El universo poético de Rodrigo Zúñiga está plagado de voces; sentimos los susurros, el ruido del agua, los malecones, “la palabra que no cesa nunca”, y sobre todo el fuego, de nuevo el fuego. Y el fuego puede quemarlo todo.

Mazinger y otros poemas
Rodrigo Zúñiga
Ediciones Filacteria
2020


“Por todo Santiago la humareda”, extracto del libro.

Rodrigo es un tipo generoso, como persona y como poeta. Como poeta, y es lo que nos convoca en estas páginas, porque su libro Mazinger y otros poemas (Filacteria, 2019) no requiere de aspavientos o artificios retóricos. Al contrario, ocupa un lenguaje sencillo y directo para soportar varias densidades, evocar tiempos distintos, trasladar recuerdos y empalmarlos con el presente de nosotros, los lectores.

El libro se despliega, en este sentido, a través de tres puntos cardinales, que son los tres poemas largos que estructuran el poemario. El deshielo, Ardió y Mazinger.

El primero hace referencia a la nevazón de 2017, pero que liga otras fechas, 1971, 1987 y 2007. La nieve “colgando de las ramas”, “posadas en los techos”. La nieve que cae y desaparece. La nieve es y no es la misma nieve. La nieve popular, upelienta, alevosamente obrera y campesina del ’71. La nieve sombría del ’87. La nieve inesperada de 2007. La nieve como espejismo. La nieve y lo diarios de infancia. En fin. La nieve como la metáfora de la evanescencia. Y el tiempo, dentro de esta metáfora, como una constelación que urde caminos, conecta sensaciones y emociones. Un tiempo no lineal sino que simultáneo. Todas esas nieves, en el mismo espacio, en distintos momentos de la historia, con sus tragedias, miserias y destrucciones.

 “(fue el ’87 / después de una ola de frío / los que pasábamos por ahí lo / rodeamos- / tenía una luz propia puedo decir, una forma oscurecida que / resplandecía debajo de las / mantas / cuando los pacos lo destaparon / un momento tan breve / como arropándolo para un / sueño feroz” (pág. 11).

“Mamá la nieve me mira de manera extraña, / arrastra algo sombrío, / dónde tienen los ojos esos copos /que miran desde todas partes, mamá?” (pág. 11).

No deja de ser relevante en este Chile y en todos los Chiles, el rol que cumplen los medios masivos de comunicación en la construcción de imaginarios. Sobre todo la televisión con su función de espejo que más que reflejar, transforma, distorsiona.

“Lo vi la noche anterior, / lo mostraron por la televisión, / en los despachos, en los archivos del 2007, / la plaza Italia con la gente agitada por esta / nieve que alguien / hubiera dicho volvía a sus jardines” (pág. 10).

“La tele lo había anunciado, no te sorprendas porque /volví, decía, y nos miraba tal como la recordábamos, / lo aseveraron y aseguraron y hasta mostraron /imágenes nevadas de otras épocas, de otros truenos, / de otros santiagos de otros chiles, / de otras personas de otros niños de otras caras que / son las mismas caras de parecidos niños en un /mismo chile” (pág. 14).

“Si nos atrevemos a pronunciar la palabra nieve / será para la cámara de televisión, / para que no tenga así bien embobados /para la posteridad, con ojos desorbitados y / expresiones sobrecogidas, / para que nos recuerden / en el futuro contentos porque la nieve un día llegó” (pág. 26).

“(…) nos olvidamos de los guardianes de escombros, / de la construcción del edificio en el eriazo vecino, / de los ruidos de la excavadoras que no nos dejan dormir, / nos olvidamos de las lacrimógenas en avenida grecia, /religiosamente cada dos semanas los viernes por la tarde, /nos olvidamos de que nos pondrán un edificio / que tapará el sol y las montañas que tenemos enfrente” (pág. 15).

La vida mediatizada, del que tanto hablan teóricos culturalistas, con énfasis crítico y cotidiano, nos permite desmenuzar las contradicciones sociales que aparecen en este poemario. La nieve como el pretexto, como la cortina de humo, como alienación. La nieve como exclusividad de unos pocos.

