Uno puede llegar a entender muchas de las atrocidades que ocurrieron en los campos de concentración, sin embargo, terminar convirtiéndose en agente de la DINA, preparando organigramas, haciendo allanamientos y recibiendo un pago por ello, es un tema aparte.

 

El infierno
Luz Arce
Tajamar Editores
2017


Durante la Unidad Popular, Luz Arce fue GAP del presidente Salvador Allende. Meses después del golpe de estado es tomada prisionera. Agentes de la DINA la llevan hasta Londres 38; la violan y la torturan innumerables veces. El final de todo parece ser un balazo que le dan sus verdugos en el empeine; está tan disminuida que la llevan al hospital militar para su recuperación, sin embargo, tiempo después, y ya recuperada, vuelve hasta otro centro de detención: Villa Grimaldi; el infierno se multiplica y su vida cambia por completo.

¿Es posible criticar a Luz Arce? ¿Podemos condenarla porque delató a sus amigos y compañeros en feroces sesiones de tortura? Uno puede llegar a entender muchas de las atrocidades que ocurrieron en los campos de concentración, sin embargo, terminar convirtiéndose en agente de la DINA, preparando organigramas, haciendo allanamientos y recibiendo un pago por ello, es un tema aparte. Me parece que el concepto de la banalidad del mal no califica para este caso, o por lo menos no del todo; quizás exista otra forma conceptual para señalar esta representación. Lo desconozco.

Aun así hallamos una maquinaria bestial —con importantes dosis de culpa— que atraviesa gran parte de su vida como funcionaria de la DINA.

La traición está presente en todo el relato; en teoría, Luz Arce cayó detenida porque un amigo de ella la delató en una sesión de tortura. Por lo mismo, en su escritura no hay una idealización de los compañeros caídos. Más bien, todo gira en torno a una idea de felonía que pretende expiar —sin conseguirlo— el monopolio de su culpabilidad.

Los testimonios en campos de concentración son hermanables en el sentido en que sus lecturas nos entregan agrupamientos que derivan en formas de estudio. No en vano Primo Levi o Giorgio Agamben han construido textos claves para entender el género del testimonio; en todos podemos encontrar situaciones similares (lenguaje, tortura, cosificación). El infierno encuentra su símil —o uno de ellos— en Tejas verdes de Hernán Valdés. Ambos —es decir, Valdés y Arce— fueron prisioneros políticos de ese campo de concentración, y si bien hay muchas similitudes en torno a la narración cotidiana del horror, las reflexiones que se entregan a partir del mismo son muy dispares.

En la escritura de Arce no hay reflexiones profundas sobre las ideas de traición y prisión. Su texto se desvía de su centro, apuntando a retratar las concepciones religiosas con las cuales enfrentar el cautiverio. En la mitad y hacia el final del relato, Arce propone algunas lecturas interesantes sobre su condición de mujer detenida: “Según ellos habíamos cometidos todos los pecados de una mujer de nuestra generación. O sea, marxistas militantes, y por ende, putas. En mi caso, se sumaba mi repudiable condición de separada”. Temática y variable —en ese contexto— sumamente interesante y aprovechable; sin embargo, Arce se queda en los enunciados sin problematizar más sobre esas figuras.

Cuestión contraria a lo que sucede con Hernán Valdés, pues además de un testimonio, su texto nos entrega un sinfín de reflexiones sociológicas —ininterrumpidas a lo largo del escrito— en donde propone lecturas cotidianas e históricas sobre los verdugos y la sexualidad.

Los primeros pasos de Luz Arce en la DINA son como enfermera. Sus conocimientos de primeros auxilios le permiten dar medicamentos y hacer curaciones a los detenidos que se encontraban en pésimas condiciones. Algunos la reconocen y la perdonan con un abrazo fraterno; como Lumi Videla, que la mañana antes cruelmente torturada y luego fusilada, le regala su chaqueta.

Pasan los años y los vínculos con los militares son cada vez mayores. Cuando el Coronel Pedro Espinoza se va a Brasil, Arce le escribe cartas. El nivel de confianza y confidencialidad es tal, que arman una fiesta de despedida donde las tres prisioneras que colaboraban (Carola y la flaca Alejandra) reciben regalos y un trato especial. El 75 son trasladadas hasta un departamento de calle Marcoleta. Allí operan como funcionarias del régimen y entablan relaciones sentimentales con militares de alto rango. El proceso de transformación llega a su fin. La mutación concluye: dejan de ser prisioneras y —más allá de la culpa y el llanto— son agentes manifiestas del aparato represivo.

Pasan décadas y pese a dar su testimonio, Luz Arce no es juzgada, hay total impunidad. Por lo mismo, el grupo FUNA llega hasta su casa en Recoleta para recordarle su pasado. Parte de la historia camina por las calles y se le presenta como fantasmas: