La literatura de Rubem Fonseca es sinónimo de entretención de alto voltaje. Ninguno de sus libros destiñe, todos son esa dinamita literaria que no envejece. Salud por sus detectives.

Agosto
Rubem Fonseca
Tajamar Editores
2017


Es agosto del año 54, y en todo Brasil hay una fuerte crisis política. Es el cuarto mandato del presidente Getulio Vargas. La prensa, los militares y la oligarquía pretenden derribar al gobierno. Hace un calor asfixiante y el país está dividido. No hay medias tintas. Es un bando o el otro. Se está poniendo en juego la sociedad venidera; la Latinoamérica del futuro. Los poderosos acusan a Vargas de populista y nacionalista; mientras que el oficialismo defiende con uñas y dientes a su presidente. Río de Janeiro es un hervidero: todo está a sólo centímetros del caos absoluto.

En el palacio de gobierno, Gregorio Fortunato —parte de la guardia personal de Vargas— prepara un atentado contra un importante periodista opositor, que desde su trinchera desvirtúa noticias y manipula situaciones. En este contexto se sitúa Agosto, la que probablemente sea la novela más popular de Rubem Fonseca. Con el vértigo incesante que lo caracteriza (en una página hay un secuestro, un asesinato y un descuartizamiento), el escrito se erige como una novela impredecible, entretenida y arrasadora, que siempre dobla por el camino menos pensado, engañando al lector y sus posibilidades.

Alberto Mattos —un incorruptible detective— investiga el asesinato de un empresario que fue muerto en extrañas circunstancias. En la tina del lugar encuentra un anillo de oro que le parece sospechoso. Lo guarda en su bolsillo y comienza una búsqueda incesante: dar con cercanos al occiso que hayan perdido alguna argolla. Las ideas escasean y el poder burocrático dificulta su pesquisa; sin embargo, hábil y tozudo, Mattos no baja los brazos y sigue dando batalla. No hay descansos, ni detenimientos, ni mucho menos paz.

Todas las noches llega a su departamento Salete, una mulata inestable que, enamorada del detective, pretende conquistarlo con magia negra carioca. Mattos —un desencantado de la vida— no le presta mayor atención, y opta por avocarse a su investigación cueste lo que cueste. Todo va relativamente bien, hasta que —sin previo aviso— una mujer del pasado vuelve a tocar su puerta.

Toda esta micro-historia se va fusionando con el relato histórico de lo que sucede en Brasil. Es decir, estamos ante una novela policial que tiene como protagonista un hecho histórico que no es abordado desde la periferia. Por el contrario, Fonseca va hasta el meollo del conflicto, y con sobriedad e inteligencia, reconstruye y ficcionaliza diálogos históricos entre políticos y militares.

Siempre he creído en el eterno retorno de Nietzsche. Siempre he creído que las cosas son cíclicas, que existe una estructura invisible que guía todo para que se repita una y otra vez. Es evidente que los fenómenos nunca serán idénticos porque siempre estarán modificados por su contexto, pero aun así, hay una similitud bajo la cual se repiten los patrones. ¿Lo que sucedió en agosto del 54 no es similar a lo que está sucediendo en el Brasil actual? ¿Qué similitudes habrían entre Getulio Vargas y Dilma Rousseff? ¿Cuánto avanza y progresa el mundo? ¿Desarrollo es tener internet ilimitado y que se jodan las justicias sociales? ¿Hasta cuándo algunos van a creer todo —pero es que absolutamente todo— lo que dicen los medios de comunicación? La canción de León Gieco, “Cinco siglos igual”, habla de ello:

No sólo los procesos históricos parecen sacados de un calco. Muchas veces, también, las vidas mínimas que llevamos se transportan a situaciones y espacios donde la semejanza es tal que hablar de coincidencias es absurdo. Hace pocos meses comencé a tomar un remedio que detiene una extraña alergia al esófago. Una enfermedad poco común que ataca el sistema inmune. Alberto Mattos en la novela tiene un padecimiento similar; tanto los síntomas como los remedios que toma, son lo que yo debo ingerir en forma diaria; es decir, hay un proceso de retroalimentación entre personaje y lector por algo que huye de lo anodino.

La literatura de Rubem Fonseca es sinónimo de entretención de alto voltaje. Ninguno de sus libros destiñe, todos son esa dinamita literaria que no envejece. Salud por sus detectives. Salud por sus enigmas. Salud porque el neo-policial latinoamericano sigue combatiendo los crudos días invernales.