El siguiente texto fue leído por Cristian Geisse en la presentación de su libro “Pobres diablos” (Emecé, 2018), que agrupa tres volúmenes de cuentos: dos ya casi imposibles de encontrar —”En el regazo de Belcebú” y “El infierno de los payaso”— y uno inédito, ganador del Premio Mejores Obras Literarias del CNCA el año 2017. Cristian gentilmente nos facilitó su texto para que lo publiquemos acá.

Cristian Geisse durante la presentación de “Pobres diablos”. A su lado, Ignacio Álvarez, académico de la Universidad de Chile que también presentó el libro. Foto: Patricio Contreras

Es posible que con estas palabras lo eche todo a perder. Perdonen si llega a ser así. A mí me ha pasado. Para qué habló este csm, me echó a perder el libro, dice uno. Pero no. El libro sigue ahí. Quizás es el autor el que se ha malogrado con el tiempo. O bien era solo un vehículo. Qué se yo. No se queden con la desilusión a causa de las torpezas que voy a decir. Más bien ojalá lleguen a ese extraño momento cuando uno se da cuenta de que el creador es inferior a su obra.

 

Como sea, vamos:

 

Al principio de este extenso conjuro,
por allá por el año 2011,
en la presentación de En el regazo de Belcebú
en un galpón a los pies del Cerro Polanco,
hubo sólo un par de asistentes
¿Dónde estás Cristóbal Gaete? ¿Dónde estás Daniel Tapia Torres? ¿Dónde estás Óscar Petrel? ¿Dónde estás Capitán Aníbal Aravena? ¿Dónde estás Rens? ¿Beatriz?
Seis personas.
Jamás esperé otra cosa.
Ya en el año 2013 publiqué El Infierno de los payasos
y creo que con ese libro no pasó absolutamente nada
con pequeñas excepciones —breves reseñas críticas que me trataron bien
y desde lejos tocaron mi ego.
Muy pocos supieron de la existencia de esa segunda parte,
o por lo menos así me pareció a mí.
Sinceramente nada de eso me pareció en absoluto mal.
De hecho, creo que todo eso me pareció absolutamente bien.
Porque, más allá del ruido que llegue a provocar lo que hago o trate de hacer,
mi ingenua intención ha sido y sigue siendo
hacer una obra de arte de verdad
—por supuesto dentro del limitado alcance de mis habilidades.
Una obra de arte que sea una proyección de mi espíritu,
quizás sencilla, pero de una extraña belleza,
algo que le hable a la gente más allá del tiempo,
como una mano estampada en una caverna,
cómo música hecha de latidos,
danzando a lo largo de este extraño bosque
de símbolos en perpetua transformación.
He tratado de seguir ese sabio consejo que dice
que hay que preocuparse más de la obra que del impacto que podría tener,
porque las reverberaciones de un libro, el campo de su posible influencia
es algo que me parece imposible calcular certeramente en último término.
Ahora,
hablando de la forma en que este maldito libro ha afectado mi propia vida,
puedo decir que me ha hecho llorar sangre
y que sigo sintiendo una especie de vergüenza, culpa y pudor
por haberlo hecho como quedó.
Llevo tantos años trabajando en él
que siento asco de mí mismo.
Parte de la materia de la que trata,
parte de la materia de la que está hecho
pulveriza mi alma y me hace vomitar.
Agradezco en el alma que mi madre
no sea una persona de literatura,
que nunca lea mis libros
y no se dé cuenta
del nivel de demencia y desquiciamiento
que guiaron mis pasos al perpetrar estas páginas;
a veces creo que es la única forma en que podrá seguir amándome ciegamente
como el niño tonto y taimado que soy.
¿Dónde estás María Antonieta Navarro?
Basta entonces del demonio, demos vuelta a la hoja, cambiemos de folio,
rezando porque haya quedado más en el haber que en el debe.
Sin embargo, aprovechemos este momento,
porque creo que es mi última oportunidad
para decir un par de palabras al respecto.

