieciocho años. Todos los protagonistas de las películas de asesinos de los ochenta son adolescentes. El grueso de los cuentos de hadas son cuentos de terror. No sabría cómo describir de otra manera a Hansel y Gretel. Todos están asociados a la juventud. El género te lleva a eso porque son los protagonistas naturales y es así porque están vulnerables sin saberlo. El riesgo les atrae y están despegados de la sociedad. En ese sentido son bastante monstruosos. Están en un período en que experimentar no tiene tanto precio como cuando sos grande. Entonces sí, es un momento que me parece muy rico literariamente y que tiene una tradición en el género. No tienen que ser jóvenes salvajes, pero tiene que ver con ese momento de la vida, que es el más monstruoso y divertido.

Alguien camina sobre tu tumba fue publicado el 2013 en Argentina y ahora por primera vez en Chile por la editorial Montacerdos. Allí relatas a través de crónicas tus experiencias conociendo cementerios por distintos lugares del mundo. Me interesa saber cómo fue el proceso de elección de los cementerios y qué cosas interesantes aparecieron en este recorrido.
—A mí siempre me gustaron los cementerios como espacio y como estética, eso tiene que ver con algo muy juvenil de provocación, de buscar los lugares que te dan miedo. Los cementerios que elijo en el libro son municipales, los más tradicionales que están casi en extinción. La gente va poco, son monumentales y tienen edificaciones muy bellas, en las que podés ver cómo va cambiando la relación de la gente con la muerte. En general están en lugares abandonados de la ciudad. Elegí los cementerios donde hubiese historias interesantes y donde me hubiese pasado a mí algo interesante. Son crónicas de viajes, entonces el cronista es un protagonista. Fui a las catacumbas en París. Saqué mi fotito en las catacumbas, se desmayó un italiano porque le dio miedo la situación y yo hice una cosa que está muy mal, que fue robarme un hueso pequeño. Increíblemente llegó a la Argentina. Entonces ahí tenía una historia, no era solo pasear.

Quiero decir, trataba de buscar cosas donde mi historia o las cosas que a mí me obsesionaran tuvieran cierta narrativa. El libro terminó siendo un libro cuando entendí por qué estas crónicas –más allá de ser una cosa muy flaneur– se podían unir a una historia más grande. La mamá de una compañera de trabajo estaba desaparecida y recuperaron sus huesos. El entierro fue un acto político, una cosa muy liberadora, casi un ecosistema social ideal. Entendí que por haber nacido a dos años de la dictadura y que esa era la gran historia de terror de mi infancia, las tumbas me tranquilizan. Es un lugar donde hay muertos identificados con su nombre, donde se pueden visitar. Parte de lo que pasó en ese entierro fue un exorcismo. La mamá dejó de ser un fantasma, ahora era una mujer a la que habían asesinado y que estaba enterrada. No tenés manera de que deje de ser un fantasma algo si vos al muerto no lo viste. Sin esa ceremonia del fin de la vida es muy difícil sacarlo de ese lugar. Entonces ahí literariamente le encontré un sentido al libro.

Mencionabas que tenías dos años cuando empezó la dictadura y que eso había sido la gran historia de terror de tu infancia. Me pareció una frase muy potente. Chile y Argentina son países asolados por dictaduras y eso ha tenido consecuencias en su literatura. Un ejemplo de ello es la llamada literatura de los hijos. ¿De qué manera incide en tu formación como escritora haber crecido en la dictadura argentina?
—Yo creo que incluso la posdictadura fue un momento que me marcó, pensándolo como escritora. La dictadura empezó el 1976, terminó cuando tenía ocho o nueve años. El registro de eso es puramente sensorial. Tenía una familia que tenía una posición política. No estábamos en riesgo real, pero sí había un montón de secretos. La orden era “esto no lo repitas” y no estaba muy claro por qué. En mi casa se hablaba muy libremente, los eufemismos me quedaban grabados. Mi papá decía cosas como “Manuel no vino más a trabajar”. Había formas de nombrar la violencia y la ausencia. En la dictadura argentina –y eso es una diferencia importante con la chilena– era mucho más secreta la violencia, no tenías fusilamientos en las calles. Se pretendía que no era salvaje y eso hacía que hubiesen muchos campos de concentración en los barrios. Ahora son sitios de memoria, centros culturales y cosas así, pero vas y el nombre es “Automotores Orletti”, por ejemplo, porque era un lugar donde se vendían autos. Después en la posdictadura los generales van a juicio y lo que se cuenta se hace público en revistas y prensa gráfica. Sale el Nunca más en los kioscos, que es el libro que cuenta dónde estuvieron los centros de detención, cómo fueron las torturas. Toda la prensa hablaba de lo que había pasado en dictadura. Mis papás compraban todo porque querían confirmar lo que sabían. Yo leía estas historias. Pensaba ¿mis compañeros de colegio son o no son los que son? ¿mis papás son mis papás o me robaron? Toda esa literatura periodística de la posdictadura era realmente un bombardeo. Leer un reportaje a un torturador contando cómo se llevaba a una joven, qué le hacía, dónde la ponía, cómo tapaba el lugar para que no se escucharan los gritos. Había cierto regodeo en los detalles de esas narraciones. Eran de asesino serial. Estaba la gente que habían tirado al mar desde los aviones, los chicos robados a sus papás, las torturas en centros clandestinos. Para mí fueron las primeras historias de terror real.

