Las mismas crónicas reagrupadas en un libro donde cobran sentidos distintos. Echevarría pone atención a la dimensión lingüística de Lemebel, más preocupado de su voz que de la representación de los espacios o los personajes.

Poco hombre

Poco hombre
Pedro Lemebel
Ediciones UDP
284 páginas
2013

Cuesta pensar que existan lectores que no conozcan, al menos superficialmente, la obra de Pedro Lemebel. Es dificil imaginar que todo el ruido de su escritura no ha sido audible para un grupo de personas interesadas en la literatura. Si es que ese fuera el caso, entonces Poco hombre. Crónicas escogidas (2013) de las Ediciones Universidad Diego Portales podría ser una gran obra compilatoria, que ofrece un panorama de los seis libros de crónicas de Pedro Lemebel.

Este libro es una antología y como tal no pretende ni tendría por qué haber pretendido incorporar al formato de libro otras crónicas que no hayan sido publicadas antes de esta forma. En el prólogo, Ignacio Echevarría señala qué crónicas fueron sacadas de cada libro, pero al presentarla para esta edición las reagrupa. Este gesto es interesante porque en sí constituye una propuesta de lectura que no es la que se nos ha presentado con cada libro.

Entonces debo complejizar mi primera afirmación y señalar que Poco hombre no solo tiene valor para nuevos lectores, sino que ofrece, para quienes ya conocen las crónicas contenidas en este libro, una nueva propuesta que invita a la relectura. Las crónicas reagrupadas de otra forma cobran sentidos distintos, por lo que la decisión editorial en ejemplos como este se convierte en una forma de producción argumentativa.

Poco hombre es presentado como un libro de Pedro Lemebel, pero en realidad este es un libro de Ignacio Echevarría. No es un texto literario, es un texto crítico. Es más, el nombre de Ignacio Echevarría debería estar en la portada.

En este libro que analiza la obra de Pedro Lemebel es fundamental el prólogo, donde se establece la hipótesis que se defiende a través de la selección de crónicas. Echevarría comienza señalando lo siguiente:

“Ocurre que, mientras se iba armando esta antología, a Pedro Lemebel le arrancaron la voz. Sería para evitar males peores, pero el hecho es que a Lemebel, víctima de un cáncer de laringe, le arrancaron la voz, y hay que preguntarse qué va a escribir, y cómo, de aquí en adelante. Porque se suele pensar de los escritores que escriben en silencio, desde el silencio; pero él escribe con la voz, por la voz, desde la voz” (11)

Esta anécdota de la, en ese entonces, enfermedad que le había quitado la voz a Pedro Lemebel, le permite a Echevarría construir un discurso interesante, que será el criterio con el que selecciona y agrupa las crónicas. Entender las crónicas desde la voz le permite comprender los recursos retóricos y la selección léxica y sintáctica del autor: “Quizás no esté de más advertir sobre la peculiar sintaxis que caracteriza las crónicas de Lemebel, a menudo moduladas conforme al ritmo oral de la lengua” (31).

Esta forma de comprender la dimensión lingüística del escritor, la hipótesis de lectura de Ignacio Echevarría, no resuelve todas las dimensiones de la escritura de Lemebel, pero se constituye como “la” clave de lectura para comprender la existencia de Poco hombre.

La estructuración de este libro es, como hemos señalado, producto de una propuesta crítica. En “Tarántulas en el pelo”, por ejemplo, se cuenta que “las manos tarántula de las locas tejen la cara pública de la estructura que las reprime, traicionando el gesto puritano con el rictus burlesco que parpadea nostálgico en el caleidoscopio de los espejos” (177). Este ejemplo está extraído de la selección de crónicas que conforman La esquina es mi corazón. Crónica urbana (1995) donde las peluquerías en las que viven las tarántulas, que son las manos del peluquero, conforman un mapa de la ciudad, así como en otras crónicas aparece el Parque Forestal, los cines y los saunas, entre otros.

En Poco hombre Ignacio Echevarría la agrupa en una misma sección, llamada “Su ronca risa loca”, con el texto “Los mil nombres de María Camaleón”, crónica que hace una enumeración de distintos nombres de la cultura mariposa: “La Wendy / La Ahí Va / La Ahí viene / La Esperanza Rosa / La Bim Bam Bum / La Cola del Barrio / La Inca Cola” (191). Esta segunda crónica pertenece a Loco afán. Crónicas de sidario (1996), en cuya selección tiene sentido en la insistencia de la aparición de los nombres de las locas que van muriendo producto del sida, lo que se reitera en cada crónica con un personaje distinto. Con la propuesta de Echevarría ambas crónicas se leen diferente, cobran un sentido nuevo, mucho más preocupado de la voz de Pedro Lemebel que de la representación de los espacios o los personajes como ocurría en las selecciones originales.

De esta forma Poco hombre no es una antología que busque interponerse en la lectura de los libros de crónicas a los cuales antologa, ya que constituye una nueva propuesta de lectura crítica de estas crónicas, lugar desde el cual Ignacio Echevarría realiza un valioso aporte.