 

Oh, hermoso personaje,
andrógino de multiforme ingenio,
príncipe extraño,
huaso negro,
niño deforme:
Tienes miles de nombres,
más de siete mil millones de nombres
que encienden nuestra amígdala
conectándolas con el neo cortex
haciendo nuestros sesos arder
como un show de fuegos artificiales
¿Dónde estás Robert Sapolsky? ¿Dónde estás Oliver Sacks?
Amigo y enemigo,
nunca terminará tu lacerante diálogo
con aquellos que miran el puente cortado del día
espiando desde sus habitaciones
después de infinitas noches de insomnio
odiándose así mismos
¿Dónde estás Malcom Lowry?
¿Dónde estás Stavroguin?
¿Dónde estás Osvaldo Lamborghini?
¿Dónde estás Jorge Baron Biza?
Todos aquellos acorralados por sus errores,
víctimas de sí mismos,
merecen nuestra compasión.
Creo sinceramente que a veces
el victimario puede sufrir una tortura más profunda
que la víctima misma;
por último ella es inocente,
podemos continuar amándola,
mientras que aquél
entiende que no puede ser perdonado,
que jamás volverá a merecer nuestro amor.
Siento ese tipo de temor reverencial que se le pedía a uno para Dios
por ese tipo de sufrimiento
¿Dónde estás Yin Yin?
¿Dónde estás Pablo de Rokha?
¿Dónde estás Violeta Parra?
¿Dónde estás Alfonso Alcalde, hermano mío?

 

Siempre me preguntan
si alguna vez he visto al diablo en realidad.
Yo creo que la última vez que lo vi
fue hace poco mientras me miraba al espejo,
viendo como mis facciones se deformaban
en un ejercicio de meditación turbia
que realizaba frecuentemente siendo un niño.
Hay cierta sabiduría en ese rito
que dice que se puede ver al demonio si te miras largamente al espejo
bajo la luz de una vela.
Yo creo que ni siquiera es necesaria esa vela.
Quizás sí escribir un cuento,
lo que en una de esas es algo similar
a reconocer tu rostro en el reflejo de un charco.
Tengo tan pocas convicciones,
me cuesta dar consejos o enseñar a vivir,
pero creo que sí hay que tener en cuenta que
todos tenemos uno o más demonios dentro,
todos podemos caer bajo,
todos podemos ser malvados
o estúpidos.
Y que quizás sea mejor saber que lo somos
a creer que la estamos haciendo de oro.
De hecho, una de las formas más impresionantes
y corrosivas del satanismo,
son los estúpidos institucionales,
esa gente que es brillante, verdaderas lumbreras,
cuyas facultades se ven perturbadas
por la manada de simios con los que trabajan
y el tipo de jauría de la que forman parte
y en la que buscan sobresalir;
esos inteligentes ejecutivos financieros
o de inmensas corporaciones
o de pomposas instituciones
que no son capaces de ver el bosque por ver los árboles,
que prefieren las ganancias
al bien común.
Pero sinceramente no quiero hacer consignas
ni proselitismo.
Es posible que solo quiera
ver al mundo arder.
De hecho lo mejor es que ahora me calle, porque qué duda cabe,
hay ropa tendida, y todos acá tenemos tejado de vidrio.

 

Puedo agregar además
que no sé si salí más sabio de esta aventura espeleológica,
estragada de oscuridad, miedo y grotesco,
donde fui un quiltro que se revolcó en la mierda
para no ser atacado por los alfas y los imbéciles;
también una de esas ranas que no saben
en qué momento salir de la olla que empieza a hervir;
y el lobo herido, lamiéndose las yagas en lo profundo de su cueva;
y la rata acorralada;
y el gato asesinado por ese niño monstruo con más del 80% de su cuerpo quemado.
Un ángel caído.
Un pobre diablo.
al borde siempre de echarlo todo a perder.