Hay parte de mi imaginación creativa que se mezcló con lo que leía en ese momento. Además me gustaba la mitología cuando era chica. Leí un mito irlandés sobre niños cambiados, en el que las hadas se enamoran de un niño, se lo llevan y dejan a otro idéntico en su lugar. Me acuerdo muchos años después hablar con la escritora Mariana Eva Pérez, que me decía sobre Chicos que vuelven “yo cuando leí ese cuento sentí que estabas hablando de mi hermano”. Porque claro, su hermano fue secuestrado y se lo devolvieron, es siniestro. Se trataba de escribir un cuento de zombies usando el mito del changeling en Argentina. Después me di cuenta de las connotaciones que tenía. Hay parte de mi imaginación que es compartida con la generación de los hijos. Yo soy de esa generación.

Además de lo político, en tus textos el trasfondo social está muy patente. Hay temas que se repiten, como chicos abandonados, derechos de las mujeres, violencia, pobreza, miedo al barrio o a la policía. En Los peligros de fumar en la cama, por ejemplo, hay un cuento ambientado en Barcelona, que habla de chicos que fueron abandonados y son “secuestrados” por la ciudad. ¿Cómo se desarrollan estos temas enmarcados en el género de terror?
Lo que pasa es que tradicionalmente el género de terror estuvo alejado de lo social. Si vos pensás en el terror tradicional transcurre en la clase alta. Son castillos, nobles, mansiones. Me gusta pensar en un terror cotidiano que trabaje sobre ese horror real que es la desigualdad, que en las ciudades es muy evidente. En Argentina es a partir de la dictadura que se producen crisis económicas, se va dejando un porcentaje de la sociedad fuera de las necesidades básicas satisfechas. Esto es una especie de maldición y es como si no pudiéramos dejar de abandonar a gente en el camino. Los escritores contemporáneos trabajan con eso y sobretodo los escritores de terror británicos. Se vivió un proceso más o menos parecido en el thatcherismo. En Estados Unidos también se empieza a escribir de esto a medida que se empieza a pauperrizar económicamente. Stephen Graham trabaja con las clases bajas. Stephen King lo hace desde Carrie. Él nunca trabajó con un terror que no fuese social.

A mí eso me interesaba marcarlo, que entre los monstruos apareciera la miseria y su causa, en un sistema económico que no puede sobrevivir sin la desigualdad, sin los ricos cada vez más ricos. Me interesaba que aparecieran esos personajes en el horror, porque me parece que no tiene sentido hacer un cuento de vampiros sin historia, y no incorporar a tu ficción a un chico que vive en la calle, tiene cinco años, fuma y es hijo de una madre adicta. Toda la situación que lo lleva a la condena, incluida la indiferencia social alrededor de esa condena, me parece un horror contemporáneo. Por eso me gusta incorporar lo social, me parece que casi ningún género se puede escribir de otra manera.

Respecto a esta dimensión social, me interesa detenerme en el cuento Las cosas que perdimos en el fuego. Hay una epidemia de mujeres quemadas, que deciden inmolarse a propósito para negar la belleza. Es un especie de heroísmo siniestro. Creo que es un relato contingente en un año en el que las demandas feministas han recorrido el mundo. En el caso chileno, las universidades han sido tomadas por asambleas de mujeres. ¿Te has planteado las relecturas de este cuento en el escenario actual?
—Cuando lo escribí todo eso estaba muy latente. En Argentina lo que estaba pasando era la semilla del “Ni una menos”. Empezaron a haber muchos crímenes de mujeres quemadas. Una de las víctimas era pareja del baterista de una banda famosa. Eso está contado en el cuento tal cual, la protagonista verdadera murió. Él dijo que estaba limpiando cd´s con alcohol, había prendido un cigarrillo y se quemó. Eso declaró y se le creyó. Hay una seguidilla donde estos crímenes de mujeres dejan de considerarse crímenes de pasión. Algo en el tejido social hace que sea totalmente inaceptable. Yo venía de leer 2666 de Bolaño y me impresionaron mucho las páginas de chistes machistas. Me parecieron igual de violentos que los crímenes de Juárez. Se hace una especie de díptico absolutamente tenebroso.

En Las cosas que perdimos en el fuego hay algo sobre la persistencia de los mandatos. La persistencia de los cuerpos y la belleza, la seducción y la reproducción. Son cosas con las que yo me rebelé siempre. Ya no era mi grupo de amigas feministas punks, que nos juntábamos en un bar a leer a Silvia Federici y el 8 de marzo íbamos al Congreso. Por primera vez cambia la marea y esas cosas que para mí estaban totalmente incorporadas se empiezan a volver discursos masivos. Ese relato lo pensé como un cuento de ciencia ficción. Ellas se empoderan: “tú no me vas a quemar, me voy a quemar yo, y al quemarme te voy a sacar la idea de que soy algo bello”. Hay una especie de posgénero en lo que son. Están tan radicalizadas que creen que es la única forma de cambiar la relación de poder es retirarse de ese lugar de deseo. Después lo que pasa con las lecturas es muy variado. Hay quienes ven una crítica a la radicalización.

No lo habría pensado…
—A mí ninguna lectura me molesta. También dicen que es un cuento puramente feminista, llevado a un lugar alucinado. Yo creo que todas las lecturas son válidas. En ese momento yo había sintonizado con el tema de la mujer que decide sobre su cuerpo. Decidí hacer algo que es muy común en el género que es darle una especie de profundidad, de empujón. En Las cosas que perdimos en el fuego las más comprometidas son mujeres grandes, no jóvenes, en eso no fue profético. Es la revolución de las hijas. Pero más allá de eso, creo que yo esperaba que socialmente pasara algo y pasó.

Como escritora me parece que es importante tener una antena para ver de qué habla la gente, qué cambia. Ahora lo que está pasando con el aborto es también muy sorprendente, porque hace cinco años había un montón de mujeres feministas que estaban con la campaña nacional del aborto en Argentina. Eran mujeres bárbaras, militantes, que te llenaban de panfletos porque no tenía resonancia lo que decían. Y en cinco años eso se amplificó de tal manera que hay chicas adolescentes con el pañuelo verde. A mí me parece alucinante, de ciencia ficción. En ese sentido el cuento tenía eso. Para mí una movilización de mujeres radical, con mi imaginación, era algo que estaba en el futuro y verlo pasar me parece una cosa absolutamente sorprendente.


Y bueno, respecto al panorama editorial, este año se reeditó Cómo desaparecer completamente como parte de la Colección 8M en Página/12.  El año pasado ganaste el premio Ciutat de Barcelona por Las cosas que perdimos en el fuego. Al editar con Anagrama se abre un mercado internacional. ¿Cómo ha sido para ti este proceso de ser cada vez más reconocida?
—Jorge Herralde siempre me habla de eso, que es el efecto Anagrama, y tiene razón. Hay algo de publicar allí que te abre puertas. Como si fuera una marca de prestigio. Están vendidos los derechos de idioma de Las cosas que perdimos en el fuego a veintitrés países. Llega un momento en que no tenés mucha idea de qué significa eso. Hay lugares donde al libro le fue bastante bien: Estados Unidos, Francia, Italia, España. Ahora vendieron los derechos a Corea. Yo no sé nada de ese país. Más allá de que te inviten a festivales y viajes, hay un momento en que perdés la experiencia. No sabes cómo sos leída. Te queda la satisfacción personal. Lo que es lindo es que es un tipo de reconocimiento que no implica demasiada exposición. Es literatura. Famosa es Taylor Swift. Hay un circuito que se arma, que está buenísimo y que también tiene sus problemas, como la cuestión del escritor como intelectual público. Yo puedo opinar sobre los temas que están en mi literatura y que tienen una dimensión extraliteraria, pero no tengo opinión de todo. Es una dimensión de irrealidad muy extraña. Se soluciona un poco cuando vas y conoces a los lectores.

Yo sigo trabajando, sigo viviendo en Argentina, no tengo ganas de vivir en otro país. Es difícil hablar de la proyección internacional porque es muy gratificante y, por otro lado, es incómodo, porque para mí la ejecución de la literatura es privada. No es un arte que yo pueda exponer como si fuera un cantante o un bailarín. La paso bien obviamente. Me resulta tan halagador como marciano, inesperado.