Ha sido un año veloz. Y extrañísimo. Hace algo más de un mes, en lo que parece -de nuevo- una vida enteramente pasada, le escribí a Nona Fernández para que iniciáramos un intercambio de correos a propósito de su último libro, Voyager (Random House), y su internacionalmente reputado Space Invaders (Alquimia). No fue tan fácil pillar a Nona, porque siempre estaba arriba de un avión. Llegando o yéndose. Cuando finalmente pudo atender mis preguntas, estaba aterrizando luego de presentar una edición especial de Space Invaders en Fondo de Cultura Económica, en México.

Eso fue antes del Coronavirus, antes de que viajar a México o por el mundo fuese un problema. Antes de que prácticamente todo se cancelara para quedarnos lo más quietos posible.

–Space ha tenido una vida muy activa con publicaciones en muchos países y traducciones, y ha sido uno de los libros que más regalos me ha dado.

Esto es lo que recuerdo del 2010: un terremoto enorme, un tsunami devastador y luego pasar todo ese año con la sensación de que la tierra se movía. Para Nona, ese año también fue el comienzo de Space Invaders, una novela inspirada en su experiencia real y personal con el Caso Degollados del año 1985.

–Está inspirado en mi propia vivencia escolar con la hija de un asesino de la dictadura, el ex carabinero Guillermo González Betancurt, conocido como el Bototo. Uno de los responsables del Caso Degollados –explica. –Nuestra vivencia como niñes y adolescentes alrededor de toda esa locura fue lo que me llevó a escribir esta especie de collage de recuerdos y sueños de un grupo de compañeros de liceo.

De alguna manera, todos sus libros han hablado del pasado. Desde Mapocho, editado por primera vez en 2002 sus textos han abordado la memoria, los recuerdos, la historia y los relatos, escarbando en las diferencias entre esos conceptos que muchas veces son confundidos.

–Space Invaders terminó siendo un material que reflexiona sobre la memoria, sobre cómo recordamos, la diferencia de calidad de nuestros recuerdos, la imposibilidad de clausurarlos. Los recuerdos colectivos están hechos de muchas versiones, no tienen límites, como tampoco debiera tenerlos la historia colectiva de los países, de las sociedades.

Recordaré el año pasado, 2019, como el año del estallido social, toque de queda y bastante tiempo en casa cuidando a una recién nacida. Nona probablemente recordará que fue el año que reeditó Mapocho y explotó internacionalmente Space Invaders, con una nominación al National Book Award en la categoría Literatura Traducida, la llegada a librerías de EEUU y una famosa recomendación de Patti Smith.

Nona Fernández junto a Patti Smith en la Cátedra Bolaño de la Universidad Diego Portales. Noviembre, 2019.

2020 quizá quede en la memoria de Nona como el año en que publicó Voyager, su primer libro de ensayo. Eso imaginé antes que se convirtiera en el año de la cuarentena. Voyager es un relato-investigación gatillado por otra remembranza: haber acompañado a su madre a un examen neuronal, en donde le pidieron invocar un recuerdo alegre.

–Cuando pensó en él, vi un grupo de neuronas que se encendían con la forma de una constelación. Esa fue la imagen madre de esta escritura.

Voyager se articula como una trenza, donde distintos hilos se van juntando para reconstruir el Chile actual. La autora usa otra metáfora: las constelaciones. Para esas figuras estelares, alguien asoció arbitrariamente las estrellas y les vinculó una historia. Su libro sigue esa misma lógica.

–Mi ojo metiche fue explorando materiales documentales relacionados con la memoria en muchos frentes: neuronal, universal, doméstico, histórico, científico, y los fue organizando, asociando, con la forma de constelaciones. La hebra que me llevó ahí fue ese recuerdo de mi madre.

Algo que me gusta mucho de los libros de Nona Fernández, es que el recuerdo personal -impreciso, contradictorio, parcial y todo lo que uno pueda decir- crece en dignidad frente a la Memoria con mayúsculas. En una sociedad que ha tendido a institucionalizar la memoria oficial (algo, sin duda, necesario), las miradas individuales tienden a ser aminoradas. Pero por más que nos pongamos de acuerdo en un relato, no todos vivieron lo mismo; no todos lo sintieron igual.

–Las memorias oficiales normalmente buscan apaciguar, calmar, acomodar, unificar criterios, no problematizar ni abrir la posibilidad al debate. Y eso, sin duda, es una forma de control. Se guioniza el pasado y así es tanto más fácil pautear el presente. Pero la memoria real está viva y es tan caprichosa, tan salvaje, que no hay forma de ordenarla, de controlarla. Es completamente móvil y porosa. Los recuerdos son engañosos, fragmentarios, antojadizos. –explica. –Creo en esa memoria colectiva, que es imprecisa y que dialoga siempre con el presente. Recordar es un verbo, una acción.

Cuando leí Space Invaders, me pareció que era un libro que le susurraba al oído a la generación posdictadura, volviéndose al pasado para enrostrar cobardías, confesar secretos y dejar a la vista debilidades. Ocurrió el estallido social y se convirtió en otra cosa: un relato urgente y actual en un Chile que volvía a la represión, la violencia y la angustia.

-Siempre escribí estos libros como una manera de entender desde el presente lo que había vivido. Encontraba en esas reflexiones claves que me ayudaban a entender los hilos con los que se trenza el Chile de hoy. También los escribí como una forma de dejarlo fijo, de ejercer literariamente la crónica de algo que no debe repetirse, que no debe ser parte del hoy, aunque soterradamente igual lo era, pensemos la violencia estatal contra Wallmapu durante toda la democracia, por poner un solo ejemplo en términos de violencia armada. Pero en este déja vù evidente en el que estamos desde el 18O, donde las violaciones a los Derechos Humanos son parte del día a día en todos los territorios, estos libros toman una triste contemporaneidad.

En ese momento, eso era en todo lo que podíamos pensar. La violencia, la represión, la injusticia. Hoy nos ocupa otro presente, impensado hace algo más de un mes y medio. Nos inquieta en nuestra salud y nuestro aislamiento. Y así, comienzan nuevos recuerdos para relatar.

Del Archivo Ojo en Tinta