 

Nuevamente:
no quiero dar consejos, pero quizás nos convenga imitar
a esos monjes tibetanos que desarman el loto y la meditación
justo antes de lesionarse
y besan sus rodillas como un gesto de amor y gentileza
a sus cuerpos y espíritus humanos.
Sinceramente no sé si alcancé a evitar la lesión
y sé que no he besado mi cuerpo antes de dañarlo,
pero a pesar de las náuseas y las arcadas,
sí intenté hacer la trilogía como jugando,
siguiendo intuiciones,
tratando de escribir
un libro que me hubiese gustado leer,
entendiendo que el arte no soporta la mentira,
que debía hablar de lo que conozco,
y que además me tocaba intentar
surfear el caos de la manera más elegante que pudiera.
¿Dónde estás Gabriela Mistral?
¿Dónde estás Anton Chejov?
¿Dónde estás Thimoty Leary?
Y también quizás
convertirme por una vez
en la voz de la tribu
Where are you, Nicanor?
Ahora la pregunta es ¿qué tribu?
No estoy del todo seguro.
A veces me parece haber estado hablando solo desde mi casa abandonada.
Quizás desde mi bunker bajo el payasódromo
en el que habito desde que me aficioné a la poesía
y busqué conocer el pueblo chico / infierno grande
que es la literatura chilena.
Siento a veces que cada vez vivimos más en una burbuja
y que se ha cumplido el vaticinio del guatón Neruda
cuando dijo que llegaría el lamentable día
en que los poetas sólo se leerían entre ellos.
Yo no sé si esto se esté extendiendo a toda la literatura,
ojalá no, pero hasta cierto punto creo
que cada vez nos acercamos más al solipsismo,
al especialista que solo entiende al especialista,
a esos horribles gusanos dentro de una botella
deseando nutrirse de su contacto entre ellos mismos y la botella
¿Dónde estás Ernest Heminway?
Me siento de todas formas parte de la jauría
y llegado el momento no hago sino aullar con ustedes a la luna
¿Dónde estás Óscar Barrientos? ¿Dónde estás Daniel Rojas Pachas? ¿Dónde estás Marcelo Mellado? ¿Dónde estás Liliana Colanzi? ¿Dónde estás Federico Falco? ¿Dónde estás Sara Gallardo? ¿Dónde estás Mariana Enríquez? ¿Dónde estás Hebe Uhart?
No sé hasta qué punto puedo estar equivocado en todo esto
sólo me consuela saber que seguimos siendo esta extraña especie de homínidos,
primates casi lampiños que podemos hablar
y que necesitamos como el aire el agua o el fuego
el canto, el baile,
oír música y escuchar historias,
porque de cierta forma todo eso
—creo—
es una hermosa distorsión de nuestra hermosa capacidad
de dar significado al mundo mediante el lenguaje,
que es finalmente lo que nos convierte en
el extraordinario embutido de bestias y ángeles que somos.
Let me say it again,
Where are you, Nicanor?
I was never able to see you out of my dreams.
In fact, that was the only place
where I was allowed to speak with you
in my sad vicuñean English.
Never mind, you old motherfucker:
See you in hell.

 

Amigos en Satanás,
perdonen este libro horrible
y alégrense como puedan
porque de cierta forma esto es un sueño cumplido,
mi retorcida pesadilla
que jamás hubiera sido posible sin la ayuda de gente
que durante todos estos años tuvo fe en lo que yo estaba haciendo
y de distantas maneras fueron claves para que consiguiera
llegar dar vida a este engendro.
¿Dónde estás Mario Verdugo? ¿Dónde estás Nicolás Stindt? ¿Dónde estás Cristóbal Gaete? ¿Dónde estás Ignacio Díaz, Nacho Day, hermano mío? ¿Dónde estás Rolando Martínez? ¿Dónde estás Julio Miralles? ¿Dónde estás Tía Tuca? ¿Dónde estás Marta Empolvada? ¿Dónde estás Manuel Silva Barandica? ¿Dónde estás Alejandra Costamagna? ¿Catrasca, dónde estás?
Yo no invoco sus nombres en vano.
Estarán siempre en el corazón de este horroroso libro
aunque sea yo quien cargue con este muerto por el resto de mis días.
Muchas gracias, amigos queridos.