Tengo Miedo Torero on Twitter: "Presentamos el primer afiche de “Tengo  Miedo Torero” realizado por la reconocida fotógrafa mexicana española  Camila Fálquez, y el diseñador chileno Simón Sepúlveda. #TengoMiedoTorero  #AvantPremier #Afiche… https://t.co ...

Desde el estreno de Tengo miedo torero, novela de Pedro Lemebel, dirigida en su adaptación al cine por Rodrigo Sepúlveda y que se estrenó a través de Punto Ticket el sábado 12 de septiembre de forma virtual, se han inundado las redes sociales de escenas y comentarios de la película.

Una película es distinta a un libro, ni siquiera debemos entrar en la comparación odiosa. Obviamente hay elementos de la novela que no se traspasaron al cine, así como hay otros que solo nacieron en el lenguaje audiovisual y en la velocidad que ofrece este formato. Es una película con un desenlace más feliz que el de la novela, más justo con su identidad y la interpretación es tan buena que por más imagen previa que uno tenía de la Loca del frente, es reemplazada por la interpretación de Alfredo Castro.

El efecto que ha provocado la película es especialmente curioso porque es también el eco del lugar que ocupa Pedro Lemebel en nuestro campo cultural, erguido no sin méritos como un rostro de toda revolución social. Su nombre aparece en murales y rayados de esta ciudad en pleno estallido. De ahí que no es extraña la apropiación que se observa con facilidad de esta historia, incluso desde el sueño de una nueva constitución. La diputada Camila Vallejo escribió en Twitter: “Queremos un Chile donde se puedan vivir libremente esos amores, porq la revolución debe incluir a las locas, sino pa qué!”.

¿Pero quién es la loca? Debemos comprender la obra de Pedro Lemebel dentro de un campo mayor de narrativas e historias. La loca no es solo la Loca del frente; sus libros de crónicas están llenos de locas. La loca además no es un sujeto de lástima, es un personaje literario que dentro de un contexto adverso sobrevive y logra transar un poco de cariño. Es interesante su habilidad para adaptarse, sus mecanismos de existencia, su distancia segura con la historia y sus formas de habitar las zonas residuales de la sociedad.

La novela Tengo miedo torero es el libro del autor que más atrae la atención, incluso antes de la película. Esto tiene mucho más que ver con nuestro campo cultural que da protagonismo a la novela por sobre otras formas de escritura. Pedro Lemebel más que novelista fue un artista, activista y cronista. Las crónicas son el espacio literario en el que se desenvolvía con mayor comodidad y versatilidad. La crónica le permitió no escribir una historia sino un universo narrativo con cientos de historias independientes. Las crónicas son el espacio donde principalmente experimentó con el lenguaje a través de distintos usos de disfemismos (“entendiéndolo como la forma de hablar de la forma más grotesca posible, a tal punto que sea imposible de ignorar”) y formas de creación léxica. De las crónicas, me aventuro a decir, viene la gracia de la interpretación de Alfredo Castro, ese lenguaje y actitud de la sobrevivencia, esa decadencia feliz. Esto tiene especial sentido si recordamos que las primeras crónicas fueron escritas para ser leídas en la radio.

La escritura de la historia desde la narrativa de Pedro Lemebel no es nunca una escritura de lo oficial. Tengo miedo torero es más bien excepcional dentro de su obra completa al enfocarse en el atentado a Pinochet. Las más, las crónicas, se enfocan en historias menores, invisibles al gran relato nacional pero víctimas de todos los procesos y formas de violencia de la historia del final de la Dictadura y el inicio de la transición. Incluso en el libro póstumo Mi amiga Gladys se superpone la relación entre ambos a la gran historia política chilena.

Una escena que abrió un espacio de crítica es la casa donde están las locas y las breves apariciones de otras vidas, esas historias de las crónicas que podrían expandir el universo de la Loca del frente. El mismo Pedro Lemebel aparece a través de algunas formas de autoficción en sus últimos libros de crónicas, que es la lectura que Juan Poblete realiza en “De la loca a la superestrella. Cultura local y mediación en la época de la neoliberalización global”. Incluso Pedro Lemebel fue ficcionalizado en 2015 por Gustavo Bernal en su novela Rabiosa, cuya portada incluso es una fotografía del autor en un baño público, donde se lee en una de sus paredes “El punk no ha muerto”. Además, algunas de sus crónicas han sido musicalizadas por Rucitama.

Si algún lector o lectora curioso/a va a comenzar ahora a leer la obra de Pedro Lemebel sugiero enérgicamente comenzar con Loco afán. Crónicas de sidario. De ahí es, por cierto, de donde sale el listado de las identidades de la loca y donde se desarrolla con claridad su crítica a la izquierda homofóbica.