“Bendita nieve que eres de unos pocos, / de los mismos pocos de siempre, / que te ocultas de nosotros hasta llenarnos de rabia, /que nos cobras el diezmo y nos tapas la boca” (pág. 27).

“No hay otra manera en chile fértil provincia señalada / en la región antártica famosa de llegar hasta las nieves” (pág. 29).

En estos versos hay una temperatura, una intensidad, que fluye como río tempestuoso, aflorando imágenes, ruegos, nostalgias, heridas, penas, pobrezas. Y no solo en El deshielo.

En el segundo poema, Ardió, más ardoroso claro está, Zúñiga nos habla de combustiones, reales y mentales, urbanas y fantásticas. ¿Qué se quema? Quizás todo. El interior y el exterior. Aquí el fuego aparece como potencia reveladora, sin necesidad de explicación, como exorcismo de la ignorancia o la hipocresía, contrapunto de la nieve. 

 “Nadie quiere saber, / nadie quiere / realmente / saber / (bastaría con mirar el cielo)” (pág. 35).

El fuego tiene ese atractivo. Destruye y redime, animal o fuerza tectónica. Purifica. Como agorero de los tiempos del cólera, el autor nos recuerda que el fuego ha estado presente, que no se ha ido, que nos pertenece. En 1983, en los incendios forestales, en el estallido social, en el mismo Chile neoliberal que nos inventaron militares, economistas, políticos.

“Te lo advierto, / hijo, / algo sigue quemando” (pág. 36).

 “Todos los fuegos giran en mi boca” (pág. 43).

“Óyeme: / apártate entre tus / llamas que nadie ve, / y que todos tenemos, /porque a todos nos hacen arder /por dentro hasta / la cólera” (pág. 49).

Cabe destacar, como dije al principio, la aparente simpleza de estos versos. Simpleza y amabilidad, preciso, poniendo a la cultura de masas como trasfondo para apelarnos y reconocernos. Acompaña un sinnúmero de referencias, explícitas y tácitas. Desde Bernard Faucon, William Carlos Williams, Enrique Lihn o Robert Desnos hasta George Harrison y Harry Potter. Estas referencias no deben ser entendidas como bombardeos intelectualoides, sino como un sustrato de textos y subtextos, emociones y lecturas. Una intimidad personal y social, por qué no. La intimidad de un país contrariado, problemático en sus memorias y territorios. Así llegamos a Mazinger, último poema que le da el título al libro. Mazinger como figura pop que aglutina el imaginario de muchas generaciones nacidas al alero de la televisión.

“¿Quién abre el fuego? / ¿Quién siembra el ardor?” (pág. 65). 

“Querido Mazinger al apagar la tele te buscábamos en los techos más / altos” (pág. 68).

“Tú nos habías dicho Mazinger que en / Esas voces/ Que van y vienen / Están los vivos/ Están los muertos /Yo guardo tu voz en un / Viejo disco familiar” (pág. 70).

“No tengo nieve / (Yace en lo alto)” (pág. 74).

El autor interpela a Mazinger, en los vericuetos de su propia biografía, atravesada por los horrores dictatoriales así como por el desencantamiento democrático. Así desfilan visiones melancólicas, cansinas, testimoniales, donde las interrogantes son llagas, heridas purulentas, sobre todo las familiares.

“Hubieras suscrito la tesis de Aylwin? / Hubieras apuntado con el dedo por televisión? Hubieras escrito Purgatorio? / Hubieras diseñado la campaña del No?” (pág. 86).

“Mazinger Z y ahora será tiempo de algo? / La hora de partir / La hora de volver? La hora de la nostalgia?” (pág. 86).

“Los robots tienen hijos, Mazinger?” (pág. 88).

Salvas timpánicas, sangre, fulgores, alimañas infecciosas, pájaros, un latido. Un momento original, bucólico, la creación. Un viaje iniciático. Un ovni. Vienen a hablar los perdidos. Febrero, 1981. Pienso, por un minuto, en la poesía de Hölderlin. Pienso en Heráclito, en Heidegger, en Goethe. Quizás porque el universo poético de Rodrigo Zúñiga está plagado de voces; sentimos los susurros, el ruido del agua, los malecones, “la palabra que no cesa nunca”, y sobre todo el fuego, de nuevo el fuego. Y el fuego puede quemarlo todo.