El filósofo francés Robert Redeker cree que no todo es negativo en el encierro obligado del coronavirus. Nos permite redescubrir la lentitud y el aburrimiento que nos enseñan nuevas formas de vivir el mundo.

El confinamiento obligatorio no carece de virtudes pedagógicas. Él rehabilita a los ojos de todos, en la carne de las horas de cada uno, a veces vividas como interminables, los aspectos de la existencia que el mundo moderno condena. Así, redescubrimos la lentitud. Uno de los caminos de la sabiduría y la felicidad en la vida, que ha consistido, frente a esta época de ralentización del mundo que atravesamos, en encontrar respuesta a estas dos preguntas: ¿Cómo podemos ser lentos? ¿Cómo vivir como una persona lenta?

He aquí lo que el confinamiento puede enseñarnos en términos de sabiduría: saber dar vueltas en círculos, saber esperar, saber aburrirse en lo provincial —lo que Pierre Sansot, en su libro Del buen uso de la lentitud llama “la provincia interior” —, saber vivir como si cayera una fina lluvia todo el día. “He adquirido”, nos dice Sansot, “la convicción de que la provincia es un estado de ánimo y que no necesariamente vive en lugares específicos de la geografía”. Luego señala “la adecuación entre la pequeña ciudad de provincia y la lluvia fina”. La lluvia —la lluvia fina exclusivamente— es también un estado de ánimo. Convertirse en provinciano, interiormente —esto es un ejercicio y una evolución del alma, su reversión, al cual el confinamiento ofrece la ocasión. Esta doble evocación, de la provincia y de la lluvia fina como estados de ánimo a los que el confinamiento puede convertirnos, plantea el problema del aburrimiento.

Porque esto es el aburrimiento: la forma de encontrar el universo del que nos priva la vida moderna con su velocidad y sus veloces artilugios, el mundo arreglado, ordenado, es decir, el cosmos. Cuando el aburrimiento lleva a una re-cosmización de la existencia, ya no es a Pierre Sansot a quien nos encontramos, sino a una mujer poeta, Anne Périer, la misma a la que Philippe Jaccottet llama “la oyente, aparte”. En relación con la provincia y la fina lluvia, el aburrimiento abre el alma a la escucha.

El aburrimiento devuelve las cosas a su lugar, es decir, les devuelve su dignidad, ya que la dignidad es el lugar justo dentro de un orden, las dispone tranquilamente, con justeza y justicia, en torno a nosotros.

El aburrimiento pone a distancia la urgencia. Distanciamiento metafísico, paraliza la velocidad. Como resultado, reconstruye el tiempo como estiramiento, como un sentimiento cuyo estiramiento perpetúa el presente sin dejar de permitir emerger el pasado. Cubre el futuro con una niebla impenetrable, haciéndolo imposible. Nadie sigue tras el aburrimiento. Esta observación importa: el tiempo es un sentimiento. El aburrimiento devuelve las cosas a su lugar, es decir, les devuelve su dignidad, ya que la dignidad es el lugar justo dentro de un orden, las dispone tranquilamente, con justeza y justicia, en torno a nosotros. No hablo de todas las formas de aburrimiento, por supuesto, de aquel que bordea la melancolía, que roza la depresión. Yo hablo del aburrimiento que restituye al alma el mundo, las cosas, los seres, que le vuelve a revelar el mundo, yo hablo del aburrimiento que es una mañana, una aurora, un primer día, que no puede ser tal que porque lo ha neutralizado la urgencia y la velocidad.

Al tener un efecto arqueológico sobre nuestras vidas, el confinamiento es también resurrección. De la lentitud, del aburrimiento, del tiempo.

Texto aparecido en “La Vanvole”, en abril de 2020. Traducción: Patricio Tapia.

Robert Redeker es un escritor y profesor de filosofía francés. Es miembro del comité de redacción de las revistas “Les Temps Modernes” y “Des Lois et des Hommes” y es autor, entre otros, de los libros “Le Progrès ou l’opium de l’histoire” (2004), “Il faut tenter de vivre” (2007). En castellano, traducidos por FCE/Luna Libros, están “Egobody”, Bienaventurada vejez” y “El eclipse de la muerte”.