La interrupción de una lectura puede tener muchos motivos. Este relato combina la lluvia temuquense, las visitas a una biblioteca escolar, un ejemplar extraviado y un cajón de saldos a mil pesos.

Ilustración: Feliza Marro

Ilustración: Feliza Marro

No tenía por costumbre pedir montones de libros en la biblioteca de mi colegio. De niña solo iba durante los recreos para escaparme de la lluvia temuquense para leer algo que me interesara por la portada y me distrajera, como Sailor Moon.

De esos libros, varios quedaron inconclusos y todavía presentes en mi memoria. Uno de ellos lo encontré el otro día mientras daba un paseo por el centro de Santiago. No es que no me lo haya pillado antes, sino que ahora me parecía especialmente tentador leerlo completo y en su idioma original. Así fue como decidí darle otra oportunidad a la joya de Mark Twain, “Las Aventuras de Huckleberry Finn”.

Mi primera experiencia de lectura fue con una de esas viejas ediciones de papel de roneo, muy gorda, desgastada y con la letra chica. La portada era probablemente roja y con letras grandes no muy atractivas, pero accedí a leerlo a mis 11 años por una razón quizás un poco estúpida: asocié “Huckleberry” a ese perrito azul con gorro de paja de Hanna-Barbera y creí que se trataba de la historia de su vida, la vida de un perro azul. Por supuesto, me equivoqué, pero no era culpa mía que Mark Twain no pensara en que podía darse esa relación a futuro y más con un libro sin ilustraciones.

Regresé a la biblioteca varias veces durante los tres meses más duros del invierno y lo fui leyendo esporádicamente acompañada de unas Selz, siempre tratando de no arruinar con su extrema salinidad las páginas agrietadas y manchadas con mocos por los niños más grandes. Me fascinaba el detalle de cada una de las aventuras de “Huck”: el recorrido por el río Misisipi, la forma en la que hablaba y sobretodo cómo se las ingeniaba para vivir a su manera y seguir sus convicciones. También me conmovía su amistad con Jim, el esclavo, e incluso su suspicacia para hacerse pasar por su mejor amigo, Tom Sawyer, libro que leí más tarde.

¿En qué punto se interrumpió mi lectura? Hasta donde recuerdo llegué a la parte en que “Huck” iniciaba su plan para rescatar a Jim, que había sido capturado y trasladado a una cabaña. Estaba muy preocupado por su amigo y era lo suficientemente hábil como para sacarlo de apuros…

Siento que había avanzado mucho con el libro, un poco más de la mitad. Cuando regresé a la biblioteca nuevamente para terminar los últimos capítulos, quedé desconcertada. La copia de “Huckleberry Finn” había desaparecido y figuraba en una larga lista de libros pedidos no devueltos. La bibliotecaria me contó que ese libro era único y lo había pedido un niño de enseñanza media, pero que él —o más bien sus padres— lo devolvería pronto.

Eso nunca sucedió. O, al menos, no sucedió ese año. Y jamás volví a toparme —románticamente— con la novela sino hasta hace unas semanas, a principios de octubre, cuando lo vi dispuesto en uno de esos cajones de libros a luca, pidiéndome con sutileza que me lo llevara a casa.

La edición que cargo ahora es una más nueva (Oxford, 2002), en inglés y bastante más liviana que aquella que tuve en manos durante mi niñez. Terminé de leerlo, aunque creo que para hacer justicia a quienes también lo dejaron botado o nunca lo han leído no contaré el final.

“Las aventuras de Huckleberry Finn” es una de las obras que más me han inspirado e influenciado a lo largo de los años, y que me hace reflexionar lo determinante que puede ser un buen libro de literatura infantil. Es lúdico sin ser mágico, y es “real” sin ser real. Hasta se da el gusto de plantear cuestionamientos serios sobre aquello que creemos correcto para nuestras vidas, las situaciones que nos transforman y el valor de la amistad. Es una lectura que se proyecta en el tiempo —es un libro de 1884— y que nos provoca mirarnos a nosotros mismos.

Nunca es tarde para retomar una vieja lectura y volver a encantarse con los personajes y el relato tan cercano que Mark Twain teje a la perfección. Su narrativa es sin miedos y profundamente honesta. Quizás fue un error no terminarlo antes, pero no me quejo: hubo muchos otros libros que terminé y algunos de tan aburridos y prescindibles que ni “Huck” habría podido rescatarme…

Una vuelta a la vereda me trajo de regreso al pasado, a un clásico que merecía una segunda lectura y que abre la puerta a varios que dejé por ahí abandonados en mi niñez.

Veré cuál sigue en la lista.


Postdata: Sobre lo del perrito de Hanna-Barbera “Huckleberry Hound”, leí recién en Wikipedia que efectivamente su nombre fue puesto en relación a «Las aventuras de Huckleberry Finn».

No estaba tan equivocada después de todo…