Mis dos mundos
Sergio Chefjec
Editorial Kindberg
2015

Hace un par de años atrás caminaba por Buenos Aires con mucho apetito y muy poca plata. Ya era el momento de retornar a Santiago y, al contrario de lo que dice una canción, no me moría por volver. Mientras se prendían las luces de las aceras me paseaba por el Parque Rivadavia buscando algunos libros por algunos pocos pesos. En un local que ya cerraba encontré Mis dos mundos de Sergio Chefjec. La plata no me alcanzaba y sin la frialdad para robármelo pedí un descuento que me fue negado. El vendedor, que tenía una polera de Racing, ni siquiera levantó la cabeza del diario para decirme que no. Me fui a dormir con dos preguntas en la cabeza: si no habría sido una patudez mía pedir un descuento por un texto que ya era barato, y si la amargura del librero estaba directamente relacionada con ser hincha de La Academia. Antes de cerrar completamente los ojos decidí volver al otro día. El libro ya no estaba: “lo vendí anoche”, me dijo el vendedor con una sonrisa socarrona y ya sin la polera de Racing. Obsesiva y desesperadamente comencé a buscar el libro en los otros locales. No estaba. No habían rastros de Mis dos mundos ni tampoco de Chefjec. Como si el tipo con la polera de Racing hubiera comprado todos los ejemplares para que no pudiera llevarme ninguno.

El avión despegó y en la maleta traía muchos libros… ninguno de Chefjec.

Lamentablemente Sergio Chefjec (1956) es un escritor muy poco leído en Chile. Los pocos libros hallables y una prensa cultural que no le da mucha cabida, confluyen para que su extraordinaria narrativa pase de largo sin detenerse ni asomarse. Considerado por Patricio Pron como un referente ineludible de la literatura argentina contemporánea, y calificado por Beatriz Sarlo como “un escritor libre de cálculo”, resultaba necesario y urgente aproximar al trasandino masivamente al círculo literario local.

Levantando la vista para recolectar y traer, la emergente editorial Kindberg ha publicado por primera vez en nuestro país su novela Mis dos mundos. Prologada por Enrique Vila-Matas, el texto narra la historia de un hombre que en los días previos a cumplir cincuenta años llega a un pequeño pueblo del sur de Brasil. Plagado de incertidumbres, miedos y mapas se alista para recorrer la ciudad y un frondoso parque que habita dentro de ella. Interesado en caminar y recorrer, vamos asistiendo a una retroalimentación con la urbe que determina la forma de vida que ha llevado. En lo que es un constante monólogo interior, el paseante describe los paisajes y lugares que recorre, deteniéndose en los colores de la gramilla, las jaulas de los pájaros y las marcas que presenta el camino.

Interesante es la descripción de una vendedora de flores que encuentra en la calle un día de tormenta. Impactado y emocionado, reflexiona sobre las diversas formas en que la pobreza se ha presentado en sus recorridos. Lejos de llegar a reflexiones simplistas en torno a la precariedad, el trasandino desarrolla una hipótesis en la cual a la mujer la representa su condición de oprimida la forma en que come un alimento que el narrador nunca logra distinguir. Con gestos así está constantemente dialogando el protagonista; porque en cada párrafo hallamos una novela-escáner que ejercita y narra a partir de los gestos mínimos e incluso imperceptibles.

Si alguien anda buscando entretención y divertimento en una novela —cuestión, por cierto, nada desdeñable— Mis dos mundos no es el texto indicado. En largos pasajes se transforma en una novela redundante y espesa que al igual que muchas caminatas en círculos está hecha de repeticiones. Sin embargo, es allí donde comienza el trabajo del lector, en poder desmenuzar para edificar los diversos simbolismos que propone Chejfec. Porque nos enfrentamos mucho más que a una caminata o un recorrido: cada gestualidad y animal que presenta el relato, esconde una incógnita que tiene la capacidad de desvelarnos.

Sergio Chefjec construye un escrito donde uno cree que no ocurre nada, pues linealmente no avanza un relato ni se recrean ficciones. Incluso el mismo Vila-Matas dice  verse en aprietos al momento de resumir el texto, pues no abundan los convencionalismos que tiene la prosa. Por lo mismo, es una irresponsabilidad de nuestra parte catalogar el texto como una novela; más bien, estamos ante un trabajo híbrido e indefinible que en cada párrafo presenta una nueva corriente que en la página siguiente comienza a desaparecer. Lejos de querer encasillar el texto en algún género, resaltamos cómo la aparente quietud de las palabras y el protagonista nos están constantemente engañando, pues en los momentos de mayor pasividad está ocurriendo todo. La figura de un estudiante que medita en un parque o las barcas con forma de cisne presentes en el relato, son su mayor ejemplo. Una novela para decodificar y mentalmente caminar, que en cada paso esconde un detalle; en cada pisada una nueva ansiedad; en cada hoja del parque una “nostalgia vacía”.

Cuando salgo a caminar me acuerdo de algunos pasajes de Mis dos mundos, mientras en alguna esquina me sigue sonriendo un librero con la polera de Racing.


*Lee un adelanto de Mis dos mundos.